<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897</id><updated>2012-01-05T08:40:00.359-07:00</updated><title type='text'>Speculum in ænigmate</title><subtitle type='html'>por Luis Báez</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>14</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-4621467260059129642</id><published>2011-07-11T08:56:00.002-07:00</published><updated>2011-07-11T09:03:22.035-07:00</updated><title type='text'>Relato sobre papel de arroz (de "El Patio de los Murciélagos", Uruk, San José, 2010)</title><content type='html'>1&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son dos imágenes las que prevalecen, al menos en mi mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera diría que se trata de Sergito Díaz tocando a la puerta de mi apartamento de Managua: mi espátula chorreaba una aguada terracota sobre el piso. Yo no me percaté, es posible que incluso hoy la aguada siga chorreando desde la espátula. Goteando, para ser más claro. Sí me percaté de un goteo. Algo se filtraba y caía al piso. El cuadro en que trabajaba era enorme. Quizá seis metros de largo por uno y medio de alto. Estaba en la mera mancha. En la macha bruta, y supongo que así se va a quedar. No creo regresar a ese apartamento. Tenía música puesta, creo que Desierto, de Paez. No sé, pero sí estoy seguro que el disco que escuchaba era Abre/Paez. Pues bien, sonó la puerta y yo abrí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces apareció Sergio chorreando lluvia. Pensé que algo le ocurría y lo hice pasar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había sido un día jodido en el trabajo. El riesgo se ha triplicado desde que mi Vespa está descompuesta. Andar cargado y andar en ruta es peligrosísimo; ahora tengo que gastar extra en taxi, y aun así la cosa no es del todo segura. Ventajas a mi favor, tres: mis clientes (discretos, buenos compradores, honrados, en fin, ciudadanos correctísimos de los que nadie sospecharía), los lugares a los que voy a entregar (oenegés, bufetes jurídicos, salones de belleza, talleres de pintores, oficinas del Estado) y el caos de Managua (ocre pálido cuando el mediodía se ahoga entre el tráfico. El tráfico gris que se arrastra como un largo y torpe gusano mecánico entre la gente. Rojo sarro en el filo de los cauces a eso de las cinco y media de cualquier tarde de Julio). Mis desventajas, sobre todo en esta situación: inumerables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que quiero decir es que había sido un día pesado de trabajo, y cuando Sergio llegó a mi apartamento pensaba que era mucho más tarde. Las tres de la madrugada era mi cálculo; apenas eran las diez y veinte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sergio entró y me dijo algo de una gira al mar. Me dijo que Carlos tenía kush 1 y, bueno, nos fuimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sergio estudiaba Derecho en la UCA y alquilaba un apartamento en Barrio San Juan, a menos de seis cuadras de la universidad.&lt;br /&gt;Trabajaba en Sitel (un call center, de los muchos, que desde Nicaragua brindaba asistencia técnica y servicio a los clientes de Virgin Mobile en los Estados Unidos) de una de la tarde a diez de la noche y sus clases eran por la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El apartamento era agradable, más que suficiente para cualquier estudiante soltero de la capital. Estaba en una zona relativamente segura, cerca de uno de los tres malls que, no desde hace mucho, eran como los ejes de un fragmento de la realidad, ya de por sí ultrafragmentaria, de Managua. Un parqueo enmurallado conducía al porche del apartamento de Sergio, el cual estaba flanqueado por jardineras colindantes a apartamentos exactamente iguales (tres más a la izquierda y uno a la derecha) en los que vivían jóvenes y estudiantes, como él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche, Sergio Díaz llegó a su apartamento a eso de las diez y veinte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tiró las llaves y el paquete rojo de Marlboro sobre la mesita de la sala y puso la lata de Coca-Cola vacía en el piso. Inmediatamente se desplomó sobre el sofá y prendió el televisor: canal 37: Archivos extraterrestres, OVNIS en el Amazonas.&lt;br /&gt;Los diez días de vacaciones acumuladas que había solicitado en el call center empezaban, para hacerlos coincidir con sus vacaciones de la universidad, al día siguiente, o sea Jueves, y Sergio no tenía nada de sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prendió un cigarrillo y salió a la lluvia que era gris y oblicua y que soltaba una pelusa parecida a la que sueltan los gatos, una brisa húmeda que se adhería a la cara de Sergio mientras caminaba hacia el apartamento de Antonio, donde divisó una luz encendida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se paró ante la puerta percibió música en lo profundo. No tuvo que esperar mucho después de tocar. Antonio salió con un cigarrillo en la boca y con cara de dormido pero con ojos muy despiertos que se clavaron en Sergio como si nunca antes lo hubiesen visto. ¡Ah! Oe, qué nota, dijo después de un rato, pasá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sergio se sentó en el sofá, idéntico al suyo, y miró el lienzo medio cubierto por pintura roja y varias manchas azules, moradas y terracota, sobre el cual Antonio seguramente iba a empezar a pintar. Esperó a que Antonio saliera del baño y a que le ofreciera algo de tomar para preguntarle si andaba de ánimos de una gira nocturna: agarrar la carretera, pasar por El Crucero buscando a Carlos que tenía Kush, y tal vez amanecer en alguna playa, en La Boquita o Casares, probablemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, vamos, dijo Antonio luego de abrir su billetera y echar un vistazo a unos cuantos billetes arrugados. Luego metió los pinceles y la espátula que estaba usando en una lata con aguarrás.  Tomó su chaqueta y salieron juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me miraba con cara de mierda mientras balanceaba en su mano el trago que el dinero sucio de papi le acababa de pagar. Sus ojos verdes se volvían rojos o azules mientras las luces de la disco le surcaban el rostro como bofetadas de fantasmas velocísimos y multicolor. Yo entiendo, me dijo, que mierda eso que hicieron, lo del fraude, lo de los decretos, y me miraba a los ojos. ¿Cómo? No quería contestarle nada y no lo hice. Sinceramente no quería; me dolía saber que esa era mi generación hablándome, lo de la corrupción, lo de la violencia, obviamente no sabía de qué putas hablaba. Me daba tristeza. Ni siquiera repudio, lo cual me sorprendió. No le dije nada. Traté de ser amable. Él estaba borracho. Por qué no se lo decís a tu papi que es de los que lo orquestaron, uno de los funcionarios-empleados del maldito caudillo, se me pasó por la cabeza, por qué tenés que salir con eso aquí, en Hipa-Hipa, en una discoteca de niños bien, por qué tenés que ser tan ridículo. Me largué de donde él estaba con el estómago revuelto y entré al pasillo angostísimo y escasamente iluminado que a uno lo lleva desde la barra hasta el baño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que estaba borracho. Seguramente estaba borracho. Estabamos borrachos. Que ellos no tienen la culpa de sus padres, que ellos estan en situaciones dificiles, que nadie nunca va a ver al diablo en su padre, puede ser, pero de eso a que vengan a querer satisfacer sus instintitos de rebeldía adolescente tratando de entablar una complicidad tácita y juguetona conmigo, para sentirse malos, para ser rebeldes entre sus amiguitos. Le debí haber escupido la cara, ahora me arrepiento; simplemente me di la vuelta y fui al baño, lo cual no fue del todo un fracaso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi ex novia, con quien corté relaciones (tormentosísimas por cierto) hace poco más de un año, tenía esta amiga que yo juraba que me coqueteaba. Obviamente nunca hice notar el hecho por lo peligroso de su naturaleza, y traté de ser tan amable como mi situación de novio-de-la-amiga me lo permitiese. Ellas se pelearon por eso, porque la mamá de mi ex le metió en la cabeza que la Alejandra (así se llamaba la amiga) se me andaba “metiendo”. Esa palabra, usada de esa manera me causó mucha gracia, pero en fin, ellas se pelearon y yo nunca volví a saber de la amiga que estaba, a mi parecer, descomunalmente buena. Creo que se había ido a los Estados o algo así. Entonces, mientras me dirigía al baño me pasó lo más estúpido del mundo: derramé mi trago sobre el vestido de una tipa que bailaba cerca de la barra con su amiga. Perdón, le dije molesto mientras ella hacía una mueca exagerada, luego le pasé unas servilletas, ella empezó a decir algo y yo comprendí que realmente no tenía ningún sentido seguir parado ahí y reanudé mi camino al baño; en eso sentí unas uñas clavarse tenuemente en mi brazo izquierdo, seguidas de un ¿Ernesto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando encontré la voz descubrí un rostro familiar, y pues, obviamente, era ella, Alejandra. Se miraba preciosa, simplemente preciosa. Su pelo negro le caía como serpientes dopadas sobre los hombros y la espalda desnuda. Los labios carnosos cubiertos por un tono turquesa nacarado pronunciaron otra vez mi nombre...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡Ernesto! ¿Cómo estás? –y me abrazó mientras su amiga seguía lanzando toda clase de improperios en mi contra, por haberle derramado el trago encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Alejandra?... ¡jajajajaja, cuánto tiempo!, la reconocí pero me costó recordar el nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como dije, la ida al baño no fue del todo infructuosa. Casi al instante de los saludos sonó mi celular; era Sergio Díaz proponiendo una gira. El ambiente de la disco se había tornado insoportable desde el encuentro, poco deseado, con aquel mierda, y quería tomar aire fresco de carretera. A Alejandra la convencí de que me acompañara a un bar que estaba junto a la disco mientras llegaban mis amigos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Sigue mala tu moto?, preguntó Sergio a Antonio mientras salían a la lluvia y al parqueo. Sí, y la verdad no creo repararla porque igual me voy a ir a la verga. Ya, dijo Sergio, ¿y para dónde vas? No sé loco, murmuró Antonio, pero largo de aquí, este país se está yendo muchísimo a la mierda y no hay nada que se pueda hacer. ¿Y eso?, preguntó Sergio. Pues sí, dijo Antonio y ambos se montaron al Yaris rojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras Sergio retrocedía para salir del parqueo, Antonio sacó un bulto envuelto en hojas de periódico y un paquete verde de papeles para fumar. ¿Quiénes más van?, preguntó mientras abría la bolsa de plástico transparente que había sacado de los periódicos. Carlos, ¿ya sabés? el broder del Crucero. Sí, sí, dijo Antonio, fiera. Y no sé, ¿le decimos a Ernesto? Si, ahuevo, dijo Antonio mientras arrancaba los cogollos de las ramas y los ponía sobre uno de los trozos de periódico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Sergio llamó desde su celular, luego de encender el churro que Antonio acababa de enrolar, le costó mucho trabajo entender la voz de Ernesto que se perdía entre la música a todo volumen y el rumor de la gente; la voz le decía que ahuevo, que estaba en Hipa-Hipa, pero que lo pasara trayendo y que iban sobre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El frío de El Crucero es feroz. Penetra los cerros, las paredes, el techo, los muebles, las sábanas, la piel y hasta los huesos. Tenía cuatro onzas de kush y estaba aburrido. Le escribí a Sergio para que pasara trayéndome, pues la noche anterior lo escuché decir que a partir del día siguiente tenía vacaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ernesto salió de la discoteca casi cayéndose, abrazado a una muchacha alta y bonita que ni Sergio ni Antonio conocían. Venían hablando y cada vez que él decía algo se incorporaba y se le acercaba de pronto como si fuese a abalanzarse sobre ella, y entonces ambos decían cosas que ni Antonio ni Sergio alcanzaban a escuchar, pero casi siempre ella reía. Antonio y Sergio fumaban dentro de la cabina del Yaris rojo, mientras Ernesto y la muchacha se acercaban. Sergio se puso el churro en los labios sin despegar los ojos de la pantallita luminosa de su iPod, hasta que las voces de Ernesto y la muchacha se fueron volviendo cada vez menos distantes y borrosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ves, solamente son dos amigos y estaríamos de regreso  mañana al mediodía, lo más, ¿verdad loco?, le dijo Ernesto a la muchacha mientras le daba la mano a Antonio. Antonio sonrió. No corazón, falso, dijo ella, mis amigas están adentro y se quedan en mi casa. Invitalas, gritó Sergio desde dentro del carro. La muchacha y Ernesto se besaron por un buen rato recostados a la ventana trasera del Yaris rojo. Un guarda de seguridad se acercó y ella se despidió de todos sonriendo.&lt;br /&gt;Aquí  se los dejo muchachos, dijo, y los tres se quedaron viendo la espalda desnuda marcharse sobre el parqueo de adoquines, mientras la blusa que le caía por los costados serpenteaba junto a la luz de las luminarias, como derritiéndose sobre los jeans ajustados que se movían acompasados por el golpe de los tacones, hasta que se perdió entre los otros carros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sergio y Antonio le golpearon la parte posterior de la cabeza a Ernesto con las palmas de sus manos cuando este se montó al carro. ¡Jodás!, te las hubieras traído con sus amigas, le dijo Sergio. Caballo, opinó Antonio con una sonrisa mientras negaba.&lt;br /&gt;Dieron la vuelta sobre el parqueo que parecía el lomo de un inmenso reptil de piedra gris y, en lugar de salir por carretera a Masaya, tomaron el camino paralelo a Hipa-Hipa que salía, rodeando la parte trasera de Galerías, a la calle de Santo Domingo y luego a la pista Jean-Paul Genie, como a la altura de La Meca del Fútbol. Allí viraron a la izquierda y cruzaron la Jean-Paul de Este a Oeste hasta toparse con el semáforo en rojo del Club Terraza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un segundo churro, que Antonio había enrolado mientras Ernesto y la muchacha se besaban circulaba dentro del carro; Sergio cantaba una canción de Los Fabulosos Cadillacs a grito partido. El churro se acabó cuando llegaron a uno de los semáforos de reparto San Judas, en la pista suburbana; cuando la luz estuvo en verde el Yaris arrancó sin que ninguno de los tres alcanzara a ver la manada de zombies que venía por la esquina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando salieron a la Carretera Sur empezó a caer una brisa débil. Viraron a la derecha y unos cuatro kilómetros después, cerca de la entrada del Colegio Alemán, divisaron las luces de una ambulancia y de dos patrullas de la policía; bajaron la velocidad y vieron un Yaris azul, un año más nuevo que el de Sergio, estrellado contra un poste de luz, con el vidrio delantreo destrozado, desde donde salía la mitad de un cuerpo ensangrentado que apenas se movía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en las afueras de Managua pasaron los kilómetros de curvas en medio de una neblina densa. Luego de unos quince minutos estaban en El Crucero. Viraron a la izquierda en el parquecito que estaba a la entrada del pueblo y subieron hacia Las Nubes, la zona más alta de esa, ya por sí bastante alta, zona que se elevaba entre las nubes y sobre el valle en el que, a unos veinte kilómetros al sudoeste, junto a las costas septentrionales del Xolotlan, se dilataba, caótica y fragmentaria, la capital.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carlos vivía a unos trescientos metros del mirador de Las Nubes.&lt;br /&gt;Bajo el muro largo y alto del mirador se erguían las copas de los árboles, a las cuales varios jirones de niebla se prendían estáticos, como motas de algodón o cenizas de pájaros prehistóricos que por la noches anidaban en aquella zona; trozos de neblina o de nubes que a la mañana siguiente estarían disueltos en una luz bronce y púrpura, o aspirados por los cientos de pulmones que pulularían apareados y acorazados por las calles de El Crucero, hasta que una nueva borrasca los borrase; bajo las copas, interminables plantaciones de café, surcadas por senderos como venas pálidas y polvorientas, soltaban un aroma ínfimo de noche y vereda. Al fondo, Managua resplandecía como un charco de luz sucia. Cuando la niebla que fluía por el vidrio delantero del Yaris rojo no dejaba ver el camino, Sergio se parqueó junto al muro. Ernesto llamó a Carlos desde su celular para decirle que saliera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi en el momento en que Ernesto colgó, la figura baja y delgada de Carlos Morales, cubierta por un grueso sweater negro  y unos  shorts a rayas, apareció luego de una curva, junto a la luz azul de su celular, como flotando entre la niebla homogénea.&lt;br /&gt;Recostados al muro del mirador fumaron los cuatro muchachos del kush que ardía en la pequeña pipa de vidrio retorcido y multicolor que planeaba entre la niebla que arreceaba, delatada por la efímera brasa naranja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Veinte minutos después, a la una y cuarenta y nueve de la madrugada del jueves 16 de Septiembre de 2010, el Yaris rojo siguió hacia el sur sobre la carretera Panamericana que, aquella noche, estaba más desolada que nunca.&lt;br /&gt;¡Jueputa!, exclamó Sergio. Bajó su ventanilla y un viento filoso le alborotó la expresión. Se le acabó la batería a esta mierda, dijo luego, y metió el iPod en la guantera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando sintonizaron la radio solo escucharon estática. En la primera emisora que encontraron sonó la voz solemne de la Primera Dama con La Mora Limpia de fondo. Sergio cambió la emisora y al poco tiempo sonó una canción de Marcos Witt. Es esto o reggaeton, en el mejor de los casos, si no bachata. Buen trip, ahí dejalo, contestó Carlos mientras su sonrisa se reflejaba a baja resolución sobre la ventana empañada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las dos y quince de la mañana se pararon en la Texaco que estaba a la entrada de Diriamba. Cuando Sergio parqueó el carro junto a una de las bombas abastecedoras Carlos caminó hacia el baño; Antonio y Ernesto se dirigieron a la tiendita, de donde luego salieron con tres sixpacks de cervezas cada uno. Se montaron y el Yaris rojo reanudó su marcha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las paredes de adobe y cal de Diriamba, despintadas y altas, entretejían un laberinto proteico y estrecho cada vez que el Yaris rojo viraba en las esquinas con gradas o pintas subversivas erosionadas, que traían en una especie de trance a Ernesto, quien no desclavaba la mirada de los techos de teja mohosa y de las plantas que se erizaban sobre ellos y en los cables y postes. Todo esto ocupó su vista, hasta que de improviso sus ojos entrecerrados desembocaron en un amplio trecho de noche, rasgado por unas cuantas nubes breves, en el momento en que el Yaris salió, con no poca dificultad, a la carretera que llevaba a las playas de La Boquita y Casares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuarenta minutos después, los cuatro dormían dentro del carro, sobre la playa, frente al mar, hasta que más o menos a las seis y media de la mañana el calor y el cielo, de un azul ofensivamente brillante, los envolvíó y despertó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda que prevalece, más que una imagen es una secuencia. O una imagen vértice en la que convergen un sin fin de imágenes fragmentarias. Una imagen en la que diversos elementos componen uno solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí el uno solo que esos elementos diversos componen es el tipo, el loco ese, Ambrosio Esteban. Es una imagen terrible. Lo terrible de la imagen de Ambrosio Esteban no es, sin embargo, apreciable a primera vista, se requiere la distancia del tiempo, aunque sea corto, la impresión y la ausencia para volverla terrible. No ausencia, sino presencia tácita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los elementos diversos: la mañana desmoronada por toda la costa, o flotando como miga de oro sobre las olas mansas. La lechagria y la tortilla tostada que desayunamos en la única venta que encontramos abierta. Un viento que sabía a orín y a moho, y de pronto a sal y a escamas. La arena que levantábamos al caminar. La soledad de la playa aquel día. No había absolutamente nadie, comprensible por los dos días de asueto nacional que acababan de pasar; lo incomprensible era que nos encontrabamos ante la ausencia total de los pescadores locales y todos los negocios cerrados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les fue bien seguramente, recuerdo que dijo Ernesto, quien todavía llevaba la camisa a rayas, los jeans grises arrugados y el pelo engelatinado de la noche anterior. Pero esta gente nunca cierra, por muy bien que les vaya, además por lo menos, a como está la marea, deberían estar saliendo a pescar, pero ni lanchas se miran, opiné mientras me agachaba para recoger una concha cónica, perfecta para ser usada como una pipa. Sí, ahuevo, eso sí, me respondió Ernesto. Lo bueno es que tenemos la playa solo para nosotros, dijo Sergio. Lo malo es que no hay mujeres, intervino rápidamente Carlos mientras el churro que llevaba entre sus labios daba brinquitos con cada palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la venta en la que desayunamos también compramos un litro de Ron Plata, dos paquetes de cigarros y un litro y medio de 7up, para recibir a gusto el nuevo día. Nos sentamos a tomar en el carro, con las puertas abiertas y la radio encendida. Creo que sonaba una cumbia, cuando en eso apareció el tal Ambrosio Esteban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Venía oscilando entre la arena seca y la húmeda, con una camisa amarilla muy sucia y desabrochada, un pantalón de tela azul y un machete de hoja corta y sarrosa en la mano izquierda. Ernesto fue el primero en advertirlo. Cuando llegó donde nosotros, ya todos estabamos al tanto de su presencia. Creo que fue Sergio el que le dijo que se quedara a tomar. Sí, Sergio, porque además él fue quien le sirvió el trago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el tipo dijo “¡Uenasss!” y desplegó una sonrisa que delataba la ausencia de varias piezas dentales y que dejaba entrar la luz hasta los revestimientos metálicos que cubrían las pocas piezas que todavía conservaba, juro que si hubiese estado más atento desde entonces lo hubiese podido haber visto parado en el umbral de su casita, con el machete colgándole de la mano y la sangre cayendo al piso de tierra. “¿Seácustedes m'podrán o-ooogzzzequiarsh u cashimbazo?” agregó sin quitar esa sonrisa cristalina. Esa sonrisa que mostraba parte de su calavera. La sonrisa terrible del animal humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tipo era rarísimo. El mero diablo, diría la gente de estos lados. Yo le ofrecí el trago porque pensé que iba a ser divertido, que él también iba a disfrutar del viaje. La idea de darle kush no sé de dónde salió. Pero bueno, nos pidió el trago y yo se lo serví. Tal como imaginé, ni siquiera esperó la gaseosa para pasarlo (el trago era poco más de la mitad de un vaso de plástico desechable). Lo pasó al grito. Un grito como de lapa en el medio de la selva. Un grito esquizofrénico a todas sus anchas. Un grito seguido por dos puñetazos contra su propio pecho, por el ruido del machete cayendo en la cuneta, y por una sonrisa amplia que hendió un enjambre de arrugas por todo su rostro. Inmediatamente se sentó con nosotros y empezamos a platicar. Ambrosioestebanpaniagua m'llamo yo, ¿cuál es tu gracia?, recuerdo que le preguntó sin mayor preámbulo a Antonio, quien examinaba una conchita blanca y cónica que había hallado en la costa. Perdón, le contestó. Ambrosioestébanpaniagüa m'llamo yo, ¿cuál es tu gracia?, insistió Ambrosio Esteban. ¿Mi gracia?, pues soy pintor, demoró en contestarle Antonio. Tuuu gra-zzi-a ¿Cómo timientanpues? Pues, tu nommmbre, exclamó Ambrosio Esteban ya desesperado. ¡Aaaa!; Antonio, y le extendió la mano. Yo me llamo Carlos Morales, dijo Carlos, y mi gracia es que soy fumón, y ellos son Sergio y Ernesto. Yo sonreí, Ernesto estaba acostado y no prestó mucha atención. Seguimos tomando mientras él hablaba. Contaba historias y anécdotas de la vida de esos lados, de sus vagancias y de la muchas mujeres que supuestamente tenía, cuentos de esos que se repiten con ligeros matices en sus tramas, con detalles que difieren levemente y se repiten y repiten en distintas zonas del país, que supongo que en esencia son el eco o el polo opuesto de unos cuantos mitos que la humanidas ha decidido conservar y verter en todas sus historias; nosotros fumabamos un churro del que no le ofrecimos y escuchabamos. Ambrosio Esteban se echó el segundo trago y Ernesto dijo algo así como qué buen cliente el que tenés allí, y todos reimos. La marea empezaba a bajar. Me interesé en saber su edad, pero su respuesta fue un rotundo pus noooséyo que dad tengo... Cómo no vas a saber, insistí. Más o menos, preguntó Ernesto mientras se incorporaba. Él solo se encogía de hombros. Májmenos cincuentedos, dijo luego de un buen rato en el que pensamos que había olvidado nuestra pregunta. Todos lo miramos extrañados. Estás loco, le dijo Antonio sonriente, lo más que tenés son veintisiete, pero lo más. Todos asentimos y le pasamos un cigarro encendido. Apuesí, comoeso... 'intisiete májmenos. Prendimos otro churro y le preguntamos que si era de allí, de La Boquita. De Amayito, nos dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordé que Amayito quedaba cerca de los potreros que habíamos visto en la madrugada. Cierto, dijo Antonio y le preguntó a Ambrosio qué tal habían estado las lluvias. Ha llovido bastante, respondió, luego dijo algo como que eramos bandidos nosotros, que el sabía lo que era eso, que era droga, a lo que Carlos le respondió, mientras le pegaba una jalada al churro, que sí era droga y que además era de la tuani. Y entonces se lo pasaron a Ambrosio Esteban quien desde que llegó no dejó de sonreir.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;10&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡De la tuani!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Son bandidustedes chvalos –y le pegó un jalón al churro de kush, que ya iba por la mitad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Retenelo más tiempo –le dijo Ernesto–, tenelo más tiempo adentro, en los pulmones.&lt;br /&gt;Ambrosio Esteban, con los pulmones llenos de humo, empezó a tragar grandes bocanadas de aire. No era la primera vez que fumaba marihuana, sin embargo el sabor y el aroma del churro que los cuatro muchachos le proporcionaron le parecieron, aunque extrañísimos, muy agradables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer contacto entre Ambrosio Esteban y la susodicha hierba había sido en Julio de 1998, durante la “demanda” de Santiago Apóstol (santo patrono de Jinotepe), que era, en pocas palabras, una peregrinación a la que mucha gente del departamento de Carazo asistía movida por diferentes razones que se podrían resumir en tres: el sentido de la aventura, que era la que movía a la gran mayoría de los peregrinos, presente en la mayoría de pobladores de un país de guerras no resueltas. Luego estaba  el bacanal y las bebederas que se armaban en los campamentos al caer la noche, o sea que la vagancia sería la segunda razón, aunque cabe mencionar que este grupo no excluía a los que también iban por la aventura. La tercera, la que movía a unos pocos y que, aunque incluía muy moderadamente a algunos que iban por la primera razón, excluía y miraba con malísimos ojos a los que iban por la segunda; este tercer grupo era un grupo mínimo que normalmente caminaba y acampaba lejos del resto, exceptuando las horas de comida, momento en que se ponían a repartir el guiso que habría de completar la ración que algunos de los peregrinos llevaba cuidadosamente guardada o de engañar el hambre, por un rato, de los que no llevaban nada, en fin, este pequeño grupo, el tercero digamos, que en los años en que comenzó la “demanda” era el predominante, estaba ahí por no otra razón que el fanatismo al santo o la mera fé religiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue en aquel lluvioso mes de Julio del penultimo año del milenio pasado, cuando Ambrosio Esteban se enmochiló y salió a la demanda. Entonces no se le podía ubicar dentro de ninguno de los tres grupos mencionados, porque a pesar de estar, en teoría, pagándole una promesa al santo, también iba interesado por el guaro y la aventura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cuál era la promesa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un año atrás, o sea en el 97, Ambrosio Esteban había estado en el Hospital público de Jinotepe muriéndose de cirrosis. Entonces, doña Jerónima, su madre, aterrorizada de ver a su hijo menor aguijoneado de sueros y confinado a una cama, y sobre todo angustiadísima ante la imposibilidad de cubrir los altos costos de los tratamientos, no vio otro remedio que acudir (sin que un par de lágrimas, que en otra vida fueron tuétano, descendieran por sus arrugas, como bajando peldaños irregulares, mientras su quijada vieja parecía dar varios pasos en falso, mascando suspiros fantasmas) a una pareja de señores de Jinotepe para quienes había trabajado su mamá, o sea la abuela de Ambrosio Esteban, por varios años.&lt;br /&gt;Al conocer sobre la situación del muchacho, los señores le dijeron a doña Jerónima que no tenía de qué preocuparse, pues a partir de ese momento ellos mismos asumirían los costos del tratamiento. Además le aconsejaron rezar y encomendar a su hijo al Señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Jerónima salió de la casa de los señores hecha una flecha que, si la felicidad fuese de colores, hubiese dejado una larga estela, más parecida a un arco iris que a la cola de un cometa, sobre las calles angostas y grises de Jinotepe. Al pasar frente al atrio de la Parroquia Santiago (que en aquel atardecer rojo y amarillo se asemejaba a la calavera fosilizada de un dios antediluviano muerto por sumersión, sorprendido durante su sueño por el desborde de un mar lejano) doña Jerónima se precipitó hacia las gradas y penetró en una de las cuencas oscuras y rectangulares que fungían como puertas.&lt;br /&gt;Se postró ante el altar blanco mármol y dorado que resplandecía al final del largo pasillo y se soltó a llorar arrullada por la luz oscilante de los candelabros y el humo sinuoso de los inciensos. Sin recordar cómo, llegó hasta la pequeña capilla, destinada exclusivamente a la oración muda, y permaneció de rodillas, orándole y agradeciéndole al Señor. Tras unos cuarenta minutos de experiencia cuasi catártica de desahogo personal y solitario, doña Jerónima terminó prometiéndole a la imagen de Santiago Apóstol que Ambrosio Esteban iría cada año, cuando ya estuviera mejor, a la demanda, en la que varios cientos de caraceños peregrinarían a través de senderos, montarascales, montañas y veredas hasta las costas del Pacífico, donde el mar, una vez que la imagen del santo fuese puesta sobre la arena, se apaciguaría como por arte de magia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al año siguiente, Ambrosio Esteban estaba sentado sobre el murito del parque central de Jinotepe, un tanto nervioso por el gentío, pero sobre todo por la pólvora que a cada momento estallaba en el lugar menos esperado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella era la segunda vez que Ambrosio Esteban salía de Apazagüe. La primera fue cuando estuvo en el hospital, pero de aquella experiencia no recordaba mucho. Su mayor preocupación, esta vez, era que no sabía exactamente qué era lo que uno debía hacer en la “demanda”, entonces los primeros días trató de estar lo más atento que pudo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al caer la primera noche, tras andar los cincuenta y algo kilómetros que inauguraban la marcha, siempre los más pesados por ser los primeros, Ambrosio Esteban colgó su hamaca de los troncos de dos arboles y se quedó dormido viendo las estrellas que se enredaban entre las ramas oscuras, sin hablarle a nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente se formó rápidamente en la fila del guiso. Una vez servido, se sentó a comer junto a un grupo que cantaba y tocaba guitarra. Al poco tiempo uno de los que cantaba, el más joven, le tiró a Ambrosio Esteban una cantimplora. Para que no se atragante, prix, le dijo la mano generosa. Ambrosio Esteban le sonrió tímidamente y tomó un largo trago de aguardiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda noche cayó cuando los peregrinos cruzaban los cerros occidentales de Santa Teresa entre un enjambre de chayules, pero esta vez Ambrosio Esteban no se preocupó por colgar su hamaca, en parte porque caminaba junto a sus nuevos amigos, ya a cierta distancia de la multitud de peregrinos que avanzaba como tortugas bípedas y andrajosas, de cuyos caparazones de lona verdeolivo colgaban cacharros y ollas viejas, sacos de dormir y hamacas.&lt;br /&gt;Hacía varias horas buscaban (Ambrosio y sus nuevos amigos) un camino que los habría de  llevar a los plantíos.&lt;br /&gt;Son como seis manzanas, escuchaba Ambrosio Esteban que decían sus nuevos amigos,  pero hay que tener cuidado porque estos indios hijueputas son arrechos. Ambrosio Esteban solamente se preocupaba por seguir a su nuevo grupo, que era de cinco, incluyéndolo a él, y de interceptar de vez en cuando la cantimplora con aguardiente que no paraba de circular entre ellos.&lt;br /&gt;Luego de bajar una sinuosa quebrada, con anchos bloques de piedra cubiertos de moho y musgo y de seguir por un par de metros un arroyo verde y escaso, subieron por una especie de sendero al que varias veces tuvieron que darle continuidad con los filos de sus machetes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente llegaron a los plantíos, cuando ya se arrimaba la medianoche, cuando ya la luna se había puesto y el cielo había quedado como rasgado por varias nubes estrechas que irradiaban una especie de polvo de plata. Ambrosio Esteban esperó con uno de los muchachos mientras los otros tres cruzaron el cerco, apartando las largas líneas de alambre de puas que refulgían como gigantescos hilos de araña en medio de la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tres tipos salieron casi diez minutos después, despavoridos por los disparos que se acababan de escuchar. Al rato de una larga y veloz huida, cuando puedieron sentarse junto a un arroyo, los cuatro nuevos compañeros de Ambrosio Esteban estuvieron de acuerdo en que el botín había valido el susto: dos mochilas y media de cogollos maduros de marihuana criolla, pelirroja le decían en Santa Teresa, de la que no se encuentra en ningún otro lado del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos y media mochilas de cogollos maduros de pelirroja que a Ambrosio Esteban le tomó vender, junto a sus nuevos compañeros, siete días, durante los cuales ellos mismos le dieron posada en Jinotepe; siete días en los que, hasta aquel momento, se agolpaba casi la totalidad de experiencias con que la vida de Ambrosio Esteban contaba.&lt;br /&gt;En esos siete días Ambrosio Esteban conoció lo que era una cantina; también descubrió, pues quizá decir “entendió” sea poco preciso, puesto que a él no le tocó pagarla, lo que era una puta; también supo lo que era amanecer tomando en la cuneta de un barrio en el que nadie te conoce, eructando hambre y mascando frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente Ambrosio regresó a casa con trescientos córdobas que hicieron brillar los ojos de doña Jerónima y más o menos una onza de pelirroja que enterró bajo uno de los postes del largo cerco que rodeaba los potreros de la finca que su hermano mayor cuidaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ambrosio Esteban solamente logró fumar la mitad de aquella onza pues uno de los primeros aguaceros, retrasado varios meses, arrasó no sólo con lo que a Ambrosio Esteban le quedaba de pelirroja, sino también con el cerco y con los pocos cultivos que habían logrado crecer en los meses de sequía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La media onza que sí logró fumarse le había durado dos meses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada tarde que podía se perdía por los caminos y fumaba tumbado sobre el pasto de los potreros, bajo el cielo absolutamente azul, sin una sola nube, engullendo su mirada, percibiendo un movimiento ancho y lento de las pequeñas colinas que parecían lomos de peces gigantes agonizando junto a él; fumaba de una mitad de coco que había acondicionado para tal fin, y esa fue la única experiencia de Ambrosio con la marihuana, pero en aquella ocasión nadie le indicaba cómo y qué tanto debía fumar, y la pelirroja, por muy buena que sea en Nicaragua, es infinitamente inferior en potencia al kush importado que ahora fumaba y que ya le hacía notar una textura transmutada y gelatinosa en la voz de Ernesto que le decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Aguantalo hasta que ya no podás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ve, Amayito es cerca de los potreros que vimos anoche –recordó Sergio de pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–A huevo –dijo Antonio–. Ambrosio, ¿cómo han estado las lluvias?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Regulars... pero halluvido esste mes bastante...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bueno, ¿y no habrá hongos de los de la mierda de las vacas? –le preguntó Sergio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ah, sonbandidusteds, ya lo vi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Al suave –dijo Ernesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ambrosio Esteban se volvió obsesivo con el tema de la comida. Nos empezó a decir de los frijolitos y la cuajada que hacía su mujer. Que teníamos que ir con él a desayunar. Que no sé qué... No sé qué pensamos. Que iba a ser buena idea sunpongo, que de una vez podríamos aprovechar para buscar hongos en los potreros. Aceptamos la invitación de Ambrosio y regresamos por &lt;br /&gt;la carretera que nos había llevado hasta la playa, pero esta vez, a los diez minutos, tomamos un desvío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De haber seguido en la carretera, de no haber tomado ese desvío, todos estaríamos ya de regreso en nuestras casas. Yo estaría durmiendo esta maldita goma. O probablemente ya habría quedado en algo con la Alejandra, que por cierto, me escribió en la mañana, mientras estábamos tomando en el carro con Ambrosio Esteban. Buenos días corazón, qué tal la gomita?, o un mensaje por el estilo. Al rato me quedé sin batería en el cell y no le respondí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno, lástima... la cosa era que una enorme polvareda se levantaba en el camino de tierra cuando el carro pasaba; un camino de tierra que dividía enormes extensiones de potreros y corrales separados por líneas de alambre de puas corrían a toda velocidad, como una inagotable y terrible sierra eléctrica, junto al Yaris rojo, a la altura de nuestros cuellos. De pronto, el camino quedó franqueado por una multitud de árboles flacos y secos, escasos de hojas y espinosos, medio dorados por la luz que el sol, parcialmente cubierto por dos nubes densas y cargadas de lluvia, arrojaba.&lt;br /&gt;Todos estabamos algo cansados; Ambrosio Esteban sacaba la cabeza y la mitad del cuerpo para saludar a grito partido a todo el que se topaba por el camino. Y dale que dale con la cosa de los frijolitos y la cuajada. Que qué ricos. Que clase de cuchara la de su mujer. Que ahí ibamos a ver todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando por fin llegamos a la casita, sita en el medio de la nada, o de la casi nada, separada de la carretera por kilómetros y kilómetros de potreros y de bosque tropical seco, varios niños salieron a recibirnos. Pegaban sus manitos y sus caras a los vidrios polarizados, saludaban y corrían a la par. Unos ocho niños, desnudos algunos, en calzoncillos otros, todos tierrosos y alegres. Estos son mis chavalos, nos dijo Ambrosio Esteban. Que cachimbo, observó Antonio. Es que algunos son de mi hermano. Ah ya. ¿Y cómo están esos programas del gobierno aquí?, pregunté solo por joder, ¿Al cien? Ambrosio me miró como si no hubiese comprendido o como si yo ni siquiera hubiese preguntado nada, luego se bajó. Ambrosio, hasta ese momento, me había caido bien. A veces mucho se enllavaba con ciertas cosas. Me imagino que es medio obsesivo el tipo. Lo de la comida de su mujer parecía ser su fijación favorita; esa era la constante. Luego habían variables. Lo de darse comandos a sí mismo. Por ejemplo, decía de pronto “Sentate Ambrosio” y el mismo se respondía “Bueno”, y se sentaba. “Echate el trago, Ambrosio”, y se lo echaba. A mi ese detalle me pareció divertidísimo, pero creo que nadie más lo notó. Bueno, al grano. “La masacre”. No creo que sea muy difícil de adivinar. Llegamos y dele que dele Ambrosio con los frijoles, la cuajada y la tortilla de su mujer. Creo que conviene informar que en el camino hicimos hot box con dos churros más de kush, por tanto, Ambrosio ya venía perdido en el espacio sideral, lo que volvía la situación, a nuestro parecer, considerando nuestra falta de previsión hacia los acaecimientos que se desarrollarían con el ímpetu de un enjambre de relámpagos, más graciosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos bajamos y saludamos. De aquí para allá todo es muy borroso. Ambrosio creo que entró antes que nosotros a la casita (si, tuvo que ser así; en todo caso, si entró después que nosotros no lo vi) y luego vinieron los gritos. Cómo me vas a decir que no hay nada para mis amigos, oi que vociferaba desde dentro, ¡juelagrantrescientasmilmillones de la gran trescientasmilmazorcas de la granmil puta!, o algo similar chilló Ambrosio hecho un loco. Su mujer, a quien no pude verle la cara, lloraba de forma nerviosa, desbordante, pero con una especie de calma profunda. Escuché golpes y sentí que Carlos, Antonio y Sergio (yo venía al final y todavía no atravesaba el umbral) se detenían de pronto. De ahí, solo recuerdo a Ambrosio con una cara de bestia psicópata que nunca se la había visto a nadie en la vida real (en la pantalla quizá solo a Jack Nicholson, y a Michael Jackson). La luz que entraba en haces, perfectamente definidos por el humo y el polvo que flotaba en toda la casa, haces tubulares forjados por los huecos del zinc, cruzándose y dibujando círculos y óvalos en el piso y sobre las piedras de donde salía el humo, sobre el comal renegrido y sobre la figura de Ambrosio Esteban. Sobre sus ojos de cabro o de caballo desbocado. Sobre su quijada tembleque. Sobre la mano y el antebrazo, surcado por venas gruesas que parecían talladas a mordiscos en caoba o pochote. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre el machete que chorreaba sangre espesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cara, lo que se dice la cara, no se la vi a la mujer de Ambrosio Esteban. Lo que si vi fue la cabeza destapada emanando una cosa negra y viscosa, que no parecía ni sesos ni sangre, tal vez era el alma, tal vez el alma es así, una especie de brea oscura que solo se ve en el momento y luego desaparece; en fin, esa cosa negra chorreaba desde la cabeza de la mujer y se encharcaba sobre el piso de tierra. También escuché los gritos de varios niños y la respiración de Ambrosio Esteban que se sentía cada vez más fuerte, como si fuese inundando el viento, o como si el viento se fuese acompasando al ritmo y a la fuerza de su respiración que era como la de un cerdo que arrastran al matadero. Llantos de niños y gritos de Ambrosio que se perdieron en una nube de polvo que se levantó tras el Yaris cuando ya ibamos a unos doce metros de la casita. No recuerdo qué dije o qué hicimos, no creo que importe; solo recuerdo que todo pasó demasiado rápido. Todavía no tengo una idea muy clara de qué fue lo que, o cómo, pasó. Yo no vi cuando le pegó el machetazo, creo que Carlos tampoco. Antonio probablemente vio algo. Sergio sí, definitivamente Sergio sí estuvo en palco cuando Ambrosio le destapó los sesos a su mujer, quien, según pudimos leer en la página de Sucesos del día siguiente, se llamaba Ignacia María Ruíz Ruíz y tenía diecinueve años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo inverosimil de la noticia de Ambrosio Esteban es que no figurábamos por ningún lado, tampoco los niños que vimos, ni nadie, pues según la reportera que realizó la nota, el cuerpo de Ignacia María fue “abandonado en una casita de cuido, aparentemente deshabitada desde hacía muchos años. El cadáver no mostraba otro signo de violencia más que la herida profunda, presuntamente provocada por un machete, que le unía la coronilla con la nuca”. Otra cosa inverosimil era que la hubiesen publicado, que alguien se hubiese tomado el trabajo de ir a cubrir la aparición de un cadáver en  medio de esos potreros. Que se hubiesen enterado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-4621467260059129642?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/4621467260059129642/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2011/07/relato-sobre-papel-de-arroz-de-el-patio.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/4621467260059129642'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/4621467260059129642'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2011/07/relato-sobre-papel-de-arroz-de-el-patio.html' title='Relato sobre papel de arroz (de &quot;El Patio de los Murciélagos&quot;, Uruk, San José, 2010)'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-6761940323845487581</id><published>2011-07-08T11:46:00.002-07:00</published><updated>2011-07-08T11:50:30.452-07:00</updated><title type='text'>Notas a una muerte</title><content type='html'>&lt;span style="font-style:italic;"&gt;"Boy, you're gonna carry that weight&lt;br /&gt;Carry that weight &lt;br /&gt;a long time"&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;A&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Era un viernes, 7 de Junio de 2010, nada distinto de cualquier otro viernes en Jinotepe. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; En la casa de mi papá estaban terminando algunas remodelaciones. Él, en los último meses, se dejaba ver muy animado; todo iba viento en popa en lo que a Libros para Niños concernía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Para entonces había concebido y se preparaba para emprender varios proyectos personales, a saber: una empresita editorial, no infantil, en la que no sólo trabajaríamos juntos sino que me incluiría como socio (el tercero sería el poeta Anastasio Lovo) y para la cual ya había muy buenas ideas. La oportunidad de un año sabático, durante el cual se dedicaría a escribir y publicar sus experiencias en educación popular y fomento de la lectura en niños (abarcaría su experiencia de coordinador departamental de la alfabetización y su trabajo en en Viceministerio de Educación de Adultos en los ochentas y su experiencia de quince años dirigiendo la Fundación Libros para Niños), empresa que lo animaba e ilusionaba sobremanera. Alguna vez me comentó sobre cosas que tenía escritas, "memorias, recuerdos de chavalo y de vida", me decía, "pero vos sabés que no ficcionar y mitificar en nuestra rama es jodido". No recuerdo haber leído nada de eso. Recuerdo, creo, que una vez me leyó algo sobre su tía Carmela y unos viajes al Rancho Grande con sus abuelos y primos en una semana santa de inicio de los sesenta. Su trabajo en Libros para Niños, por primera vez en quince años, lo empezaba a delegar. Quería sacar su oficina de la oficina y meterla en la casa y desde ahí monitorear Libros para Niños y. sobre todo, dedicarse a sus proyectos vitales. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Tal era el fin de las remodelaciones. Donde siempre había sido su cuarto construyó un bonito y amplio estudio, con ventanales en tres paredes que daban a esa casi media manzana de jardín y patio a la que dedicó tantos años y empeño; su cuarto lo trasladó al que había sido el de mi abuela hasta 2008, cuando la muerte, tras enterrar a dos esposos y a tres hijos, finalmente le sobrevino; hizo una sala más grande, había hecho más espacio, botado paredes. "Aquí la gorda va a poder pegar carreras", me decía, "en este rincón le vamos a poner sus juguetes, unos cuentos, cojines, para que le guste venirme a visitar". Se refería a mi hija de seis meses, Adriana. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Sobre todos sus proyectos me habló en febrero, en una pizzería de Carretera Sur, el día que regresó de un viaje a los Estados, en el que visitó a mi hermana mayor, Raquel, y en el cual pudo conocer a su segunda nieta (la diferencia de edad entre mi hija y la hija de mi hermana es de pocos meses); en ese viaje también visitó a uno de sus mejores amigos en la distancia, John McCutcheon, un exitoso cantante de música country y de protesta de los Apalaches a quien conoció durante la Revolución. Comíamos una pizza de jamón serrano y camarones horneada en leña; mientras mi papá me contaba de un festival de cuenta cuentos al que asistió en un pueblecito de los Apalaches con emoción propia de un niño prendí un cigarro y pensé que cuando uno muere puede dedicarse a viajar por el mundo en un estado de plena conciencia y carente de materia; entonces ignoraba que esa pizzería en la que comíamos (creo que el también lo ignoraba) se encuentra en el exacto lugar donde se encontraba la finca de la que mi abuelo salió hacia su duelo con la muerte, 56 años antes; se me cruzó por la cabeza, como un pensamiento feliz, que cuando mi padre muriera, obviamente, creí, dentro de muchos años, seguramente se pasaría un buen rato sobrevolando los Apalaches, perdiéndose entre las hojas rojas y anaranjadas de los maples  en otoño, que amanecería pringado en rocío sobre las piedras lisas de los caminos de hormigón por los que me llevó en hombros en un viaje a los Apalaches cuando yo tenía seis años. Él pagó la cuenta y nos subimos a su camioneta y luego, entre la neblina casi palpable, las curvas del Crucero, los cafetales de Mr. Vaughan, el reloj de Diriamba, hasta llegar a Jinotepe.  Esto fue en febrero, casi tres meses antes de su repentina muerte, en junio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Desde antes, desde un viaje que hicimos juntos a México a finales del año anterior, se miraba muy animado y optimista. Había pasado una mala racha inaugurada en 2006, con el suicidio de su hermano mayor en Chicago, el único que quedaba vivo de sus tres hermanos, y que se agudizó en 2008, con la muerte de su mamá. Finalmente la estaba superando, acaso en parte por el nacimiento de sus dos primeras nietas, por lo bien que iba en su trabajo; la rueda de la vida finalmente salía del lodazal y se echaba a andar una vez más, más uno nunca sabe. Él iba a México porque lo habían invitado a dictar una serie de conferencias por varios universidades del norte, en el Palacio Nacional en calle La Moneda, en el D.F., donde lo acompañé, y porque había decidido participar en la FIL de Guadalajara con un stand y una agenda de reuniones y actividades de Libros para Niños. Él se fue una semana antes y nos juntamos en un hotel de Guadalajara el día de mi cumpleaños. Como era noviembre y era mi cumpleaños, me regaló el pasaje y me cubrió todos los gastos y me dedicó los mejores momentos que recuerdo de él en los últimos meses de su vida. Insistió en que tenía que ir a la FIL (el llevaba asistiendo dos años), pues yo ya había tomado la decisión de dedicarme totalmente a la escritura, cosa que a él siempre lo llenó de orgullo, pero también de no pocos temores.  Pude asistir a conferencias y disertaciones de autores que leo y admiro como Andrés Neuman, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Rodrigo Fresán, con quienes logré conversar por minutos, con unos más, con otros menos, y a quienes había logrado arrancar algún autógrafo; otros como Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Orhan Pamuk, Ray Bradbury, a quienes vi de largo, pero a cuyas geniales conferencias tuve el enorme privilegio de asistir. Luego nos fuimos al D.F. En los últimos días del viaje escalamos la Pirámide del Sol, en Teotihuacan. A mitad de las escalinatas descubrí que había dejado olvidado mi sweater y la cámara (típico en mí) en la base de la Pirámide. Mi papá, que llevaba una camiseta roja, unos jeans y una gorra caqui, y que me llevaba unos cuantos escalones de ventaja, se volvió a mí y sonrió. "Dale, andá balazo, allá te espero", y volvió la mirada a la punta de la pirámide. Cuando finalmente llegué, él estaba sentado, muy tranquilo, con una expresión grave en su rostro y con sus ojos verde jade clavados en la Avenida de los Muertos. Hablo de noviembre de 2009. Luego regresamos a Nicaragua y empezó las remodelaciones en su casa e hizo el viaje a los Estados, y regresó de muy buen ánimo y me habló de sus proyectos y me sentí profundamente feliz por él. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ese viernes 7 de junio yo tenía clases en la UCA. Era el último día de aquel cuatrimestre. Cursaba mi primer año de la carrera de Filosofía y Humanidades. La primera clase de ese día, Filosofía Antigua, era a las nueve de la mañana. Tenía que salir de Jinotepe al menos una hora antes para estar a tiempo. A las siete ya me había alistado y crucé el jardín, la casa, el cerco y el otro jardín que mediaban entre la casa de mi papá y la cabaña en la que yo vivo. Él ya estaba despierto, sentado en la computadora, en su nuevo estudio, leyendo los periódicos, actualizando la página de facebook de Libros para Niños y tomándose una taza de café, como todas las mañanas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Entre y lo saludé con un beso y un abrazo, como casi todos los días de mi vida, y me senté a su lado. Tenía un churro a la mitad apagado en el cenicero. Me lo pasó. Lo prendí y nos pusimos a platicar. Hablamos (casi siempre yo hablaba y él escuchaba, como repasando o siendo testigo de antiguas maravillas seguramente ya olvidadas que mis palabras limpiaban de olvido) algo sobre Hegel y sobre el Espíritu Absoluto. Sobre Borges y la idea de que cada cosa que existe es un órgano, más o menos especializado, que la Divinidad proyecta para percibir su propia creación. Hablamos sobre las pesadillas de José y las pesadillas de Jesús y los cauces de sangre por los cuales circulan las pesadillas colectivas de la humanidad, referidas en la primera parte del Evangelio según Jesucristo. Luego me recordó pasar recuperando la copia de las memorias y las cartas de mi abuelo que habíamos donado al IHNCA. Nos terminamos el churro y salimos juntos de la casa, nos montamos en su camioneta y me llevó hasta la parada de buses interlocales, como todas las mañanas durante los últimos seis meses de ese año. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Me había casado una semana antes, el sábado 2 de junio, y vivía con mi hija, de nueve meses, y mi nueva esposa en una cabaña que lindaba con la propiedad de mi papá, la misma en la que hoy vivo diría, si no contamos el enjambre de murciélagos que todas las noches se bate en mi cielo raso, absolutamente sólo. Mi papá había estado con nosotros en la boda, no soltó a mi hija prácticamente ni un segundo, y pasó tomado fotos y vídeos (nueva costumbre casi maníaca que lo empujaba a documentar todo en los últimos meses), cuando acabó el alboroto de la boda, se fue a tomar unas botellas de Mezcal que habíamos traído de México con sus parientes y amigos a su casa. La semana siguiente se dedicó a ordenar la casa, pues hacía poco habían terminado las remodelaciones. La semana transcurrió, al menos desde lo que yo pude percibir, de forma absolutamente normal, aunque lo que ocurría y se configuraba en la cabeza, literalmente en la cabeza, y lo que seguramente se anunciaba en los sueños, en los pensamientos o en las intuiciones de mi papá en esos últimos cinco días de su vida será un misterio que me acompañará por el resto de mis días. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ese viernes, después de clases, estuve en la cabaña, jugando con mi hija buena parte de la tarde y después la llevé a la casa de mi papá. Cuando entré, vi que él venía caminando desde su cuarto. En cuanto vio a la gorda se alegró muchísimo (igual que cada vez que la miraba), la chineó, se la llevó a su cuarto y le empezó a leer un cuento. Patito en la playa.  "Patito tiene un amigo", ella se retorcía de la risa y él pasaba la página, "es un pez". Luego la ponía en su andarivel y la empezaba a perseguir. Nunca lo había visto tan feliz, o en un estado de felicidad tan eufórico. La acostó de nuevo en la cama y yo me acosté a su lado. No dejaba de tomarle fotos y grabarla en video. De pronto dejó la cámara y se acostó junto a mí. Mi hija gateba entre nosotros. "Éste es mi muchachito", recuerdo que dijo mientras tomaba mi cara entre sus manos, "éste es mi bebé también". Adriana se reía. A pesar de que mi papá siempre fue un padre lleno de amor y expresiones de amor para sus dos hijos, no recordaba, en los últimos tiempos, una expresión de tanta ternura. "Cuando vos tenías la edad de la gorda", prosiguió, "te dio un calenturón como de cuarentaipico por varios días. Yo te tuve chineado aquí", y se tocó el plexo, "como cinco días, buscando como bajarte la calentura, y vos hirviendo. Todavía siento el calor, y yo preocupadísimo...". Yo sonreí e intuí, como se intuyen las cosas que nos  trascienden, algo enorme e inextricable que se paseaba por detrás de las imágenes, los sonidos, lo olores y todo el fino velo de percepciones que se tensaba ante nosotros aquella tarde. Durante el resto de la tarde tuve la sensación de que el tiempo, el espacio y todas sus combinaciones se movían de forma extraña, como si todo transcurriese al fondo de un tazón de gelatina. Hubo un silencio cómodo y prolongado. Una bandada de chocoyos pasó pegando alaridos. Me levanté y le hice la pacha a Adriana; mi papá me dijo que él se la quería dar. La acurrucó entre sus brazos y se sentó en una mecedora del porche. Le empezó a canturrear aquella canción infantil de Victor Jara que me cantaba cuando era un niño. La gorda se acabó la pacha y él le sacó los gases. Me dijo que la fuera a dormir, le dio un beso enorme y entró a su casa.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Yo anduve como media hora con la gorda entre mis brazos, caminando por el patio, enseñándole las flores y las nubes rosadas, y el dorado y el anaranjado del atardecer. Adormilada seguía con la vista una libélula que pasaba sobre nosotros. Anduvimos describiendo círculos aleatorios sobre la grama hasta que finalmente, al pie de una línea de cipreses que el viento mecía como oscuras llamas vegetales al fondo de un mar de fuego, se fue quedando dormida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Crucé el patio con ella en brazos y llegué hasta la cabaña. La acosté en su cuna. La arropé, le besé la espalda y corrí el mosquitero. Mi esposa estaba sentada viendo tele en la sala. "Se durmió", recuerdo que me dijo. Asentí mientras cerraba la puerta con cuidado. La abracé y besé y nos quedamos un rato viendo algún programa de Mtv.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Cenamos como a las siete y media. A las ocho enrolé un churro y me crucé a la casa de mi papá. Lo encontré sentado en el porche junto a su esposa. Tenía una copa de Whisky en la mano (hábito que había adquirido hacía no mucho) y un puro Joya de Nicaragua en la otra. Los saludé y mi papá se levantó. "Vení", me dijo, "me voy a servir otro trago, acompañame". &lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Entré con él a la cocina, donde había un desorden de ollas y pailas sucias. Llevaba su delantal con estampado de vaca, una pañoleta de colores cubriéndole la cabeza, shorts, su parche de cuero negro en el ojo izquierdo y sus anteojos de marco redondo. "Ya perdí completamente la vista del ojo", me dijo mientras rellenaba de hielo su vaso. Me lo dijo con una resignación y una tranquilidad tal que al principio no sabía de qué me hablaba. Se refería a su ojo izquierdo. Durante el último año había empezado a perder de forma acelerada la visión en dicho ojo. Fue donde varios especialistas que le dijeron que se trataba de una degeneración de la mácula. Horas más tardes descubriríamos de qué se había tratado todo ése tiempo. "¿Y ahora...?", recuerdo que le dije; una tristeza profundísima me atravesó la carne como un taladro, una tristeza que su tranquilidad y esa valentía tan particular que tenía ante lo duro y terrible de la vida mitigó, pero no por completo, "ahora ya no deberías manejar. Hoy te viniste solo desde Managua, no andés haciendo eso." Luego recordé que durante la presentación de un título del Fondo Editorial Libros para Niños, en la FIL del año pasado, había tenido enormes problemas para leer el papel que llevaba preparado, y pregunté "¿Cómo vas a hacer ahora para trabajar en la compu? ¿Ya vas a necesitar que te lean? Yo feliz te leo tus libros y lo que necesités..." &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Desplegó esa sonrisa de condescendencia tras la cual los padres suelen esconder una enorme y terrible verdad a los hijos, una sonrisa que significa "a pesar de todo, sos mi niñito ingenuo, y mejor así, al menos por ahora". &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Percibí que toda la materia y las percepciones circundantes se desconfiguraban, que la energía, el magnetismo o la magia que mantenía cada una de sus partículas unidas empezaba a languidecer; varias imágenes pasaban  al fondo de mis pupilas y solo alcanzaba a ver su reflejo terrible. El contorno de una tarántula hecha de sombras espesas como el asfalto y gigantesca como una peña, que posaba sus patas sin pausa y sin prisa alrededor de la casa y el patio, se fue definiendo, aunque borroneado y tenue. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; De pronto regresé a su voz, a las últimas palabras que escuché pronunciar a su voz que ya, ante mi terror y dolor, se va desdibujando y alienando en olvido. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "Hablé con un amigo que es ciego, y es abogado, muy éxitos por cierto, de Costa Rica. Él me ofreció unos programas para la mac, programas para ciegos, con reconocimiento de voz, a los que les podés dictar, y te pueden dictar textos enteros. Con los libros y las novelas que esté leyendo sería buenísimo que me las pudieras empezar a leer." Asentí. Luego le dije, no sé por qué, "es increíble la generación de ustedes. Los que nacieron en los cincuenta, sobre todo ustedes que nacieron aquí en Jinotepe. Creo que casi ninguna otra generación ha vivido el acelere tecnológico, histórico y social que ustedes. Nacieron sin televisión. El teléfono y el telégrafo era la tecnología de punta en comunicación. Hoy hablás con tu hija que está en Los Angeles, en audio, video y tiempo real con Skype. Crecieron escuchando doce canciones en un disco enorme, ahora tenés doce mil en un ipod del tamaño de tu mano. ¿Vas a decir que no son cosas que sólo miraban en los Supersónicos y Batman? Por mencionar algunas, ni hablar de nacer bajo una dictadura, ver nacer una lucha, decidirse a morir por ella, por una victoria que nunca iban a ver en vida y de pronto sobrevivir a eso, ver la victoria, vivir la Revolución, perder la Revolución, ver la Revolución caerse en pedazos y los buitres sobre esos pedazos, el neoliberalismo, la caída del Muro, Física Cuántica, el Fin de los Tiempos. Ustedes en una generación han vivido por mil." Me miró fijamente a los ojos y sonrió. "No lo había visto así." Y volvió a sonreír complacido. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Me acompañó a la puerta. Me dio un abrazo eterno, que todavía puedo sentir, que puedo evocar y reconstruir cuando ando por el patio por el que él ya nunca más va a andar, en el que nunca jamás me lo voy a volver a encontrar viendo las copas de lo árboles y sorbiendo su taza de café, y dijo "Estoy bien orgulloso de vos. Ya te miro encaminado en la vida que querés vivir; en tu vida. Tu libro, ya lo tenés, tu hija, una familia, sos admirable, he descubierto en vos un hombre admirable  y eso me hace enormemente feliz." &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Lo miré a la cara, sin saber que era la última vez, la despedida definitiva, y de todas formas el tiempo quedó suspendido para siempre, anidado en aquellos ojos verdes que hoy deben ser una masa pútrida sobre una plancha de concreto. Fue un instante que se dislocó del discurrir habitual del tiempo y del universo, de la infinita cadena causal que nos constituye y que se alojó para siempre en un tiempo y un espacio equidistante al tiempo y al espacio, en mis entrañas, en la realidad única de una experiencia individual. "Todo lo que ves sos vos, papi", le dije, y lo besé. Luego crucé el patio y regresé a mi cabaña, con mi esposa y mi hija que dormía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "Acompañame a fumarme un churro", le dije a mi esposa. Ella asintió con su dulce e infinita resignación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;B&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; He referido el extraño estado en el que mi percepción o el discurrir general de la realidad manifestaba. Es por eso, que llegados a este punto, todo se transforma en una cadena de terribles y sucesivos acontecimientos; instantes que tan pronto existían, eran abolidos por uno nuevo, que sería abolido por uno posterior, sin tiempo, sin aliento, sin aire o sangre en las venas para reaccionar tan rápido ante algo inesperado, absolutamente inesperado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; La enumeración de los acaecimientos que ocuparon la noche de ese viernes 7 de junio y la madrugada y la mañana del sábado 8 no debería ocupar tantas líneas. Me limitaré a referir los sucesos, como espectador impotente y desesperado que fui, pues de otra manera me son inaccesibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Primero, tras regresar de la casa de mi papá salí con mi esposa  a la parte de atrás de la cabaña. No recuerdo exactamente cómo era la luna de esa noche, si recuerdo muy bien las nubes pasando como una violenta marejada sobre su fantasma plateado. Recuerdo el cielo como la bóveda de un cráneo visto desde adentro. Recuerdo lo que le dije a mi esposa. Algo así como que aquí se acababan los huevos de Báez Bone, los huevos de mi abuelo que lo habían empujado a una muerte terrible y prematura, a la confección seguramente consciente, quizá no voluntariosa, pero si que consciente, del fantasma y del mito y de la horfandad de sus cuatro hijos. Que aquí se acababa el carrusel de la muerte. Que ya eran suficientes, sus tres hijos, su esposa, que mi papá había visto nacer a sus nietas y eso significaba mucho. Que lo miraba muy animado con la vida, con su vida. Que era un hombre increíble. Ella sonrió. Quizá dijo algo, no lo recuerdo. Me acabé el churro y entre a mi cuarto. Estaba muy entusiasmado con Shakespeare; acababa de terminar King Lear y Macbeth  y estaba empezando con Hamlet. Lo agarré del estante de mi biblioteca que le correspondía y me puse a leer. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Seguramente por el churro y por la  extraña sensación que me había embargado toda la tarde, una inusual y aplastante somnolencia se posó sobre mí. Caía dormido y despertaba entre cada parlamento de Hamlet. De pronto caí en un sueño profundo y negrísimo por un tiempo que sentí muy vasto, pero que no debió superar los veinte minutos. Algo, un ruido, un temor, me despertó de pronto. Mi esposa estaba a mi lado, en la computadora. "¿Qué pasó?", me preguntó al verme tan sobresaltado. "Me quedé dormido", dije, y de inmediato añadí "¿está ladrando el Tupac?". Asintió y me asomé por la ventana. El Tupac ladraba desesperado en la entrada del patio de mi papá. Tuve un mal presentimiento, una pésima corazonada que me empujó a tomar mi foco de mano y salir al patio. Anduve por ahí, sin dirección alguna, silbando y alumbrando las copas de los árboles con mi foco. Sentía una presencia extraña. Pensé en ladrones. Pensé en algo sustrayendo algo. Regresé a la casa y me senté en la cama. No recuerdo cuándo ni cómo volví a caer dormido. Sólo recuerdo los gritos de mi hermana que me despertaron de pronto. Mi hermana mayor de parte de madre, quien también trabajaba y tenía una estrecha relación con mi papá, vivía para entonces en la casa que quedaba junto a la cabaña en que yo vivo, ambas propiedades de mi mamá. Desde la ventana de su casa empezó a gritar mi nombre. Me levanté de un salto, con la terrible certeza de estar a punto de encarar algo que había temido profundamente desde que era un niño. "Tu papa", dijo mi hermana desesperada, llorando, "¡le pasa algo a tu papa, apurate, andá!". Crucé el patio en un segundo. Antes de entrar en la casa me fallaron las rodillas y me postré sobre la tierra y el hormigón, donde terminaba la grama. Estaba aterrado. Mi esposa me alcanzó y puso su mano en mi hombro. La esposa de mi papá abrió la puerta de la casa totalmente desesperada. Empecé a llorar. "¿Qué le pasa a mi papa? ¡Papi! ¿Qué pasó? ¿Dónde está?". "¡No sé, no sé, no sé!", respondió ella, "nos fuimos a acostar después de que te fuiste. Habíamos cenado y él se había tomado tres whiskys. Normalmente se toma uno. De  repente nos dormimos. Le dolía la cabeza. Pero desde hace rato que anda con dolores de cabeza. Él padece de pesadillas, y parece que tenía una fuerte. Yo me desperté y le di un golpecito con el codo. Me volví a dormir y cuando me desperté estaba así", entonces señaló la puerta abierta del cuarto. Las posibilidades más terribles giraban en mi cabeza cómo el tambor de un revólver. "Vomitó y se está como ahogando", se soltó en un llanto histérico. Volví a ver la puerta abierta del cuarto y me apresuré a ella aterrorizado pero bajo una especie de trance, un entumecimiento total y mecánico del alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  De este punto en adelante mi papá se convierte en un personaje totalmente diferente. Mi papá, el que me crió, el que cuidó de mi cuando era un bebé y el era un disidente desempleado, el que me dio y me enseñó todo, el que me dio la libertad de ser lo que yo quisiera ser, lo que me apasionara ser, el que me dio un ejemplo de vida maravilloso e invaluable ya no existía; la persona  que se ahogaba en la cama de mi papá y que no cesaba de emitir un sonido gutural, que duró toda la noche, una especie de tos ahogada y acompasada que le estremecía el pecho; ese hombre con la boca abierta, los ojos cerrados, la mano dura y empuñada, ya como la de un muerto, con una mancha de vómito junto a su cara no podía ser y, sobre todo, yo no quería que fuese mi padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "Llamá a tu suegro", me dijo mi hermana histérica. Corrí hasta el teléfono y, desesperado, impotente, asustado, con un desgarrador sentimiento de incertidumbre marqué el número. Repicó un par de veces. Me contestó mi suegra. "Doña Mayela", mi tono y la hora de la llamada (casi las once de la noche) debieron dejar ver la gravedad del asunto. "Si Luis... ¿qué pasó?". "Disculpe... disculpe la hora doña Mayela...", atiné a decir. "¿Qué pasó Luis?, no te preocupés, ¿le pasó algo a la gorda?". "No doña Mayela..." y me solté en llantos, "es mi papá. No sé qué le pasa. Está inconsciente, como que le cuesta respirar. No se despierta... no sé qué le pasa.... Quería ver si el doctor podía venir a ayudarnos". "Claro Luis, cómo no, ya vamos para allá". Empecé a dar vueltas como loco por la sala de la casa de mi papá. Estaba histérico. Por instantes perdía el control. No sabía qué hacer. Me tumbé a su lado en la cama y me puse a hablarle.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; De pronto llegó un camión de bomberos con paramédicos y bomberos. Entraron en la casa. Yo estaba desesperado. La mayoría eran muchachos de mi edad. "Ayúdenle por favor", les rogué. Uno de ellos me vio a los ojos y asintió. Cargaba el extremo de una camilla. Recordé su cara y recordé una perturbadora simetría. Una semana antes, o un poco más, medio dormido en la cabaña me despertó el cuidador. Me dijo que fuera al otro lado, que se estaba quemando el cerco de donde mi papa. Salí al patio, y al otro extremo miré unas llamas mucho más grandes de lo que las había imaginado y corrí hasta el lugar. No solo el cerco ardía, sino que una gran parte del cerco natural de cactos que corrían paralelos al cerco de alambre. Mi papá estaba de pie ante las llamas que lo duplicaban o triplicaban en estatura, echándole agua con un balde que pacientemente rellenaba con la manguera. "Ya llamé a los bomberos", recuerdo que me dijo volviendo su perfil, anaranjado por el reflejo de las llamas, "creo que están llegando". Eran los mismo muchachos. El doctor, mi suegro, entró con ellos al cuarto y le revisó los signos vitales, supongo, y supervisó el traslado en la camilla. Como la ambulancia no llegaba, lo trasladamos al Hospital Regional de Jinotepe, que por suerte queda a cinco cuadras de mi casa, en el microbús blanco de la Fundación, y lo internamos de emergencia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; La llegada al hospital abrió una gama de esperanzas en mi mente. Transcurrieron varias horas en aquel hospital como transcurren las horas de incertidumbre en los hospitales. No se sabía qué tenía. Respiraba con ayuda de una máquina. Había que trasladarlo a Managua para hacerle exámenes e internarlo en Cuidados Intensivos. Él siempre había dicho que quería morir en su casa. Que nunca lo llevaran a un hospital y que muchísimo menos quería acabar su vida en un cuarto de Cuidados Intensivos, conectado a un máquina. Así de claro lo había dicho en varias ocasiones, desde que yo tenía memoria. En el momento, sin embargo, todavía albergaba esperanzas de que no se tratara de algo demasiado grave, y pensé que debíamos tratar de salvarlo a cómo fuese. Mi abuela, había dicho lo mismo toda su vida, y él, cuando ella estaba a punto de morir, a los ochenta y muchos años, decidió trasladarla a Cuidados Intensivos y someterla a una operación del corazón, ella murió en la camilla, antes de llegar al quirófano; lo que trató de decir, es que de cualquier forma el me hubiese comprendido. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El viaje a Managua no lo podría medir en tiempo, quizá en algunas imágenes borrosas de la ambulancia que aullaba ante nosotros, de los cafetales revestidos de luz luna de  Mr. Vaughan, del Crucero, de la pizzería en que habíamos cenado aquella noche. De la pista suburbana y finalmente del Hospital Metropolitano. Entramos a Emergencias. Recuerdo que le pusieron un pañal, le conectaron una máquina, creo que para monitorear sus signos vitales, y le empezaron a hacer placas y pruebas. No podían dar un diagnóstico clínico de la situación; no se trataba, como se creyó en algún momento, de ningún problema en el sistema respiratorio. Había que internarlo en Cuidados Intensivos de inmediato para estabilizarlo y a primera hora de la mañana hacerle una tomografía, para descartar un problema en el cerebro, y realizar pruebas más a fondo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Una vez internado en Cuidados Intensivos no lo podíamos ver. Nadie entraba a la sala de Cuidados Intensivos. Ahí pasaría la madrugada. Eran casi las dos. Mi hermana, que nos había acompañado, decidió quedarse en el Hospital, yo había dejado a mi hija y esposa solas en casa y, dado que no podría acompañarlo y no se sabría nada nuevo hasta la mañana y que se encontraba estable decidí regresar y tratar de dormir un poco. No recuerdo mucho del regreso a Jinotepe. Logré dormir un par de horas. No recuerdo, pues nunca logro recordar mis sueños, lo que soñé aquella noche. Intuyo que tenía que ver con una noche, cuando tenía unos cinco años, en la que mi papá, desde el patio, me enseñaba las estrellas y las constelaciones. Fue un sueño agradable y cálido, eso lo recuerdo. De pronto sonó mi celular. Era mi hermana llamando desde el Hospital. Me atrevería a decir que hubo un segundo inmediato al despertar en el que había olvidado todo por completo y pensé que me despertaba a un nuevo día, en el que todo estaría donde siempre, y que mi papá estaba al otro lado, en su casa, preparándose una taza de café. La llamada hizo que las horas anteriores se erigieran sobre mí, pieza a pieza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "Lo de tu papá es bastante grave, Luis", y se soltó a llorar. Yo empecé a llorar también. "¿Qué es?", dije, "no me administren la información por favor, si ya saben algo díganmelo", rogué. "Vino el doctor", me dijo, "le hicieron unas pruebas y parece que puede ser un derrame. Todo él está bien. Pero parece que hay algo en el cerebro". No recuerdo qué dije, pero me ataqué en llantos y colgué la llamada. Le conté a mi esposa y salí desesperado al patio. No sabía que hacer. Quería que todo pasara rápido. No quería que mi papá sufriera demasiado. En un segundo me resigné, o me convencí de haberme resignado a lo peor. Me revelé contra aquella resignación. Sentí la impotencia ante la muerte en su más pura y corrosiva esencia. La fragilidad de la vida y las tempestades del destino. Pensé de todo. Me arrodillé. Hice algo que nunca había hecho y que no he vuelto a hacer. Cerré los ojos con fuerza. Creí en algo mayor. Puse mis esperanzas, mi dolor y mi impotencia en manos de algo mayor. Le recé a Dios. Al universo. Pedí con devoción. Me recompuse. Pensé que todo estaba perdido. Que la vida como la conocía había acabado. Que mi papa ya sobrevolaba el patio en plena conciencia y que su espíritu sin materia intentaba vanamente posar su mano en mi hombre y consolarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Sonó de nuevo el teléfono. La información era más cruda. "Fue un derrame masivo en el cerebro". "¿Qué? ¿cómo? Que no sufra por favor..." y las palabras se volvieron más llanto. "Él está en coma, en el nivel más profundo del coma. No siente nada...". El cuadro se pintó por completo. "Solo estamos esperándote a vos para tomar una decisión". Todo estaba dicho. Era el peor de los escenarios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El camino a Managua fue un martirio eterno. Una palabra resonaba al fondo de mi cabeza, fuertemente plantada e inmutable entre el torbellino de emociones y pensamientos que surgían automática y dolorasamente, una palabra que era como un mantra extraño y que al menos yo no me hubiera esperado de mí mismo en tal situación. Una palabra que cifraba la conducta y las extrañas y sorpresivas reacciones que me acompañarían durante los días posteriores. Una palabra que era como un mandato y una débil tabla que me salvaría del mar convulso en el que me embarcaba; la palabra "fortaleza". Era un momento decisivo en la vida, un momento crucial, por llamarlo de alguna forma, y papá ya no estaba ahí; debía evitar desmoronarme pero antes debía evacuar cuanto dolor me fuese posible. Lloré como un niño, como un bebé desconsolado durante todo el camino. Cuando llegué al hospital, en la sala de espera de Cuidados Intensivos, ya había bastante gente. Primos de mi papá, algunos amigos, su esposa y la familia de ella. Mi mamá se había ido de viaje tres días antes, y pensé que era mejor así, que debía pasar por todo aquello solo, que solamente así me demostraría que era un hombre. Saludé a algunas personas. Hice un par de llamadas. No quería avisarle a mi hermana, que estaba en Los Angeles y podría hacer muy poco o nada desde allá, hasta que no supiera exactamente lo que estaba pasando. La llamé y le referí todo de forma cruda. No lo podía creer. Caí en cuenta de que yo tampoco lo podía creer y que en realidad todavía no me lo creía. Todo pasaba como un sueño, o como me imagino que pasan las cosas en un sueño. Regresé a la sala de espera y el doctor nos hizo pasar a su esposa y a mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Entramos a un pequeño cuarto en la sala de Cuidados Intensivos, sospecho que destinado específicamente para dar noticias fatales a familiares de moribundos. El doctor nos franqueó la entrada y con esa crudeza médica nos explicó la situación. Empezó por colgar las placas de la tomografía sobre una pantalla luminosa. Habló de un derrame masivo en una vena principal del cerebro provocado por un tumor enorme. "¿Un tumor?", pensé que se trataba de un  error. La esposa de mi papá me miró y me dijo, "si, parece que lo tenía desde hace tiempo, sin síntomas. Solo la pérdida de la vista". "¿Era por un tumor entonces lo del ojo?", no me lo creía, me parecía imposible que un hombre pudiera convivir un par de años con un tumor del tamaño de un limón en su cerebro sin darse cuenta. Le iban a hacer una última prueba, una en la que inyectaban agua caliente y agua fría en los oídos a ver si el cuerpo presentaba alguna reacción, de ser así, se descartaría una muerte cerebral. Había la opción de tratar de extirpar el tumor, pero quedaba el problema del derrame, de forma que si sobrevivía a la operación (las probabilidades de que lo hiciera no pasaban de un 5%), quedaría postrado en una silla de ruedas y privado de muchas de sus facultades por el resto de su vida. No quise ni imaginarlo y no nos costó mucho tomar la decisión. Firmamos unos papeles, y esperamos el momento para desconectarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Gracias a gestiones hechas por un pariente político de mi papá, que era miembro de la Directiva y accionista del hospital, se nos permitió acompañarlo con música y candelas e inciensos en el cuarto de Cuidados Intensivos, mientras lo desconectaban. Siempre había dicho que en su entierro tocaran el Abbey Road completo, y cuando muriera, Here comes the sun. Así fue. Entramos al cuarto y dejamos sonar la canción. Fue un momento demasiado intenso. Se prendieron varias candelas. Yo me pegué a su pecho. Le toqué la cara. Las manos. Las piernas. Le besé la frente, los labios, las mejillas, el pecho y ahí me quedé acurrucado, como cuando era un niño. Respiraba suave pero profundamente. Su expresión era de paz. De serenidad absoluta, como cuando dormía por las tardes. Su corazón latía muy cerca de mi oído. Sus pulmones se hinchaban. La famosa maquinita pitaba al fondo. Harrison arpegeaba un re mayor en su guitarra acústica. "Te amo papi. No me pudiste dar más, de verdad que no. Fuiste el mejor papá que pude tener. Y vi como mis lágrimas cubrían su pecho. De pronto fue dejando de respirar. Su corazón dejó de latir para siempre. Yo me apreté contra él y lo abracé con todas mis fuerzas, y el se fue, volando como un búho a buscar lo más profundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Luego vino la funeraria, la vela, el entierro sin misa. Cuando regresé a su casa, cuando vi su casa por última vez, al menos de esa forma, como el la tenía arreglada, con sus cosas, todo se volvió violentamente real. Fue como si despertara y comprendiese, finalmente, lo obvio. Mi papá había muerto y nunca lo iba a volver a ver. Sentí que quería regresar a aquel momento y estar de verdad despierto. Agarrarlo con suficientes fuerzas como para que la muerte no se lo llevara, no lo arrebatara de mis brazos. Un dolor inagotable me golpeó. Entré a su cuarto. Me acosté en su cama y lloré. Luego me levanté y encendí su computadora. Le iba a escribir a mis primos. Era él último de sus hermanos vivo. No había generación sobre nuestras cabezas, sobre los hijos de esos cuatro hermanos que estaban regados por los Estados Unidos, y un par de nosotros en Nicaragua. Era mi deber que el núcleo no desapareciese, aunque irremediablemente iba a ser así. Abrí mi bandeja de correo y vi uno de la editorial tica a la que hacía más de seis meses había enviado el borrador de mi libro. Me decían que tras varias lecturas el libro les parecía atractivo y me ofrecían la posibilidad de publicarlos bajo su sello tras algunas correcciones. No supe qué pensar. No me alegré. Me llené de rabia. Pensé que mi papá jamás iba a leer aquel libro ni ninguno de mis libros. Había leído un borrador antiguo y algunos de los cuentos nuevos que pensaba añadir a una segunda versión. Pero sus manos nunca tocarían aquel libro. Esa fue la prueba irrefutable de su ausencia. Cerré el correo y pensé que decidiría después. Era momento de la vela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El ataúd entró a la casa y yo pedí que se mantuviera cerrado. No quería ver el cadáver de mi papá. No quería recordarlo así. Sentía, sin embargo, que desde el hospital hasta la llegada del ataúd a la casa habían pasado años, años en los que no había visto a mi papá. Pero decidí que se mantuviera cerrado. Sobre la tapa pusimos varias fotos de él, con sus hijos, con sus nietas, de su juventud, con su esposa, varias conmigo, cuando era un bebé, en el patio de la casa. En parte, el fin de las fotos era que ningún curioso abriera el ataúd. Se me acercaron varios desconocidos consternados y pidiendo que les dejaran ver el cadáver. "¿No lo van a abrir para que lo veamos?". Aquello me pareció una profanación y fui aún más tajante. "No, no queremos abrirlo". Pasó la noche de la vela y llegó la mañana del entierro. Llegaron varios grupos de niños de las comunidades donde Libros para Niños había trabajado. Amigos de mi papá de toda la vida. Familiares. La vida de mi papá en sus diversas facetas reconstruida por la gente por la que pasó y que lo conoció. Era el momento de sacarlo. De llevarlo al cementerio y enterrarlo. Comprendí que nunca volvería a ver su cara y pedí, y esto fue un impulso, que me dejaran a solas con el ataúd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Rocé la madera con mis dedos. Di unos cuantos golpecitos en el costado del ataúd. Quité las retrateras y levanté la tapa. Llevaba una cotona blanca. Su collar y el pelo peinado hacia atrás. Se miraba guapísimo. En una segunda mirada noté, no con poco horror, que una gruesa y oscura línea de sangre bajaba desde una de sus fosas nasales hasta su labio superior. Solté un pequeño chillido que ahogué entre mis manos. Corrí al baño, a su baño, y agarré una toalla de mano. Una de las empleadas se acercó. "Tiene sangre", le dije atacado, "tiene sangre en la nariz", y mojaba la toalla en el lavamanos. Me abalancé sobre el ataúd y abrí la segunda tapa, la de vidrio, y quedé cara a cara ante el cadáver de aquel hombre al que había amado durante todo lo que llevaba de vida. Pasé mis manos por sus mejillas y las sentí frías y duras como la madera del ataúd. Era la primera vez que tocaba un cadáver. Me estremecí, pero empecí a limpiar la sangre de su nariz. Llegaron personas, mi esposa y un par de personas más y me tomaron de los brazos. Me apartaron del ataúd. Me abrazaron. No había fortaleza en mí en aquel momento. Me condujeron con la multitud que esperaba el ataúd. Empezó a sonar Abbey Road. Esta vez era Come together, y así todo el entierro por todo Jinotepe hasta llegar a She came in through the bathroom window, Golden Slumbers, Carry that weight, The end y Her Majesty, con todo lo que significan.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-6761940323845487581?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/6761940323845487581/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2011/07/notas-una-muerte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/6761940323845487581'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/6761940323845487581'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2011/07/notas-una-muerte.html' title='Notas a una muerte'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-6073635384166521394</id><published>2011-07-01T13:39:00.001-07:00</published><updated>2011-07-01T13:41:08.471-07:00</updated><title type='text'>"Cómo encontré al Superhombre" de G.K. Chesterton (1909)</title><content type='html'>&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;autor: Gilbert Keith Chesterton&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Traducción: Luis Báez&lt;/span&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; A los lectores del señor Bernard Shaw, y de otros escritores modernos, podría interesarles saber que el Superhombre ha sido encontrado. Yo lo encontré; vive en South Croydon. Mi hallazgo será, sin dudas, un duro golpe para el señor Shaw, quien desde hace años ha estado olfateando un rastro falso, y quien ahora busca a la criatura en Blackpool;  y sobre la noción del señor. H.G. Wells, de generarlo a partir de gases en un laboratorio privado, siempre pensé que estaba condenada al fracaso. Le aseguro al señor Wells que el Superhombre de Croydon nació en la forma ordinaria, aunque él mismo, por supuesto, es cualquier cosa menos ordinario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Tampoco son sus padres indignos del maravilloso ser que han dado al mundo. El nombre de Lady Hipatia Smythe-Brown (ahora Lady Hipatia Hagg) nunca será olvidado en el East End, donde hizo un espléndido trabajo social. Su grito constante de "¡Salven a los niños!" se refería a la cruel negligencia sobre la vista de aquellos niños a quienes se les permitía usar juguetes de colores estridente. Citaba estadísticas irrebatibles para probar que los niños a los que se les dejaba ver el violeta y el bermellón a menudo sufrían de visión defectuosa en su extrema vejez; y fue debido a su incesante cruzada que la peste del juguete llamado mono-en-el-palo fue casi erradicada de Hoxton.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; La ferviente activista recorría las calles incansablemente, quitándole sus juguetes a los pobres niños, que usualmente se conmovían hasta el llanto por su bondad. Su buena obra fue interrumpida, en parte por un nuevo interés en el credo de Zoroastro, y en parte por el salvaje golpe de una sombrilla. Fue infligido por una impúdica vendedora de manzanas irlandesa, quien, al regresar a su apartamento de mala muerte luego de una orgía, encontró a Lady Hipatia en el cuarto descolgando una pintura que, para no ahondar en detalles, no era precisamente edificante para la mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; A esas alturas la Celta, ignorante y parcialmente intoxicada, le asestó un severo golpe con su paraguas a la reformadora social, añadiéndole una absurda acusación de robo. La mente exquisitamente balanceada de la señora recibió un impacto; y fue durante una breve enfermedad mental que se casó con el Dr. Hagg.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Sobre el propio Dr. Hagg, espero que no haya necesidad de hablar. Cualquiera que se mantenga ligeramente al tanto de los atrevidos experimentos en Eugenesia Neo-Individualista, que hoy en día absorben todo el interés de la democracia inglesa, debe conocer su nombre y a menudo encomendarlo a la protección personal de un poder impersonal. Temprano en la vida alcanzó ese despiadado entendimiento de la historia de las religiones que alcanzó en su juventud como ingeniero eléctrico.  Más tarde se convirtió en uno de nuestros más grandiosos geólogos; y llegó a esa audaz y brillante perspectiva sobre el futuro del Socialismo que solamente la geología puede brindar. Al principio pareció haber una suerte de escisión, una tenue pero perceptible fisura, entre sus puntos de vista y los de su aristocrática esposa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ella estaba a favor (para usar su propio y poderoso epigrama) en proteger a los pobres contra ellos mismo; mientras que él declaraba despiadadamente, en una novedosa y sorprendente metáfora, que los más débiles debían ir al paredón. Eventualmente, sin embargo, la pareja de casados percibió una unidad esencial en el carácter inequívocamente moderno de sus puntos de vista; y en esa esclarecedora y exhaustiva expresión sus almas encontraron paz. El resultado es que esta unión de los dos más elevados ejemplares de nuestra civilización, la señora a la moda y el médico que podría ser de todo, menos vulgar, ha sido bendecida con el nacimiento del Superhombre, ese ser a quien todos los labriegos de Battersea, día y noche, esperan impacientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Encontré la casa del Dr. y Lady Hipatia Hagg sin mucha dificultad; está situada en una de las últimas y más caóticas calles de Croydon, bajo una línea de álamos que la pasaba por alto. Llegué a la puerta hacia el ocaso, y naturalmente tuve la extravagante idea de percibir algo oscuro y monstruoso en el borroso bulto en que se me presentaba aquella casa que contenía a la criatura que era más maravillosa que los hijos de los hombres. Cuando entré a la casa fui recibido con exquisita cortesía por Lady Hipatia y su esposo; pero mi vi ante una dificultad mucho mayor cuando quise ver al Superhombre, quien anda por los quince años, y es mantenido a solas en un cuarto atestado de silencio. Ni siquiera mi conversación con el padre y la madre logró esclarecer el carácter del ser misterioso. Lady Hipatia, quien tiene una cara pálida y lastimosa, y que va ataviada en esos patéticos e impalpables trajes verdes y grises con los que ha iluminado tantos hogares en Hoxton, no parecía hablar de su  retoño con la vanidad vulgar de una madre humana. Di un paso atrevido y pregunté si el Superhombre era bien parecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "El crea su propio estándar, como verá", replicó con un tenue suspiro. "Visto desde ese plano es más que Apolo. Visto desde nuestro plano inferior, evidentemente..." Y volvió a suspirar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Tuve un impulso horrible y dije de pronto "¿Tiene pelo?"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Hubo un largo y doloroso silencio, hasta que el Dr. Hagg dijo suavemente, "Todo lo que existe en ese plano es diferente; lo que tiene no es... bueno, no es, por supuesto, lo que llamamos pelo... pero..."&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; "¿No crees..." dijo su esposa, muy suavemente, "no crees que en realidad, para fines argumentativos, cuando se le hable al mero público, uno podría llamarlo pelo?" &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "Tal vez tienes razón," dijo el doctor luego de unos momentos de reflexión. "Para hablar sobre un pelo como ese uno debe hacerlo en parábolas."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "Bueno, ¿y si no es pelo," pregunté un poco irritado, "qué demonios es? ¿Son plumas?"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "Plumas no, al menos no como entendemos las plumas," respondió Hagg con una voz horrible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Me levanté no poco irritado. "¿Puedo verlo por lo menos?", pregunté. "Soy un periodista, y no tengo ninguna motivación terrenal más que mi curiosidad y mi vanidad personal. Me gustaría poder decir, al menos, que estreché la mano del Superhombre."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ambos, esposo y esposa, se pusieron pesadamente de pie, con notoria vergüenza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "Bueno, usted sabrá, por supuesto," dijo Lady Hipatia, con esa sonrisa francamente encantadora de las anfitrionas aristócratas. "Usted sabrá que él no puede exactamente dar sus manos... no son manos, comprenderá.... por su estructura, por supuesto..."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Rompí con todas las ataduras sociales y me apresuré hacia la puerta del cuarto que, pensé, contenía a la increíble criatura. Abrí de golpe; una oscuridad absoluta se tensaba sobre el cuarto. Pero de frente a mí llegó un pequeño y triste graznido, y de atrás  de mí un chillido doble.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "¡Mire lo que hizo!" lloró el Dr. Hagg, sepultando su frente calva entre sus manos. "Dejó que una corriente de viento lo alcanzara; ahora está muerto"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Mientras me alejaba de Croydon aquella noche, vi hombres de negro cargando un ataúd que no tenía forma humana. El viento gimió sobre mí, retorciendo  los álamos, de forma tal que se encorvaban y asentían como coronas de plumas en algún funeral cósmico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; "Eso es, precisamente," dijo el Dr. Hagg, "el universo entero llorando la frustración de su más magnífico nacimiento." Pero yo pensé advertir una risotada en el alto gemido del viento.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-6073635384166521394?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/6073635384166521394/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2011/07/como-encontre-al-superhombre-de-gk.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/6073635384166521394'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/6073635384166521394'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2011/07/como-encontre-al-superhombre-de-gk.html' title='&quot;Cómo encontré al Superhombre&quot; de G.K. Chesterton (1909)'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-7730586764431965115</id><published>2011-06-22T13:10:00.004-07:00</published><updated>2011-06-23T06:31:47.113-07:00</updated><title type='text'>SALTAPIÑUELAS</title><content type='html'>Estaba B una tarde X de inicios de mayo (con el tronco y los brazos desparramados sobre el sofá, las piernas hechas una L y los pies apoyados en el piso) soñando sueños intraquilos, sueños terribles y enfermizos que a cualquiera, sobre todo a B, le pondrían los pelos de punta y que invariablemente olvidaba al despertar, hasta que algo lo abstrajo de ellos. Era un ruido, un revolotéo que de improviso se convirtía en un zumbido incesante y que finalmente se materializaba en un enjambre de avispas u hormigones negros que, como un chorro de propulsión, se eyectaba por la fosa nasal del cadáver violáceo con que B soñaba. Un estruendo de los mil demonios que lo hizo levantarse de un brinco.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Un nubarrón, algo rosado, algo dudoso, cubrió el cielo por buen rato y saturó cada milímetro de realidad con un tinte color carne. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  B se sentó al borde del sofá. Apretó los ojos muy fuerte. Se sintió mareado. Prendió un cigarro. De un manotazo derrumbó la cordillera de libros que discurría a su lado. Se volvió a recostar y se quedó contemplando, por unos pocos segundos que se asemejaron a la eternidad, los volúmenes, los contornos, las torciones y retornos, la silenciosa mórfosis y la expansión del humo que en un principio era un fino arroyo celesteléctrico zarpando de la brasa anaranjada y que, en lo alto, iba conquistando el vacío y la luz amarilla y rosada que entraba por la ventana y que revelaba los rostros del humo. Rostros que aperecían como una mueca sin carnes ni huesos que la sostuvieran, puro visaje ceñido al humo. Apariciones fugacez que seguramente, al menos en la realidad que B percibía, no significan nada, o su significado no tiene la menor importancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; B volvió a escuchar el revolotéo, ahora más aparatoso y cercano de lo que recordaba ¿Recordaba? En el acto B se espantó por el hallazgo de un recuerdo vívido de algo que B no había vivido jamás. El espanto se asemejó al espanto de quien una mañana cualquiera encuentra un cadáver, que encima de muerto es desconocido, en un cuarto de su casa. Y el recuerdo y su espanto cercaron, como dos manos que curvando sus palma abovedaban las llanuras y hondonadas de la mente de B, manos que no eran carne sino una suerte de espejo iridiscente y cóncavo que revelaba patrones compuestos por miles, quien sabe si millones, de imágenes; imágenes y percepciones caóticas que, fluctuantes y disolutas, alternándose en una efervescencia demencial, componían una imagen total e indigerible, al menos así, de sopetón, para cualquier mente humana; algo simplente inextricable e ininteligible que a B le provocó un repeluzno leve, con epicentro en su nuca, que recorrió sus brazos y cesó en la punta de sus dedos. El revolotéo (B ya lo había logrado ubicar) provenía del patio y lo causaba una saltapiñuela que reiteradamente se lanzaba en picada desde las ramas más altas de un arbol de aguacate hasta el interior de un arbusto de limonaria donde había instalado su nido y donde sus polluelos piaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Acodado al marco de la puerta que da al porche y al patio, B observó por largo rato al pajarito que iba y venía, una y otra y otra vez, atareado en su absurda empresa. El irracional instinto, por no llamarle reflejo mecánico, de sobrevivencia, de preservación, divagaba B, el demencial reflujo de sobrevivencia, ese vano tic de pretensiones divinas o agrícolas que consiste en crear, alimentar y ver crecer, un instinto incuestionable ya fundido en el crisol del inconsciente colectivo de nuestro mundo. Ese capricho animal que busca la multiplicidad, la expansión, el crecimiento y preservación de la especie, de las partículas más cercanas a la particularidad propia, sin razón alguna, o acaso para crear o creerse una artificiosa y no constatable noción de eternidad colectiva. B no estaba seguro y seguramente no le importaba mucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; De repente, el nubarrón desapareció por completo, dejando un cielo despejado y refulgente. B pensó en los pájaros de fuego del cuento de Peñalba y se quedó helado. Todo volvía a mudar su tono y su matíz. Hasta los infinitos pájaros que vuelan y saltan por el patio modulan sus trinos, pensó B. Hasta las ramas de los dichosos árboles que son apenas sensitivos parecen revertir sus movimientos, casi pronunció con sus labios delgados, que de pronto sintió resecos. Ensortijó una sonrisa involuntaria. Bostezó mientras la saltapiñuelas planeaba en una diagonal veloz, un tanto curvada pero precisa, maravillosamente precisa, y se posaba junto al nido que pendía del punto donde una rama de la limonaria se bifurcaba y que a B le pareció una flor extraña o extraterrestre. B se acercó sigilosamente al nido que no estaba a más de tres metros del porche de su cabaña. En medio de un revolotéo inesperado que sacudió hasta el tuétano la tranquilidad de aquella tarde, la saltapiñuelas regresó, como una flecha en reversa, hasta la copa del aguacate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; B la observó, frunció el ceño y se quedó un rato de pie, terminándose el cigarro. Hasta ese momento notó que había llovido y, a juzgar por la gran cantidad de agua que embebía el patio, bastante fuerte. B no se explicaba cómo había sucedido eso, pues según sus cálculos no había dormido más de veinte minutos. En lo que B se disponía a regresar a la sala para ver la hora el revolotéo de la saltapiñuelas volvió a estremecer las ramas de la limonaria, multiplicando las gotas de lluvia que cubrían sus hojas, una lluvia que a B le era absolutamente desconocida. Unas nubes negras se acercaban peligrosamente desde el este. A B se le ocurrió buscar algo, una caja de cartón desarmada, un pliego de plástico negro, algo que sirviera como techo para proteger al nido y los polluelos de las fuertes lluvias que todo mundo aseguraba que caerían aquel invierno. Luego imaginó lo beneficioso que ésto sería para la saltapiñuelas y sus polluelos. Imaginó a la saltapiñuelas estremecerse, acurrucada en lo profundo de su nido con sus polluelos, al escuchar el ruido de un aguacero que desgarraba el cielo. La imaginó aterrada, sacando su cabecita por el hueco oscuro del nido vaya uno a saber por qué, por impulso casi mecánico, y su enorme sorpresa al constatar que efectivamente llovía a cántaros por todos lados, que la lluvia lo cubría y empapaba todo, menos a ella, a su nido y a sus polluelos. ¡Qué milagro! Qué estupefacción tan conmovedora la de la saltapiñuelas. Ahora podría dedicar el invierno a seguir su acopio de alimentos para las crías sin atrasarse en reparaciones provocadas al nido por las lluvias, y ni hablar de las goteras, el frío y la incertidumbre. Al pasar el aguacero y resultar el nido intácto, la saltapiñuelas volaría a divulgar, si esto es posible para una saltapiñuelas, a todos los pájaros que anduvieran por el patio la buena nueva sobre el milagro que la providencia había obrado sobre su nido y su familia. Seguramente, ya siendo una saltapiñuelas anciana, contaría a sus polluelos, quienes a su vez contarían a sus hijos su versión o, mejor dicho, percepción de lo ocurrido. Las consecuencias, ponderó B, serían inimaginables. Luego se pregunto qué tantas eran las probabilidades de que alguien no solo encontrase un nido de saltapiñuelas, sino que se le ocurriera tomarse la molestia de cubrir aquel nido para proteger su contenido. Luego pensó en los infinitos nidos abandanados a su suerte en los infinitos caminos, bosques, barrancos y quebradas del Pacífico de Nicaragua, por no decir del Universo. La lluvia en eterno retorno, ni se diga la rayería y la electricidad. Pensó que todos esos polluelos estaban irremediablemente perdidos y que no se podía hacer nada al respecto. Luego se preguntó si la saltapiñuelas sabría agradecer y apreciar el milagro o si lo dejaría fluir por sus ojos con la misma estúpida normalidad con que discurría el cielo, la tierra, el viento y todo a su alrededor. B pensó que ésto era lo más probable y decidió dejarla abandonada a la sagrada voluntad de la naturaleza. Pensó, asqueado, que los polluelos chillaban como ratones. Aplastó la colilla del cigarro bajo su talón. La saltapiñuelas regresaba, como por primera vez, al nido. Qué terquedad de sobrevivencia, pensó B, Voluntad de Poder en su más pura esencias. A lo mejor y de estos pájaros hasta se puede obtener, encapsular y poner en las farmacias Voluntad de Poder (15 gramos cada mañana) para curar la enfermedad de nuestros tiempos, se le ocurrió. Alimentar y proteger a los polluelos sin saber por qué, un acto solitario que revolotéa más allá del entendimiento y la lógica, más allá del juicio, la razón y la cordura, una sentencia que se dicta, se acata y se ejecuta más allá del bien y del mal, y al que no somos del todo ajenos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ese ir siempre hacia adelante, hacia más, ese conservar y alimentar. De multiplicar. De alimentarse, conservarse y duplicarse uno mismo, o lo que más se le parezca. Narciso inclinado y su reflejo son dos arcos que cierran un anillo. Una partícula de pólen que fluctúa en una flor, ese es nuestro Universo, piensa B, ahora con miedo. La saltapiñuelas metía la cabeza y la mitad del cuerpo en la oscurana del nido. Los polluelos piaban de júbilo. Ese alimentar a unos polluelos que en unos meses (quizá cuando acabe el invierno) alimentarán a unos polluelos que en unos meses alimentaran a unos polluelos... y así. La diferencia la hace la conciencia. Sobre todo la maldita conciencia (¿ilusión?) de individualidad. La saltapiñuelas no tiene conciencia de nada de esto y alimenta a sus polluelos como quien se alimenta a sí mismo. Entonces B creyó ver claramente que la saltapiñuela en realidad era una mano y que ese nido no era un nido, sino una boca. Una mano que llevaba comida a su boca. Una mano que echa a andar la rueda del trapiche, que realmente nunca ha parado de girar (es una rueda en eterna bajada). Y la mano, es decir, la saltapiñuelas lo ignora, aunque actúe como si entendiera perfectamente lo que hace, con la seguridad de un engrane que tiene total conciencia de la función que desempeña en una máquina descomunal, lo ignora por completo y quizá, piensa B más tranquilo, ahí resida todo el misterio. Yo, de algún modo, lo percibo, y me queda la maldita cruz de no poder escrutar el rostro de la máquina o del animal del cual somo órganos, bacterias o víruses, mucho menos comprender nuestra real y específica necesidad, B se sentía menos mareado. No sabía si pensaba o hablaba. Un ciclo sencillísimo y sin novedad que se asemeja a una bóveda de espejos cóncavos e iridiscentes (y esto hasta B lo ignora) que se ajusta sobre todas las cosas como un anillo. Conoceré como soy conocido, recuerda B, y sus palabras (o pensamientos) retumban como un eco que se queda suspendido y que al rato empieza a vibrar y aletear.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Finalmente B se paró frente al nido, escuchó el chillido de los polluelos salir desde su interior, como chorreando sombras, y trató de calcular cuántos eran. Se los imaginó ateridos de oscuridad, seguramente de frío, trémulos, piando por alimento, rogando, exigiendo a la saltapiñuelas que observaba la escena moviendo su cabeza y sus ojitos redondos de un lado a otro desde lo alto del arbol de aguacate. B se puso de puntillas y alcanzó la rama que sostenía el nido, la arqueó un poco hacia abajo. En el acto saltaron desde la profundidad de aquel útero artificioso de sombras y paja, como tres pequeños resortes que se activan con el menor movimiento, las cabecitas y los cuellos calvos, cubiertos por un pellejo flojo y rosado, y surcado por varias venitas azules, de tres polluelos que desplegaban sus picos como rombos húmedos. B alcanzó a ver el fondo del gaznate de uno de los polluelos. Regresó la rama a su posición original y se quedó con la impresión de haber visto un atardecer morado y magenta de playa del Pacífico. Los polluelos dejaron de piar y se volvieron a acurrucar entre las sombras. Volvió a curvar la rama. Los polluelos reaparecieron sin asombro, como cualquier resorte. B repitió un par de veces la operación y se quedó perplejo. Se activan con el movimiento. No tienen la más mínima memoria. Entonces B recordó unas plantitas que crecían entre el monte, al ras del suelo, a la que la gente le llamaba dormilona y que B no miraba desde que era un niño. Luego pensó en flores de carne, en flores caníbales y sanguinolentas que parecían dormidas, pero que en realidad acechaban a la presa. Quería hacerse una idea más clara de los polluelos, entonces inclinó por última vez el nido y se asomó, con los ojos bien abiertos, a la oscuridad en la que chapoteaban los polluelos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Entonces se desencadenó algo confuso. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Un estrépito como de terremoto creció desde el nido, como si las sombras hirviesen y estuviesen a punto de derramarse. Un enjambre de aleteos y chillidos le hizo coro. Entonces el nido se abrió, estalló como una flor. De su interior empezó a salir un sinnumero de polluelos muertos, color carne, que se estrellaban en las orejas, los labios y la frente de B. El nido se abrió como una fosa nasal, comprendió aterrado y asombrado de no haberlo notado antes. Todo se deshízo como una bofetada de membrana. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; B se despertó de un salto.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; La luz de la tarde entraba en haces por la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; B prendió un cigarrillo y se quedó fumando, atento al chillido incesante y habitual de los murciélagos que vivían en su cielo raso. En eso estaba cuando el aletazo de uno, como el recuerdo vívido de algo que no había vivido, le rozó la mejía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-7730586764431965115?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/7730586764431965115/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2011/06/saltapinuelas.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/7730586764431965115'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/7730586764431965115'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2011/06/saltapinuelas.html' title='SALTAPIÑUELAS'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-7330899183293015939</id><published>2011-06-22T12:59:00.000-07:00</published><updated>2011-06-22T13:01:17.269-07:00</updated><title type='text'>APUNTES AUTOBIOGRÁFICOS</title><content type='html'>&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;por Adolfo Báez Bone&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; ¿Se puede hacer responsable a una persona por haber creído en otra, adjudicándole valores que no poseyó nunca y reconociéndole méritos que nunca soñó si quiera tener? No, no es más que una víctima el que tal cosa creyó de su héroe, héroe de barro que se rompió al primer choque con la realidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Yo no era muy joven cuando conocí a Anastasio Somoza, pero mi vida se había desarrollado en un ambiente de tiranía tan completa que no concebía otra forma de vida política diferente a la que se llevaba entonces en lo que considero mi segunda Patria, Guatemala. Cuando vine a Nicaragua, por el año de 1942, y pude apreciar lo que entonces creí que era una completa Libertad, debo decir con franqueza que me deslumbré. Vi al presidente, le hablé, me di cuenta que no era un semi Dios, pues más o menos ese era el concepto que yo tenía de ellos, sino que un hombre como cualquier otro, y sobre todo cuando vi la confianza que le daba a cualquier persona. La forma como trataba a todo el mundo... Pensé que Somoza era lo que se podía llamar un verdadero presidente, querido por su pueblo. A mis parientes, que en su mayoría me hablaban mal de él, los creía yo una serie de amargados y envidiosos, y mi mayor argumento para defender a éste hombre que me había ya robado toda mi admiración, era decirle que ellos no sabían lo que eran los verdaderos tiranos y los verdaderos zánganos y lo conculcadores de las libertades. Somoza, les decía, no tiene término de comparación con Ubico. Si ustedes vivieran siquiera un día bajo la férula de éste, no hablarían con la libertad que lo hacen de Somoza, y le darían gracias a dios de ser nicaragüenses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; No pasarían muchos años para que me tuviera que arrepentir de los conceptos que había vertido sobre lo que yo creía de todo corazón era lo mejor de lo mejor en asunto de presidente de un país. Mi escaso conocimiento de la vida, porque si bien es cierto que desde muy pequeño me había tenido que enfrentar con ésta en el orden económico, jamás pensé que las miserias que pasaba en compañía de mi familia, y el hambre que tuve que soportar los días que no comíamos porque no tenía mi pobre madre para darnos ni siquiera un mendrugo de pan, nunca imaginé que fuera culpa de nuestro gobernante, sino que pensé que se debía a factores completamente ajenos a su voluntad. No podía comprender, porque nunca nadie lo dijo de manera que yo lo oyera, que los sueldos de hambre que se le pagaban a los pobres trabajadores fueran el resorte de nuestro soberbio presidente; jamás oí que nadie responsabilizara a ningún funcionario público por los centenares de presos políticos que habían en la penitenciaría; en fin, siempre creí que el presidente que teníamos en Guatemala era una cosa más o menos providencial. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Sólo una vez me recuerdo perfectamente, porque dejó en mi mente un recuerdo imborrable, oí de labios de un profesor una especie de protesta a las oleadas de servilismo que se lanzaban a Ubico. Estaba yo  gozando de una beca que me había "regalado" el que ahora rige los destinos de Guatemala, y que entonces era Oficial Mayor de la Secretaría de Educación Pública, Dr. Juan José Arévalo. Dichas becas, en su gran mayoría, como pude darme cuenta, no se daban a muchachos con verdadera vocación para dedicarse al "obrerismo", sino que, como en mi caso, las conseguían nuestras madres para mitigar su situación harto precaria; era la forma de garantizarle a los hijos unos tres años de buena comida y techo seguro. Pues bien, entré a esa escuela con toda clase de ideas, menos con la de hacerme un obrero. Sin embargo, pronto me apliqué y fui el mejor alumno de mi clase en los cursos que no eran manuales sino "académicos". El profesorado que teníamos, a fuer de decir verdad, de lo mejor que se podía tener en cualquier Instituto. Entre otros, recuerdo al bachiller Rafael Iriarte, al ítem Manuel María Ávila. A un jovencito con cara de mujercita de alquiler de apellido Godoy. A don Julio González. Al ahora Dr. Alberto González. Al Loro Valladares. A don Agustín Iriarte y al ahora Ingeniero Luis Angel Rodas, persona que siempre me demostró un aprecio especial. Un estudiante de Ingeniería que nos daba la clase de Física y el cual fue víctima de mis veleidades, pero que me apreciaba porque era su mejor estudiante. Y otros, que no recuerdo por sus nombres. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Pues bien, recuerdo que era para la celebración del cumpleaños de Ubico que el director, don Teofilo Jiménez y Noguera, había hecho un acto en el cual tenían que decir discursos algunos de los profesores. En esta ocasión se había nombrado a don Rafael Iriarte y a don Manuel Ávila para pronunciar discursos a Ubico. El discurso de don Rafael, a quien considerábamos un magnífico orador, fue el del tipo llamado "camaleonico". Ensalzó a Ubico, pero sin mucho servilismo. Luego vino la improvisada tribuna del pequeñín don Manuel Ávila, que era profesor de dibujo. Cuál no sería nuestra sorpresa, y sobre todo la del director, cuando don Manuel dijo que no era bueno eso de hacer apologías de los hombres que estaban vivos, y sobre todo mandando, que era la Historia la llamada a juzgar los actos del General Ubico y era ésta la que diría si había procedido bien o mal en su administración. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Las caras que tenían los inspectores, entre los que recuerdo a un tal Pacheco, especie de sádico orador oficialista, y sobre todo la cara del director, que no sabía que hacer, máxime que los alumnos habíamos aplaudido con mucho ardor al profesor Ávila, eran de total estupefacción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El acto terminó, y según supimos después, encarcelaron a don Manuel, pero lo sacaron pronto. Ese día me fui con otros compañeros a buscar su casa para preguntar si había pasado algo, pero no dimos con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Pronto salí de esa Escuela que me alimentó por tres años y me tuve que volver a enfrentar a la vida, con un poco más de bagaje, sí, pero que yo no sabía cómo emplear. &lt;br /&gt; II&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Me fui a Tiquisate. La compañía United Fruit tenía plantaciones en el departamento de Escuintla. Era un verdadero infierno. Las enfermedades tropicales hacían presa de casi todos los que se lanzaban a la aventura en busca de mejores salarios a cambio de su salud. Había "enganchadores" que pagaban veinticinco centavos y el pasaje para los que querían ir. Era tipos que le pintaban a uno el lugar como "El Dorado" donde el dinero se hacía en unos pocos días, y donde los placeres abundaban y etcétera. Yo no podía escoger. Necesitaba trabajar y sobre todo buscar nuevos horizontes. Me pareció que la solución era Tiquisate, y para allá encaminé mis pasos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El viaje fue en un tren de bananos inmundo, hacinado con un ejército de ilusos que, como yo, creía que iba a jauja. Después de un día de camino llegamos a Río Bravo, lugar donde principia la línea particular de la frutera. Fuimos transportados en unas plataformas, peor que ganado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ahí fue donde verdaderamente me di cuenta de la vida de los peones de esas compañías es terrible. Y sobre todo ahora, que hago recuerdos con las nuevas experiencias que poseo, me explico la enorme responsabilidad que tiene en nuestras formas de gobierno el Estado como cuidador de sus ciudadanos. Es más responsable el Estado que las propias compañías del trato inhumano que se le da a los trabajadores en esos lugares donde ellas son la Ley, gracias a quién sabe qué juegos deshonestos con los representantes de los gobiernos. Los salarios son ínfimos, si se tiene en cuenta lo insalubre del lugar y lo fuerte del trabajo. El trabajador no tiene casi ninguna garantía respecto a su seguridad como tal, pues la compañía lo puede despedir cuando se le antoje y por las causas que desee argüir; si se lisia en el trabajo casi es potestativo de la compañía el darle un trabajo para que pueda seguir comiendo. La cantidad de ingenieros extranjeros es enorme, cosa inaudita desde el momento que hay ingenieros competentes de nacionalidad guatemalteca, pero es el caso que los primeros acaparan los mejores puestos, y a los segundos les dejan los que son más duros y peor remunerados. Ahí en Tiquisate aprendí a comprender que los órganos de represión del Estado son usados únicamente contra los nacionales, y que los extranjeros que de cualquier manera transgreden las leyes del país son tratados con unas consideraciones tales que rayan en el servilismo más abyecto. Los americanos en esos lugares pueden escandalizar a la hora que se les antoje, golpear a quien deseen y hacer cuanto desmán se les plazca, infringiendo las leyes de la policía. No hay autoridad para ellos, solo para los pobres guatemaltecos. Y esto no es porque los extranjeros de dichas compañías lo soliciten de manera enfática. No. Estoy seguro que si la ley se aplicara parejo no habría reclamo de su parte. Pero es que en las autoridades este servilismo es innato; basta con un pequeño obsequio de los magnates de las compañías para convertirlos en sus incondicionales servidores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Pasé en ese lugar haciendo todos los oficios que un hombre puede hacer, más o menos dos años. Mi hermano, que había logrado llegar a ocupar una buena posición en la compañía, pues había llegado a mi sombra, hizo posible que yo me pudiera largar a la capital en busca de mejores horizontes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; En esos días se abría la Escuela de Radiotelegrafía. Vi el plan de estudios y me entusiasmó de manera que puse mi solicitud y después de rendir el examen de oposición tuve la suerte de ingresar como alumno. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; No fue propiamente la carrera de radiotelegrafista lo que me entusiasmó, sino el paso que mi concepto daba hacia adelante; era nueva oportunidad la que se abría para hacer acopio de conocimientos que podrían servirme en la lucha por la vida y en mi afán por mejorar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Era por el año de 1941, ese año me reputé en la escuela como el mejor alumno de mi año y fui acreedor a varios premios como tal. Fue entonces cuando se me vino a la cabeza la idea de escribirle  al Jefe del Estado nicaragüense en demanda de auxilio. Creía yo que el Estado estaba en la obligación de ayudarme como nicaragüense que era, sobre todo porque creía que mis esfuerzos debían ser tomados en cuenta. En mi puerilidad había un si-es-no-es de egoísmo y engreimiento; imaginaba que el auxilio vendría pronto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Me me contestaron de Nicaragua diciendo que no se me podía dar la ayuda que pedía para terminar mis estudios, pero que si me iba a Nicaragua me brindarían las facilidades para poder culminar mis aspiraciones de mejora. Era ministro en Guatemala  el Dr. Néstor Portocarrero, casado con una hermana de la presidenta, una pareja de diplomáticos que le dieron lustre a la Patria con su don de gentes y su tacto de diplomáticos. Decidí, pues, repatriarme y lanzarme a esta nueva aventura, que me entusiasmaba porque me daba la oportunidad de conocer no sólo mi Patria, sino, sobre todo, a mi familia, inclusive a mi padre. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Así es que un día tomé el bus para El Salvador, y luego el tren para La Unión, y una goleta para la travesía del Golfo, hasta arribar a Puerto Morazán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Al tocar tierra nica sentí una emoción enorme. Las lágrimas se agolparon en mis ojos y me sentí el hombre más feliz de la Tierra. Estaba en mi tierra, la tierra que abandoné cuando tenía dos años de edad y que había amado con la fuerza que da la imaginación, la cual había sustituido al conocimiento efectivo de ella. Me embriagué de aire de Nicaragua y vi ese infeliz puerto, que no contaba siquiera con una aduana decente, como un paraíso. La belleza de que carecía yo se la puse multiplicada, y me fui a vagar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Yo había conocido muchos nicas en Guatemala, pero nunca me había dado cuenta que había diferencias en nuestros hablados, o mejor dicho, en las acepciones de algunas palabras. Recuerdo que estaba de paseo ahí un señor de Chinandega o de León, que andaba con unas muchachas bonitas. Pues bien, yo conocí a una de ellas, por cierto a la mejor, y hablando de muchas cosas llegamos a simpatizar bastante, de manera que salimos a conocer el "pueblo": cuatro ranchos a la orilla del estero. Le pregunté que a qué hora se iba y me dijo que "en la nochecita". Yo le pregunté si no tenía miedo y ella me señaló de forma expresiva su revólver, porque mi querida amiga llevaba un 38 pendiente de la cintura. No pude contenerme, y creyendo que la lisonjeaba le dije "usted es arrecha". Inmediatamente volvió la vista hacia mí y vi en su cara el susto y un principio de enojo que se le diluyó al contemplar que yo no me mosqueaba siquiera. Me preguntó si yo sabía lo que quería decir "eso". Le pregunté qué era "eso", y entonces ella se dio cuenta que yo ni siquiera sabía a qué aludía. Se rió a carcajadas y me dijo que no le dijera a ninguna dama la palabra "arrecho", que era de pésimo significado. Ella se fue con las personas que había llegado y yo tomé el tren que debía llevarme a Managua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Llegué a la capital y ahí me di cuenta que existía una beca para la Escuela Politécnica de Guatemala, la cual no habían usado no sé por qué razón. Hablé con José Benito Ramírez, quien era el secretario de la Presidencia. Me dijo que el General Somoza iba en esos días para la Costa Atlántica y que era una buena oportunidad para que le hablara a su paso por Chontales, donde tenía planeado ir a ver a mi padre, a quien tenía deseos de conocer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Hice el viaje a Chontales en un camión de un medio pariente mío llamado Octavio Hernández Lacayo, también llamado Chocoyo. Llegamos a Juigalpa, lugar de mi nacimiento, después de caminar como por doce horas. La distancia recorrida era de unos ciento treinta kilómetros por una abra a la que todo el mundo llamaba pomposamente "carretera". &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; No podría pintar el entusiasmo que me embargaba por la idea de conocer a mi padre y el lugar donde había nacido. Fui recibido por una pariente y me hospedé en su casa. Al día siguiente le mandaron a avisar a mi papá que había llegado y él llegó como a las siete de la mañana. Francamente no me imaginaba que tuviera un padre tan ...bueno. Tan buen mozo. No aparentaba su edad y, francamente, parecía mi hermano. Me llevó a recorrer el pueblo y a presentarme a la parentela que era casi todo el pueblo. Luego nos dirigimos a "Las Limas", tal era el nombre de la finca donde vivía mi padre y mis abuelos. Nos estábamos preparando para el viaje cuando llegó mi abuelito, el cual no esperó que yo llegara sino que había llegado al pueblo para conocer al nieto más querido. Lloró y me dijo que ahora ya se podía morir tranquilo, pues ya me había vuelto a ver. Mi abuelo y mi abuela habían peleado como tigres para evitar que yo pudiera irme con mi madre a Guatemala, era el nieto primero y el que había vivido con ellos todo el tiempo de mi vida en Nicaragua; por esa razón ellos decía que me querían más que a los otros. No llevaba la idea de discutir los motivos de la separación de mis padres, la que tenía entendido había sido por causa de mi abuela, y aunque lo hubiera querido no lo hubiera podido hacer, pues había un no se qué que me impedía responsabilizarlos por el desastre de nuestras vida en Guatemala. Además siempre había tenido, desde muy pequeñín, una especie de veneración por la familia de mi padre, seguramente por la falta de padre y porque en mi casa había habido otros hombres a los cuales siempre odié y por los cuales en ninguna época sentí lo más pequeño, es decir, nunca nadie ocupó en mi corazón el lugar de mi padre, aunque ni lo conocía. Ahora me pongo a pensar que ya en mi ser había germinado el amor que durante dos años me habían prodigado mi padre y mis abuelos. En mi subconsciente sólo había desprecio para todos los que ocupaban el lugar de mi padre. Sentí que mi vida había sido una tragedia, y ahora que conocía de nuevo a mi verdadera familia me daba cuenta que había sido justo en mis apreciaciones al creer que ninguno de los que habían querido usurpar el puesto de mi padre en como él. Ninguno de ellos se podía comparar con éste hombre que en mi concepto era lo mejor que como tal se podía pedir. Todas mis penas hogareñas se me venían a la mente: los sufrimientos por causa de ellos, las palizas que recibí cuando durante las noches me negaba a acostarme porque en mi cuarto, yo lo consideraba mío, había un hombre que no era el que me había dado el ser. Yo no podía comprender los problemas que mi pobre madre enfrentaba para alimentarnos... y no los quería entender, máxime que, a pesar de esas usurpaciones, siempre pasábamos hambre y privaciones de toda clase. Indudablemente era un concepto incipiente de dignidad el que me embargaba y las protestas eran huelgas de hambre y de sueño: me salía a la calle y ahí pasaba la noche. Fueron muchas las que así pasé, pero nunca claudiqué, siempre odiándolos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ahora me sentía feliz de poder decirle a un hombre papá. Cuando se lo dije por primera vez yo creo que me ruboricé, más sentía un deleite enorme al hacerlo. Mi abuela escapó de volverse loca cuando la tomé en mis brazos y la besé. Me besaba y me veía con su único ojo, porque el otro se lo habían sacado. Me monopolizó todo el tiempo que estuve en "Las Limas". &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Fue ahí en Juigalpa donde conocí a Somoza y fui presa del embrujo de su personalidad. Me ofreció ayudarme a estudiar y me dijo que lo viera a su regreso a Managua. Ya habíamos quedado que lo que yo deseaba era ir a la Politécnica. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Los días se deslizaron con asombrosa rapidez y pronto tuve que salir de Juigalpa para ir a Managua; aquí principiaron para mí las dificultades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Vi alguna hostilidad de parte algunas personas, pero sin saber la razón. Hablé con el secretario del Presidente para mi beca. Me preguntó si yo era bachiller, pues me dijo que no querían que conmigo pasara lo que estaba resultando con Baltodano, un cadete nica que estaba en Guatemala y que era pésimo estudiante. Me vi ante la necesidad mentirle y para mi suerte no me exigió que le presentara mi título. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Uno de los días que llegue a ver a este personaje para terminar los arreglos y conseguir la orden de viaje me preguntó de manera insinuante que cuál era mi credo político. Me puso en un grave aprieto, porque efectivamente yo no tenía ninguno. Como toda mi vida se había desenvuelto en Guatemala, donde nunca oí hablar de partidos, sino únicamente de personas, no atinaba a contestarle. Él me dijo que me preguntaba eso porque yo debía comprender que el Partido Liberal, que era el que mandaba, estaba en la obligación de ayudar primero a los correligionarios y luego al resto de los nicaragüenses, y que como mi familia era conservadora, el señor presidente quería saber a qué partido pertenecía yo. Le contesté que básicamente no tenía ningún partido, pero que en la familia de mi madre todos los Bone eran liberales y que el debía saber que un tío abuelo mío había muerto por el Partido en Cosigüina. Eso fue suficiente y satisfizo al secretario, porque me dio la orden para que me presentara a Relaciones Exteriores a sacar mi pasaporte. En esa dependencia fui atendido por el subsecretario que había sido ministro en Guatemala y el cual me tenía bastante aprecio que siempre me demostró ayudándome en todo lo que podía. precio que siempre me demostró ayudándome en todo lo que podía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-7330899183293015939?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/7330899183293015939/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2011/06/apuntes-autobiograficos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/7330899183293015939'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/7330899183293015939'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2011/06/apuntes-autobiograficos.html' title='APUNTES AUTOBIOGRÁFICOS'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-3446581207503357030</id><published>2009-09-28T12:23:00.002-07:00</published><updated>2009-09-28T12:25:58.258-07:00</updated><title type='text'>Julio 1:9</title><content type='html'>Varias punzadas (que le batían el plexo como lombrices nerviosas y que cuando se sentó en el sofá luego de insertar el DVD en el reproductor y de encender el televisor, se convirtieron en un vacío ancho y tibio un poco más a la derecha) lo hicieron sentir profundamente desdichado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El DVD empezó a correr. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; En la pantalla de menú seleccionó los comentarios en inglés. Adelantó las imágenes del Orange Bowl, del público, de los ricos y famosos que entraban con sus puros caros y con sus trajes elegantes y con mujeres bellísimas del brazo, de los comentaristas hablando sobre la pelea, sobre las posibilidades, de entrada inimaginables, de un combate entre tan grandes boxeadores; uno, un peleador sublíme que dilataba la belleza del deporte hasta lo desmesurado, una máquina exquisíta y letal; el otro, un tornado de inminente aniquilación, decían a toda velocidad y sin volumen. Ellos dos saliendo por el pasillo y subiendo al ring.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Presionó play siete segundos antes que la campana sonara y dejó correr el primer round.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Poco antes que el round acabara adelantó la pelea hasta el trece y lo dejó correr; cuando empezó el catorce se tomó de un trago lo que le quedaba de Gran Reserva en el vaso y, mientras se acomodaba los anteojos de marco rectangular sobre la nariz, inclinó su cuerpo un poco hacia adelante, como para ver mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Una, dos izquierdas. Solamente está midiendo. Todavía podría ser cualquiera de los dos, &lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Él trataba de mantener la calma pues presión o disgustos era lo que, en ese momento, menos necesitaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Su mente y su mirada, que vagabundeaba por los pliegos de Plycem del cielo raso, regresaron a la figura de los dos peleadores en la pantalla: uno, dos, tres... La defensa del tricampeón sucumbía mientras Pryor inauguraba su obra maestra. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; De su mente desapareció, por un segundo, el brillo rectangular de la pantalla y fue sustituido por un círculo profundo, un brillo que se movía al fondo. Brillo y reflejo de oscuridad. Un anillo, pensaba Alexis, no un ring. Bueno, sí, allá en Miami sí. A ring. A bowl... the Orange Bowl. Nicaragua is kind of orange. Are you ok? I love your father!, recordó y se dijo: sí que soy un caballero. Yo amo a mi padre. The most valuable thing you have, Mancini.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Cuatro, cinco, seis... siete, pasó por arriba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Lo único valioso que tengo, pensó ante la gran pantalla de cristal líquido... soy lo único valioso que él tiene tambien. Destrozada, como una lluvia de adoquines. No hay defensa. Ya no puede ser cualquiera de los dos. Es bueno, de verdad que es un hombre, se decía Alexis en la sala iluminada por la luz oscilante del televisor. Not like that kid Mancini, me dijo aquella vez. Este caballero sí sabía lo que decía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Aunque, la verdad es que yo tambien vine de la calle. Eso sí no me gustó eso que me lo dijera, que él nació en la calle, sin zapatos. Same thing happened to me. Pero si yo tenía zapatos era por mi padre, por Cebollón. Él los hacía. Pero claro, nunca los mejores, lo más barato para la familia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; En la pantalla, Pryor lo mandaba hacia las cuerdas y Alexis bajaba la mirada, tal vez porque se quería ver destrozado, como hace mucho no lo hacía, o quizá recordó los zapatos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Algo así como que el sexto golpe de los veintitantos fue lo que lo hizo retroceder hasta las cuerdas. Su zapatos, y él los vio, trastabillaron torpemente desde el centro hasta el borde del cuadrilátero, como dos palomas heridas a las que uno ya tiene rodeadas y está a punto de cazar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Nunca los mejores para la familia. Yo no soy así. Lo mejor, siempre, para mis hijos, para todos en realidad. Era diferente; mi papa nunca tuvo la misma suerte. Tendría yo ¿qué? ¿seis años? Yo lo miraba entre lágrimas. No comprendía, entonces él era tan fuerte. No se rindió. Claro, después comprendí que era el Cebollón que todos conocimos. Pero en ese momento me quedó la impresión. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Cuando rebotó sobre las cuerdas, los ojos se le cerraron por un segundo que comprendía una gran área blanca, o lechosa, un segundo que no era tiempo ni espacio, un segundo que era nada, y por tanto,era eterno. La última imágen era la de aquel negro, de piedra, una verdadera ave de caza destrozándolo sin piedad. Por reflejo, levantó inútilmente la defensa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ya ni los contaba...¿Diescisiete, quince, veinte?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Se imaginó lo que su padre pudo haber visto desde aquel pozo. No sabía por qué. No pensaba en otra cosa. Nada, negrura líquida revolviéndose en la oscuridad. Pero él no sabía esto, o no podía estar seguro. Tal vez solamente pensaba en el círculo de luz, de tarde lechosa que solo podría ver desde dentro. Tal vez él era un optimista. Claro, saltar a las tinieblas para alcanzar la luz. Pero sin la luz las tinieblas no existirían, o lo serían todo, entonces no existirían. Una interesante relación, justo ahí. Alto ¿Estoy muriendo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Pryor lo destruía, Alexis hace rato había perdido la conciencia. No, pero no moría. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; No hay mejor lugar para morir. A ver, ¿cuál hubiese sido su última visión? Un tunel muy oscuro con una luz al final, y su cuerpo muriendo entre algo líquido. Agua, lodo, mierda. ¿No es eso la muerte? Momento...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Echó una larga y oscura mirada a la habitación. No miraba la habitación. Miraba su vida, en un segundo, todos los hechos superpuestos y alternandose. Ya al final, la campaña, los del partido, la gente de los barrios. Campeón, lo llamaban otra vez. Él realmente le quería regresar algo a esa gente, los recibía todos los días en su oficina. Esta es mi última gloria. Lo tenía en el cuarto round, pero necesitaba aprender esa lección...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Y ese túnel negro, húmedo y lleno de mierda en el que se reconocía no lo tomaba por sorpresa. Simplemente recordó que la macana y las palas con las que lo había cavado las había dejado colgadas en HODERA, y recordó la zanja. ¿Divertido, no? Esta zanja fue donada por el campeón Alexis Arguello. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Sobre la caja del DVD se desmoronaba el último cerrito de coca. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Levantó la caja y se la puso sobre las rodillas. 23 golpes y Alexis estaba en el suelo. Clase pelea, pensó. Presionó el botón de menú, y puso los comentarios en español. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; La campana volvía a anunciar el primer round. &lt;br /&gt; Con el filo de su cédula arrastró el cerrito de coca y aró tres surcos blancos, el título del DVD quedó descubierto: Arguello vs. Pryor. 1982, The Orange Bowl, Miami.&lt;br /&gt; Sí, mi padre quiso morir ahí, en un bowl, en un ring... en un pozo, pues. &lt;br /&gt; No, él no hablaba inglés. &lt;br /&gt; Realmente quería morir. Realmente no sabía si había agua o no al fondo del pozo. Probablemente solo había escuchado que la gente así se mataba. Todos oímos el agua revolverse de repente. No me pareció increible. En realidad el hombre se sentía solo. Agobiado de tantas responsabilidades. Digo, ocho hijos en esa situación, no es cualquiera. Tenía derecho a echarse sus tragos con sus amigos. Ocho hijos. Alexis levantó su mano izquierda y la puso ante su rostro. Vio la cicatriz. Vio a sus siete hermanos sentados a la mesa. Vio su propia mano izquierda tratando de alcanzar un segundo trocito de carne e inmediatamente el brillo plateado del tenedor de su hermano  que se ensartaba en su mano y la traspasaba. &lt;br /&gt; Claro, por eso soy boxeador. Necesitaba ayudar con algo. Es lo más justo, yo soy un hombre. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; ¿Quería ser boxeador a los catorce? Tenía que, no había otra cosa que yo pudiera hacer para ayudarlos. Y cuando llamamos a los bomberos y seguía vivo. Puta, eso es derterminación. Ellos le tiran una silla amarrada a una cuerda, claro para sacarlo del pozo al que se acaba de tirar. Y lo pensó. Duró buen rato en decir “listo, trépenme”. Digo, estaba decididísimo. Soltó la cuerda de la silla, el nudo pudo darle problemas, por eso tardó, la verdad no creo que tuviese que pensarlo mucho. Pero bueno, fue genial, ¿no? Al hombre le tiran una soga con una silla, y el suelta el nudo solamente para volverlo a hacer alrededor de su cuello. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; “Bueno, trépenme”, gritó desde el fondo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Entonces, Alexís solo tenía seis años y esperaba ver a su padre emergiendo del pozo, tranquilamente sentado a la silla, como un rey de las cloacas. Un gran alivio luego de semejante horror. Pero no, su padre se había echado la cuerda al cuello y emergía empapado y como convulsionando, con la lengua de fuera y la cara morada. Pero aún vivía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; No porque el lo hubiese decidido, pensó el campeón. El era un hombre con determinación. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; ¿A mi alguien me ayudaría si sobrevivo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Aaron Pryor destrozaba a Alexis una vez más en la pantalla de cristal líquido. La figura de Alexis, recortada por la pantalla, se levantó de repente y presionó una mano contra el pecho. Con la otra apagó el televisor. Una brutal taquicardia lo asaltó de pronto, algo relacionado a su problema cardíaco, a la reciente recaída, mucho bacanal y muchos vergazos no van bien. Pero no. Sentía en su corazón algo como un pozo oscuro que latía desbordante de oscuridad e infestado por toda clase de alimañas. Un pozo que había sido llenado con mierda y lodo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Pero en un pozo común y corriente, sin luz, a lo sumo, uno puede oler esto o sentir el roce de aquello, pero no, en ese pozo aún brillaba la luz inmaculada de un campeón, de un artista puro. Y gracias a esa luz Alexis no solo intuía a las cucarachas y los gusanos batiéndose entre el lodo y la mierda, sino que los miraba. Miraba como se arrastraban y lo rodeaban. Los miraba cubriendo las paredes y desmoronándose desde ellas. Los miraba lamiendo a sus hijos, a su gente, a su país. Los miraba por todos lados y ya la taquicardia era insoportable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Caminó un rato por la casa, sin rumbo. Bajó a la cocina y se sirvió un vaso con agua. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Desde la ventana se podía ver una franja larga de cielo, una que parecía emerger de las enredaderas y de las espinas que cubrían el muro. Una larga franja de cielo morado, atravesada por un par de cables de electricidad y por unas pocas nubes breves y horizontales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Vio su rostro formarse en el círculo de agua cristalina que se movía dentro del vaso donde también vio varios destellos que lo rodeaban y que eran como diminutos reflectores y flashes de cámaras. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Cuando agarró el vaso y se destrozó el reflejo, mientras el agua le bajaba por la garganta y le caía pesada y fría en el estómago vació, Alexis fue inundado por una paz larga, blanca y lechosa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; No era una luz, si no algo que penetraba más que una luz. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Era una paz momentánea y necesariamente pasajera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Soy un campeón, se dijo, a pesar de Pryor, sigo siendo un campeón, a pesar de cualquier cosa, yo soy un campeón y eso nadie me lo quita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Una paz infinita, pero necesariamente pasajera, que estuvo ahí por un par de horas, hasta que la madrugada empezó a desvanecerse para ceder ante una luz débil y tierna que más tarde sería luz fuerte y unánime en un día caluroso, quizá con una lluvia momentánea que rápidamente se evaporaría desde las calles de Managua; fue una paz que por un rato le quitó la taquicardia, hasta que un balazo le quitó esa paz y todo fue, ahora sí, blanco y luminoso.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-3446581207503357030?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/3446581207503357030/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/09/julio-19.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/3446581207503357030'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/3446581207503357030'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/09/julio-19.html' title='Julio 1:9'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-2636032221144388553</id><published>2009-09-04T12:04:00.003-07:00</published><updated>2009-09-04T13:15:15.455-07:00</updated><title type='text'>4454</title><content type='html'>&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;4.4.54&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;–A pesar de todo, me venís a ver aquí…, dijo la voz, que se estremecía desde una esquina del cuarto, seca y ardiente, como un campo de algodón a medio día.&lt;br /&gt;El grave silencio que mantenía el otro se diluyó de golpe:&lt;br /&gt;– ¡Tráiganle agua, por lo menos!, ordenó a un guardia, desgarrándose un nudo que le apretaba la garganta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;…sombrío jadeo espectral; pasta trémula y reseca, &lt;br /&gt;   olvidada hace tiempo sobre el armario.&lt;br /&gt;…al fondo del río y&lt;br /&gt; en danza circular&lt;br /&gt;peces mordiscones &lt;br /&gt;traen a flote &lt;br /&gt;un brazo dinamitado:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;&lt;br /&gt; d&lt;br /&gt;    a&lt;br /&gt; n&lt;br /&gt;   z&lt;br /&gt; a &lt;br /&gt;    v&lt;br /&gt; a&lt;br /&gt;    n&lt;br /&gt; z&lt;br /&gt;    a    retroceden y &lt;br /&gt;    avanzan. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                       F         &lt;br /&gt;                 o  &lt;br /&gt;                     r  &lt;br /&gt;        m&lt;br /&gt;      de rostro deshecha &lt;br /&gt;          en la oscuridad del tiempo. &lt;br /&gt;           n      ¡ignorado patriarca!&lt;br /&gt;                          i&lt;br /&gt;                           g                    Forma de rostro &lt;br /&gt;                            m                          diluida:&lt;br /&gt;                             a                     gruesa resina&lt;br /&gt;                              t              chorreando &lt;br /&gt;                               e                ramas abajo&lt;br /&gt;                                                     en el árbol &lt;br /&gt;                                                     de frutos constelados… &lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;–Sos mi amigo, Luis, reanudó la voz, raspando la oscuridad del cuarto. Aquella vez me abrazaste delante de toda esa gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Sí, soy tu amigo, Adolfo; soy tu amigo, y aquí estoy, en el preludio de tu muerte, a pesar de todo; soy tu amigo, y no me juzgués. No todos somos héroes. &lt;br /&gt;–¡Já!, “Héroes” –exclamó mí voz—.Vos sos, más bien, de esa terquedad que forja héroes: terquedad de piedra de río y de pira fúnebre.&lt;br /&gt;Ya llegamos, &lt;br /&gt; en el camioncito &lt;br /&gt;   que revienta de algodón &lt;br /&gt;    sobre la carretera negriazul&lt;br /&gt;       acuosa bajo el sol…&lt;br /&gt;El preludio de tu muerte… e insistís que sea magistral: &lt;br /&gt;traje de noche, maculado de estrellas; batuta en mano y despachás un soplo de olas que danza alegre entre el pelo de Lilliam: pianíssimo;  &lt;br /&gt;tu figura de pie, elegante sobre la roca seca y vieja que corona el acantilado: el agua baja su nivel y la franja húmeda que la oscurece queda desnuda —mezzo piano—: 17 cangrejos cesan su danza mecánica, el sol se deshace sobre ellos. &lt;br /&gt;Sforzato: Batuta de glicerina y sangre en mano: forte: el brazo quemado se pierde en lo alto junto al escupitajo negro y espeso. Caen toscos, esquizofrénicos.&lt;br /&gt; Fortíssimo: vidrios rotos. En su trayectoria aérea dibujan una rosa de los vientos. El público exclama. Se encienden los reflectores y rompen los aplausos. &lt;br /&gt;Al ritmo de los brazos, olas de espumosa sangre ascienden y en lo alto se cruzan con pesados jirones de terciopelo negro; caen sobre el tablado donde tu figura, a la par de tu sombra, se desdibuja oscura: fortíssimo forte. &lt;br /&gt; El telón baja puntual y sin asombro, &lt;br /&gt;  seguro como un ocaso.&lt;br /&gt;       El público llora, grita &lt;br /&gt;       y aplaude eufórico, &lt;br /&gt;       las luces se encienden;&lt;br /&gt;         todos salen.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La puerta se abrió y el umbral desdobló un débil brillo que recortaba la figura de varios guardias que, en cuclillas, intercambiaban cigarrillos y un encendedor, mientras otros, de pie, comentaban con gran solemnidad acerca del ex teniente que tenían preso y torturado. La puerta se volvió a cerrar y los pensamientos se reanudaron dentro del cuartito oscuro, más apacibles.&lt;br /&gt;Aquella vez estabas flaquísimo, ya sabíamos que te acababan de sacar y yo te pensaba ir a visitar uno de esos días, con el pretexto de hablar asuntos de negocios; pero esa noche te encontré saliendo del cine y no hubo pretexto.&lt;br /&gt;El guardia que había entrado garabateó algo sobre una libreta; desde el patio interior del cuartel de Las Esquinas el sol desmayaba sus últimos y pálidos rayos. El ex teniente de la G. N. había sido capturado en los cafetales de la zona, junto a una columna insurrecta cuyo fin era ajusticiar al dictador, y estaba a punto de ser ejecutado.&lt;br /&gt;–Mis hijos…, le costaba decir a la voz que se marchitaba como un eco sin origen. Cuidalos. &lt;br /&gt;Un frasco de tintachina rojamagenta tornasol abresangre río abajo. Una pasta trémula de carne jadeante empuña la hoja de acero bañada de rocío que corta el caudal de la selva oscura, se abre paso veloz tronco abajo: tinieblas tan densas que podían palparse; sangra el tronco: muere padre, nace espíritu: desde las raíces crece una voz de trueno en densa nubenegra de infinitas hormigas: “Hacia la media noche yo atravesaré el país de Egipto”...mastica hijos.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;&lt;br /&gt;el zelote insomne&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los días y momentos previos a la captura, en Managua se desarrollaba una serie de episodios que fueron decisivos para el total fracaso de la operación. &lt;br /&gt;No hace mucho habían entrado a Nicaragua desde Costa Rica y todo iba saliendo mal; primero, porque el telegrama (en el que avisaban que la fiesta donde planeaban capturar a Somoza se había cancelado) llegó a Costa Rica cuando ellos ya habían salido. Luego, de los 150 hombres que se necesitaban para tomarse la Loma (tal era el segundo plan) solo estaba la mitad, porque en la reunión del día anterior, tras un altercado entre Emiliano Chamorro y Báez Bone, Chamorro decidió retirarse y no poner a los suyos. &lt;br /&gt;El desvelo, las pastillas y la tensión del operativo ya tenían loco a uno de los que permanecía en la capital, y al tercer día, mientras hacía posta, empezó a delirar con que lo perseguían. Se levantó alterado y tomó un vehículo. Una fuerte taquicardia y una obstinada paranoia lo hacían apretar el acelerador hasta el fondo. Al cabo de un rato, un jeep de la guardia lo paró. &lt;br /&gt;–¡No me torturen, por favor!, lloraba con acelerada respiración. Voy a contarles todo, se lo juro, les doy nombres, lugares, ¡todo!&lt;br /&gt;–A ver, ¡bájase!, ordenó uno de los guardias mientras lo jalaba de la camisa.&lt;br /&gt;–Está fundido este desgraciado, dijo el otro entre risas. &lt;br /&gt;–Va de viaje si, respondió el otro. &lt;br /&gt;Llegaron al cuartel, y entre sollozos lo sentaron esposado sobre un banquito de madera.&lt;br /&gt;–Dale perro, contá pues, vociferó uno de los guardias mientras le golpeaba la nuca.&lt;br /&gt;–Si señor, escúcheme si, que le juro que es la verdad, no me hagan nada… es grueso esto, dijo con repentino tono de complicidad. Están metidos un montón de ex guardias y gente de otros lados, balbuceaba entre jadeos. Varios presidentes les están dando plata y armas desde hace rato a los exiliados; entramos desde Costa Rica por el Lago, y de ahí llegamos cerca de Managua por el río Tipitapa, aquí nos ayudaron los del PLI y los Conservadores, y ya varios de adentro de la guardia están sublevados. Pero todo ha fracasado: la fiesta en el club se canceló, hay la mitad de hombres. Manuel Gómez, el que luchó contra Sandino está en esto también, el proponía armar una guerrilla y levantarse desde Las Segovias, pero al final se optó por tender una emboscada para capturar y matar a Somoza, en una curva de la carretera de las Sierras, porque hoy es domingo, y seguramente va a Montelimar, dijo como si pronunciase una sola palabra; ya más calmado agregó, pero los van a matar, ya todo está perdido…&lt;br /&gt;Los guardias lo miraban entre risas y asombro. &lt;br /&gt;–Este jodido esta arriba de los palos, dijo un guardia en tono de burla.&lt;br /&gt;–Debe ser, pero oí todo lo que sabe… mejor avisamos, respondió el otro.&lt;br /&gt;Levantaron el teléfono y se comunicaron con Somoza personalmente. &lt;br /&gt;–Debe ser algún loco, pero tortúrenlo por cualquier cosa, ordenó la voz desde el teléfono.&lt;br /&gt;–Que le demos dice el General. &lt;br /&gt;El trance de las pastillas lo mantuvo despierto y conciente durante todo el suplicio, luego perdió el conocimiento; rato después, se despertó amarrado a una silla metálica, hecho un bulto tembloroso y sangrante, con varias costillas y dientes rotos, una superficie de sangre y carne palpitante cubría el espacio desde donde las uñas fueron arrancadas. Repetía la misma historia, lo que convenció a los guardias y al propio Somoza. Se puso en alerta al ejército y rato después los aviones de la guardia cruzaban el cielo de Managua.&lt;br /&gt;la quinta palabra&lt;br /&gt;¿Tiene sentido esto?, me preguntan Ernesto y Pedro Joaquín. Una postal de un amigo que recién llega a Valhalla, y en lugar de contarme cómo le va, qué tal el clima en Asgard, si ha conocido gente nueva, se acuerdo de esto. Cómo no va a tener sentido. ¿Por qué no descansás, Adolfo? Me mandás notitas comprometedoras, buscando que me joda la guardia. &lt;br /&gt;Ya casi un año desde que habían asesinado a todos los del levantamiento. Algunos de los  sobrevivientes estaban en el exilio. Varios de los conspiradores, e incluso gente que nada tenía que ver, estaban presos o asilados. &lt;br /&gt;–Aja… ¿Y de dónde sacaron esa babosada?, preguntó Luis Pallais, disimulando su terror.&lt;br /&gt;–Pues la ouija1 que me diste, respondió Pedro Joaquín. Solo Báez Bone contesta, dijo sin bajar la mano que mostraba el papel en el que se leía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Luis amigo que me abrazó &lt;br /&gt;delante de mucha gente&lt;br /&gt;y me dio agua antes morir&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;la cacería&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No referiré muchos detalles en cuanto a la captura de la columna, solo diré que todo fue un fracaso, y acabaron bajándose del camioncito en el que iban en diferentes puntos de la carretera. La Guardia venía atrás y empezó la cacería humana. Como dije, no referiré mayores detalles a este baño de sangre, pasajes muy interesantes y de gran utilidad histórica (y a la vez contradictorios con mi versión) se encuentran en el libro de don Chuno Blandón, Entre Sandino y Fonseca. Edición corregida y aumentada, y en el del padre Ernesto Cardenal, Revolución Perdida. &lt;br /&gt;Solo diré que a Báez Bone lo capturaron vivo y fue conducido a los aposentos del propio Somoza para ser torturado. Iban a matarlo, eso ya estaba decidido.&lt;br /&gt;ecce homo &lt;br /&gt;In nominee Patris&lt;br /&gt;Et filii&lt;br /&gt;Et Spiritūs Sancti&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;         &lt;span style="font-weight:bold;"&gt;_____________  El Nuevo Diario_______Sábado, 4 de abril de 2009&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;PARRICIDA ESPERÓ A QUE TODOS DURMIERAN PARA COMETER CRÍMEN&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Camisa como silenciador para matar a hijo&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;*Padre cargó en sus brazos a Jacob de Jesús, su hijo de nueve años, para llevarlo de la cama al Sofá, donde le hizo un disparo en la cabeza. &lt;br /&gt;*Luego, volvió a llevar el cadáver a la cama, cubriéndolo con una sábana y lo hizo resucitar al tercer día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;David X. Pasos&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las luces del aeropuerto de Guatemala parpadeaban torpes y sin destinatario. Sobre las arterías de la capital las tropas yankees hacían sonar sus botas, mientras escoltaban al coronel que entraba triunfante tras haber invadido su propia patria; la orgía de sangre y muerte se inauguraba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;–…since you come from Galilee,&lt;br /&gt;then you need not come to me.&lt;br /&gt;You're Herod's race!&lt;br /&gt;You're Herod's case!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo pudo haber evitado si hubiese contado con buzones en el momento en el que el pueblo le pidió las armas para defender la democracia y la soberanía de la patria. Hubiese tenido al menos parte de esos buzones si su amigo Báez Bone y su columna hubiese triunfado en Nicaragua y enviado las armas que Somoza tenía en el aeropuerto Las Mercedes, y que, una vez recuperadas, serían destinadas a la lucha del pueblo guatemalteco. &lt;br /&gt;Desde la pequeña habitación del aeropuerto y a través de la ventana, aturdido por los flashes y las cámaras, el presidente derrocado clavó sus ojos valientes en el cieloceánico de alquitrán y estrellas, luego su mirada se distrajo con las alas de cera de la avioneta que lo esperaba: unos días en México; la solicitud de negación a la sangre en Suiza; el aislamiento en París y el acoso de la policía francesa; el asilo brindado por el bloque comunista: Checoslovaquia, dónde lo recibirán con recelo y desconfianza…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;–Talk to me Jesus Christ.&lt;br /&gt;You have been brought here&lt;br /&gt;Manacled, beaten by your own people.&lt;br /&gt;Do you have the first idea why you deserve it?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;De Praga a Moscú, y de ahí a China. Asilo en Uruguay, y la invitación de Fidel, en 1960, para que viviese la Revolución Cubana.&lt;br /&gt;–Por acá, dijo un militar. Suba los brazos, le ordenó mientras le desabrochaban la faja.&lt;br /&gt;El aeropuerto se infestó de una multitud de cíclopes sanguinarios que estallaba en carcajadas y fortísimos golpes de luz. Se burlaban e insultaban a aquel hombre destrozado, mientras era desnudado ante todos. Las cámaras lo acosaban desde todos los ángulos. En un brusco movimiento, sus pupilas engulleron los rostros de los que ahí se encontraban. &lt;br /&gt;Mientras Jacobo desabrochaba el último botón de su camisa blanca, el arma de un militar soltó un fuerte escupitajo de fuego y plomo con el que la muchedumbre se disolvió. &lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;–Then you’re a king?&lt;br /&gt;–It’s you that say i am! I look for truth &lt;br /&gt;and find that I get damned!&lt;br /&gt;–But what is truth? Is truth a changing law?&lt;br /&gt;We both have truths. Are mine the same as yours?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchedumbre regresó incontenible. Lo escupían e insultaban a su familia, a quienes también hicieron desnudar. &lt;br /&gt;Luego de mucho vagar por el mundo, Arbenz será acogido, como huésped de honor en la Habana (porque la Revolución si triunfará). Gran hospitalidad recibirá Jacobo de Fidel, su anfitrión, tanta que este último liberará al hijo de su huésped luego que atropelle y mate a uno de los queridísimos amigos de Castro. Lleno de vergüenza por el homicidio culposo perpetrado por su hijo, abandonará la isla sin que se lo pidan, y se trasladará a Suiza. &lt;br /&gt;Luego descubrirá el amorío de su esposa con un agente cubano, quien le impartirá clases de alemán durante el asilo, y de quien Arbenz será víctima de numerosos chantajes por muchos años; luego, su hija, la actriz Arabella Arbenz, se suicidará como resultado de una discusión con su novio, el torero y actor Jaime Bravo; luego de tantas tragedias regresará a Suiza, donde la soledad y el alcohol serán sus huéspedes permanentes e indeseados. Su Odisea alcanzará el último capítulo cuando Arbenz se instale por un tiempo en México, desde donde mantendrá la esperanza de regresar a su Ítaca, esta vez no victorioso, al lecho donde no lo esperará la mujer que lo ha de traicionar, ni el hijo que lo hiará salir de Cuba, las únicas dos personas que le quedarán en el mundo. &lt;br /&gt;Durante una de sus noches en México, el alboroto de los truenos y la fortísima luz de los rayos lo provocarán una ansiedad inexplicable. Se dispondrá a tomar un baño de agua caliente; cuando el agua empiece a hervir dentro de la bañera, él se desnudará a la vez que la luces de los rayos desnuden el cielo del D.F. Repentinamente verá su cuarto de baño repleto de rostros. La voz de la tormenta se confundirá con los gritos remotos que hoy lo humillan en el aeropuerto de Guatemala, la luz de sus rayos, con los flashes de las cámaras. &lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;–Behold the man, behold your shattered King&lt;br /&gt;–We have no king but Caesar!&lt;br /&gt;–You hippocrites, you hate us more than him&lt;br /&gt;–We have no King but Caesar! Crucify him!&lt;br /&gt;–I see no reason. I find no evil.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;this man is harmless, so why does he upset you?&lt;br /&gt;he's just misguided, thinks he's important,&lt;br /&gt;but to keep you vultures happy I shall flog him!&lt;br /&gt;–Crucify him! Crucify him! &lt;br /&gt;Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! &lt;br /&gt;Pilate, remember Caesar. You have a duty&lt;br /&gt;to keep the peace, so crucify him!&lt;br /&gt;Remember Caesar. You'll be demoted.&lt;br /&gt;You'll be deported. Crucify him!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La camisa blanca que hoy cuelga en el aeropuerto de Guatemala, colgará de una pared en su apartamento de México. El mismo cuerpo desnudo y derrotado. La misma carne y los mismos ideales, pero ahora amontonados en pestañas de papel viejo en la boca del estómago; el mismo destino, que se demora pero no olvida. Se arrodillará ante el agua casi hirviente de la bañera, desde el fondo agitado verá la figura de algo que parecerá ser su propio rostro, luego comprenderá que se trata del de Castillo Armas, luego de todos sus compañeros en la academia militar, (sobre todo rescataba la figura de Báez Bone), y por último entenderá que se trata de la muchedumbre que hoy lo ataca. Todo se llenará de un blanco amarillento que crecerá en su cuerpo, a la par de un incesante hormigueo. Perderá el equilibrio y de golpe zambullirá la cabeza y la mitad del cuerpo en el agua hirviente. Ahí permanecerá por tres días. El calor le arrancará la vida de a poco, a la vez que el agua caliente ahogue sus pulmones, será una carrera nefasta. El destino sabrá urdir dos de las formas de muerte más insoportables, y hacerlas converger sobre este hombre, de quien un amigo, a manera de epitafio, expresó que “…pasó por el mundo dejando una huella luminosa en el corazón de su pueblo y de los amigos que conocimos a fondo la generosidad y la entereza de su acerado espíritu, no estuvo en su mano eludir el fracaso final ni las desgracias a que parecía estar signado”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;iesous ton barabban&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Los Somoza agarraron la camisa que colgaba de la pared, se la pusieron y empezaron a subir la escalera.&lt;br /&gt; Imponentes, los carnosos Somoza padre y Somoza hijo llegaron desde lo alto de la escalera, trayendo consigo un tazón de espuma sobre el cual un espejo y una navaja yacían cruzados. Se pararon ante los dos rebeldes capturados, sobre quienes ya habían dado orden de “no tocar”, pues ellos se encargarían en persona, esto, meses antes del derrocamiento de Arbenz. &lt;br /&gt;Somoza García (victimario) y Báez Bone (víctima) se conocían perfectamente; años antes, antes de los golpes de Estado, Somoza había sido el padrino en la boda de Adolfo y Lilliam, pues Báez Bone era un destacado militar dentro de las filas de la Guardia Nacional que Somoza lideraba. Años después se reveló y vino la Legión del Caribe, Arbenz, Figueres, algunas de las cosas relatadas y finalmente, el 4 de Abril del 54.&lt;br /&gt;Somoza padre recordó la voz del embajador estadounidense que estallaba violentamente hace ya años. &lt;br /&gt;–Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify!, ladraba la voz desde el auricular del teléfono.  &lt;br /&gt;–But, mister ambassador, what about the people, they don’t see him as a bandit, they think he is a hero… Their fucking Messiah! Fuck, he doesn’t even want to be president… I mean, how could we kill him without the dread of a revolution? What would be the excuse?&lt;br /&gt;–I don’t give a shit, Somoza; I don’t give a shit about you and your bloody excuses!, dijo desesperado. We didn’t pick a coward to lead the Nicaraguan Army, did we? You have to destroy him. He neutralized our invasion army with only thirty fucking hillbillies of this shitty country of yours; you’re in troubles Somoza, you better eliminate that fucker before we eliminate you!, prosiguió con tono más calmado. Is that clear?&lt;br /&gt;Su mente regresó a la habitación del Campo de Marte, y se topo repentinamente con sus propios ojos que lo escrutaban desde el espejo rectangular, lo bajó un poco y escuchó el largo y cínico discurso que pronunciaba su hijo, discurso al cual Báez Bone, atado a una silla, respondía con irreverencias, insultos o retos. Tal fue el curso de las palabras, hasta que Somoza García, que solo había hablado con el detenido cuando recién había llegado, y que permanecía rasurándose silencioso, desde las sombras, hastiado por la necedad de Báez Bone, ordenó que le cortaran la lengua. &lt;br /&gt;–Y ahora, dijo Somoza García acercándosele mucho a la cara y clavando su mirada en los ojos brillantes sin prestar atención a la espesa y oscura sangre que chorreaba de su boca,  ¿qué me decís Adolfo?&lt;br /&gt;Báez Bone ni parpadeaba. Solo le regresaba la miraba, mientras algo parecido a una sonrisa ensortijaba sus labios. &lt;br /&gt;¡La camisa! ¡la camisa! ¡la camisa! ¡esa va a ser tu ruina hijoeputa! no te queda mucho ellos bailan alegres y las charolas trazan sus trayectorias circulares entre la gente una abandona su rotación se eclipsa y Bang! Bang! Bang! te fuiste! mirá como me tenés ¡tocá mi sangre! ¡tocala! está fría porque tengo veneno, sabés? ¡Sentilo! ¡sentilo! ¡comemierda! ¡sentilo hijuelagranputa! del Santo Salvador viene tu ruina por el Monte Ribas León un pueta Te fuiste tiste Ni adios dijiste Por el brazo muerto de mi padre que no te librás de mi sangre que te perseguirá ni de mi veneno frío y seco amén! BANG! BANG! BANG! Stick the map motherfucker! Tiquimáu!  te va a alcanzar por mucho que tardés en morir no tenés gran variedad de destinos BANG! BANG! BANG!&lt;br /&gt;–Aja Báez Bone, ¿qué me decís ahora?&lt;br /&gt;La sonrisa no se le quitaba del rostro. &lt;br /&gt;–¿De qué se ríe este imbécil, papá?, preguntó el hijo acercándose mucho al condenado. Casi en el acto la expresión de Báez Bone se convirtió en la de un animal sanguinario en plena cacería, y de repente, junto a un grito de dolor, tristeza y gloria soltó un espeso escupitajo de sangre oscura que maculó para siempre la camisa de Padre e hijo. Pasaron los días, y Báez Bone, luego de varias jornadas de intensa tortura, fue llevado cerca de donde los capturaron, lo echaron vivo a una fosa y le prendieron fuego. &lt;br /&gt;Un par de años después, en el Club Social de León, la camisa blanca de Somoza García chorreaba espesa sangre desde varios agujeros en su costado, a la vez que incontables ráfagas de plomo destrozaban el cuerpo del tiranicida, un joven “pueta” leonés que había llegado desde su exilio voluntario en El Salvador solo a matar a Somoza. &lt;br /&gt;La ouija de Pedro Joaquín ya desde hace rato hablaba sobre doña Salvadora vestida de luto, y de muchas desgracias, por eso Somoza se la regresó al papá de Luis Pallais, que se la había regalado originalmente, y así llegó a manos de Pedro Joaquín. &lt;br /&gt;Nada referiré sobre lo que se ha dicho en cuanto a los delirios de Somoza Debayle, concernientes a la camisa de su padre muerto, la sangre de Báez Bone y sangre (inexistente) en su propia camisa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;y mi sangre te perseguirá&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis, amigo que me abrazaste, recordó Pallais, años después cuando presenciaba cómo Tachito, que desde hace rato estaba ebrio y con quien había recuperado relación, ordenaba una matanza contra estudiantes en León. Luis, amigo, eso es genocidio… La voz en su cabeza todavía se parecía a la de Báez Bone. Miró alrededor. Todo bien. Todo normal, estás muerto.&lt;br /&gt;Somoza hijo, histérico, hacía exageradas muecas al teléfono, luego, lo tiró con fuerza, mientras balanceaba un trago de whiskey en su otra mano.&lt;br /&gt;–¿Quién me va a joder a mí? ¿Ah?, gritó, mientras lanzaba una mirada extraviada a todos los invitados de la fiesta. ¿Quién? ¡Somoza For Ever! OK?&lt;br /&gt;A Luis Pallais  lo invadió una profunda e íntima vergüenza, tan profunda que era imperceptible. Un mareo lo distrajo, movió su cabeza por el cuarto sin ver nada. Cuando le regresó la vista, notó que Tachito hacía un gran escándalo porque había derramado un trago sobre su camisa mientras, entre llantos, ordenaba a todos los invitados que lo asistieran, soltando una o dos maldiciones, totalmente incomprensibles, contra Báez Bone.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-2636032221144388553?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/2636032221144388553/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/09/4454.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/2636032221144388553'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/2636032221144388553'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/09/4454.html' title='4454'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-3501313965756358443</id><published>2009-09-04T11:54:00.001-07:00</published><updated>2009-09-04T12:03:18.262-07:00</updated><title type='text'>la Sombra deL dIos</title><content type='html'>&lt;span style="font-style:italic;"&gt;“Dijo algo. Unas cuantas palabras ininteligibles que se coagularon en el aire frío, y que fueron sesgadas por el brillo metálico de la hoja al caer.”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;&lt;br /&gt;Germán Lorenzo Vázquez&lt;br /&gt;Santos de Sevilla, Capítulo IV&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro, antes violento y dispuesto a dar muerte al viejo Chilam que había aparecido en la alta noche junto a su lecho, ahora lo observaba con curiosidad, de cuclillas sobre una roca que las aguas del cenote apenas lamían, mientras las palabras que el viejo ciego acababa de pronunciar retumbaban a lo lejos. Entonces, el viejo alzó sus ojos muertos al cielo rutilante y en ellos se prendió un enjambre de incendios plateados que fluctuaban por lo que parecía un mar de cenizas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Justo ahí –dijo el viejo ciego mientras señalaba con sus uñas retorcidas el cenit hendido donde siete estrellas empezaban a alternar sus brillos– donde hay universo pariendo universo se labra el fuego de la aniquilación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las siete estrellas vibraban con indecisa luz, como un viejo cascabel que remataba una larga y espectral serpiente de huesos retorciéndose en el cuenco del último cielo, llena de curioso asombro ante los dedos que la señalaban. El viejo estaba como en trance. Hablaba de la aniquilación que iba en marcha, de los Haabs que rodaban1 y la sucesión de los tiempos: el tiempo antiguo cuando los hombres fueron peces y el mundo fue cubierto por el agua hasta que rodaron tres veces cincuenta y dos Haabs y los hombres fueron gigantes que luego fueron muertos por jaguares que se postraban ante la terrible máscara de obsidiana y fuego que oscurecía el rostro de Tezcatlipoca. Cincuenta y dos Haabs  pasaron siete veces más, decía el viejo, entonces El Gran Viento lo arrasó todo cuando los hombres fueron monos y vivieron en las ramas y así pasó un largo tiempo, hasta que los anchos ojos de Tláloc se rajaron sobre el mundo con  lluvia de fuego y ruido de trueno y sus largos dientes eléctricos se clavaron sobre la tierra madura, entonces los hombres-niños fueron pájaros. La voz del viejo, mientras narraba todo eso, era como un haz de brillo lunar que se revelaba sobre un sinuoso cordón de humo, como una luz  cenicienta y pálida que lograba herir la densa oscuridad de aquella selva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Los Tzitzimimes2, que ahora flotan en la luz escasa y efímera de los atardeceres –prosiguió su voz–, clavados de pies y manos sobre los cruces de caminos, acechan esperando el temblor grande y profundo que los sacudirá hasta la tierra y será Nahui-Ollin, el último de los tiempos, y el terrible alarido de Itzapapálotl, comandando legiones, lo consumirá todo. Es por tanto que cada cincuenta y dos Haabs velamos la trayectoria de los cielos,  aguardando y pidiendo que Tzab-Ek3, paridora cósmica, se entrone en el centro del cielo, pues solo eso ha de postergar, por otros cincuenta y dos Haabs, la aniquilación total. Entonces el Fuego Nuevo se prende, como manda la tradición, y Yax Balam incendia los cielos. Hizo una pausa, y prosiguió diciendo que hace poco más de treinta Haabs se había prendido el último Fuego Nuevo, el mismo que todavía se erizaba en la cima del Huizachtecatl. Dijo que en la fiesta que hubo en honor de aquel Fuego el hambre de los viajeros fue saciada por el banquete y la sed de los dioses por la sangre del más valiente guerrero de las tribus. Habló de danzas de plumas y conchas que se bañaban con el fuego que nacía, dientes y pieles, huesos y tambores que adoraban al Fuego Nuevo que casi devoraba la Pirámide. Entonces las profecías eran leídas y aquél día en particular, dijo el Chilam ciego señalando con un imperceptible movimiento de mano al que lo escuchaba, la que bien conocida por tu memoria debe ser, fue revelada.&lt;br /&gt;El otro lo escuchaba azorado, como redescubriendo palabras familiares que se habían apagado en la oscuridad de su memoria, arrancadas por zarpazos de jaguar o devoradas por la selva marañada. La historia del último Fuego Nuevo había corrido por su aldea desde que él era un niño y la conocía a la perfección, pues hablaba de la profecía que prefiguraba el nacimiento de su hermano mayor como la unión y materialización de Ek Chuah, el Escorpión Negro de la Guerra, y Xaman Ek, estrella del Norte, en carnes humanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–En aquella fiesta leímos los códices sagrados y procedimos, como el rito requería, a formar a las mujeres de primer embarazo que se encontraban entre la multitud en un amplio círculo –prosiguió el Chilam–. Esparcimos por la tierra el cacao en ofrenda y prendimos las hierbas sobre la imagen de barro esencial de Wuqub` Kaqix, dentro de la cual el escorpión negro rascaba la tierra. Cuando el humo cesó su danza hipnótica, la figura de barro del viejo dios fue destrozada y de sus escombros emergió la sombra fugaz del escorpión negro que se posó sobre el vientre hinchado de la madre de él, luego la madre tuya, e inyectó el veneno. Entonces fue llevada esa mujer ante los Chilames y Sacerdotes quienes cuidaron de ella, curándola con hierbas del veneno y alimentándola con caldo de vísceras, hasta que nació de sus carnes aquel dios espléndido y majestuoso. Cuatro años después naciste de la misma mujer, y creciste junto a él, fue tu privilegio ser su hermano. Crecías como su sombra, o esencia sombría transpirabas entonces. Lo que de él ha quedado en este mundo nuestro confluye en tu sangre, en los ríos arremolinados de tu carne.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora el otro no solo escuchaba, si no que respondía a cada palabra con un  temblor que le crecía desde lo profundo. Pensó cuánto o cómo cambiaba su destino ahora, sentado junto al cenote que lo había acogido desde el exterminio de su aldea, desde la muerte de su hermano unos quince años atrás, con la voz de un Chilam reviviéndolo todo. Bajo la ancha copa del Chilamate entre la cual las estrellas parecían colgar como pequeños frutos luminosos, revivió su mente aquellas pasiones que se perdían en el espacio y en el tiempo; recorrió con la mirada la entrada de la caverna que se abría junto al cenote, recordó la gran cúpula oscura en la que se retorcían raíces milenarias y se erizaban agudas estalactitas calizas que apenas acariciaban la amplia superficie de agua quieta que se extendía bajo la cúpula: el tz’ono’ot4 sagrado, la cavidad del inframundo. Desde hace años aguardaba el momento en propicio para aventurarse a lo profundo. Pensaba emprender un viaje en busca del alma de su hermano, un viaje al tejido sinuoso del inframundo donde reclamaría el alma que a este mundo aún pertenecía. Ya juntos conquistarían La Ciudad donde los Hombres se vuelven Dioses, y al temible Búho con Lanzadardos, cuyo canto letal aún serpenteaba impune por la selva. Entonces reflexionó que fuese como fuese o pasase lo que pasase aquél era su destino, y que el anciano ciego que acababa de llegar no podía ser otra cosa que un vehículo para alcanzarlo. Así accedió a ser iniciado, bajo la instrucción del Chilam, en las artes sagradas y los secretos que una vez dominó su hermano quien, durante su breve vida, había alcanzado una especie de luz y fuerza, una suerte de gloria, que le era vedada al resto de hombres. Agotó los códices y las profecías sagradas. Del esencial lenguaje de la piel del jaguar comprendió, como ningún hombre antes, el universo o, lo que es igual, las tres formas simples que componen el universo total. Desde muy joven fue un prodigio de la guerra y de la caza: él y una selva oscura valían entonces por un ejército de mil hombres. Conocedor de todas las lenguas y artillerías de guerra. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los quince años de exilio en la selva ya habían hecho del menor de los hermanos un hombre fuerte. Durante ese largo tiempo se había dedicado a cazar bestias y tropas teotihuacanas que unas veces capturaba de a diez, otras de a veinte, y cuyos corazones untaba sobre las raíces del Chilamate, o ensartaba en las ramas de los árboles. Pero ahora aprendía los secretos sagrados como si los conociese de toda la vida. No hacía otra cosa que recibir las instrucciones del viejo con la mejor y más firme disposición. Pasaron meses o acaso años, y el Chilam nunca se movió de donde estaba; permanecía sentado sobre sus rodillas mientras dictaba largas sentencias, lecciones, instrucciones, plegarias o fórmulas mágicas, mascando raíces o fumando largamente. Otras veces dormía en la misma posición, pero como lo hace un muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasó, pues, el tiempo, como siempre pasa, hasta que una mañana llena de niebla el viejo Chilam apareció muerto, tendido boca abajo entre el barro del pantano. Al aprendiz, ya bien encaminado, no pareció importarle gran cosa la muerte de su maestro; más bien continuó afinándose en los secretos en que ya había sido iniciado. Agotó los códices esenciales que el viejo había traído consigo. Estudió la arquitectura etérea del Universo, las castas y estirpes de los dioses, los secretos de las hierbas y los trances; repasaba los caminos que su hermano alguna vez había caminado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un noche, mientras los gusanos y los zopilotes arrancaban la poca carroña que aún le quedaba al cadáver del viejo, cuando él empezaba a dormir y el sueño iba llenando sus pensamientos, como revistiéndolos y transformándolos, pero esta vez también el tiempo confluía en el sueño, un tiempo que no era ni sucesión de eventos ni percepción humana, tiempo puro que formaba un delta de arenas oscuras y revueltas; entonces soñó...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soñó con Kaminaljuyú, su aldea, que aún vivía su máximo esplendor. Soñó el ruido de las placas de obsidiana al ser arrancadas de las tierras bajas y el temblor que provocaban las inmensas moles de piedra entre la selva, abriendo caminos por los que el imperio teotihuacano se abastecía del jade y la obsidiana; caminos por los que la oscura Teotihuacán soltaba sus terribles tropas. Soñó a su familia, todavía viva y privilegiada por la situación divina del hijo mayor, a quien cada tres noches se ofrecían sacrificios u ofrendas. Soñó a los dos hermanos, como si él no fuese uno de ellos, cazando y jugando en la selva desde niños, perdiéndose en los arroyos y en los senderos; el menor siempre a la sombra de su inmenso hermano. Vio en sus sueños las largas ceremonias que su hermano presidía y el valiente ejército que comandaba; los corazones que arrancaba y las vidas que perdonaba; los majestuosos tocados de pieles, conchas y obsidiana, la cabeza muerta del Jaguar que lo coronaba; los petos de Jade, colmillos y plumas. Soñó la última cacería, cuando el ya era casi un hombre y su hermano un completo dios. Se internaban a la selva en una madrugada sin luna, arrastrándose tras el rastro de una manada de venados. De repente el mayor se detenía y todo era inundado por un solemne canto de muerte que crecía al otro lado del río, cerca de la aldea, donde se veía la danza circular de varias antorchas. Luego estallaban los gritos y las casas eran prendidas en fuego. Varios caían abatidos por los largos dardos. El Búho con Lanzadardos, el terrible ejército  teotihuacano, llegaba esa noche sin otro fin que el exterminio. Ellos, desde la selva agitada por los gritos de las aves y el rumor de las bestias, presenciaban cómo, en un abrir y cerrar de ojos, los teotihuacanos devastaban Kaminaljuyú. Soñó al hermano mayor que le ordenaba que se quedase allí, pero en el sueño el hermano mayor ya no tenía cara si no una profunda cavidad húmeda de sangre o algo peor, luego se apresuraba dentro de la selva hasta que una figura nebulosa, la de un jaguar, le cortaba bruscamente el paso. Con un solo movimiento de encías rosadas y ojos verdes las uñas del jaguar abrían el pecho del hermano mayor dejando una profunda herida diagonal que le alcanzaba  la parte izquierda del rostro. El ejército, a cuyas filas parecía pertenecer aquel jaguar salvaje, ya había cruzado el río y rodeaba al hermano mayor que forcejeaba con el colosal felino; entonces la selva se precipitaba en caótico fluir verde y el menor de los dos hermanos soñaba su bochornosa huida, los gritos de su hermano que se alzaban entre los del ejército enemigo y la rabia y la impotencia que lo corroían. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mitad de ese sueño lo despertó un rumor, uno que percibió idéntico a los cantos de guerra que aquella vez arrasaron su aldea. Abrió los ojos y trató de moverse pero algo ajeno a él, algo parecido a un pinchazo, lo mantuvo en el suelo y lo mandó de regreso a un sueño negro y vacío. Cuando volvió a abrir los ojos, se vio rodeado de innumerables cuerpos. Apartó la mirada y notó que los zopilotes ya no estaban sobre los restos del Chilam. Sintió tres pinchazos más y los ojos se le cerraron ante los dos dardos que se acababan de clavar en su pecho y en su estómago. Antes de alcanzar a ver el tercer dardo ya se había desplomado hacia el más profundo sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de varias horas soñó que planeaba sobre una gigantesca ciudad, eterna, divina y sin duda vedada a todos los hombres. Una ciudad dispuesta según las secretas vértebra del cosmos. Entró sobre una larga avenida que atravesaba toda la ciudad de sur a norte, que al principio estaba flanqueada por un tumultuoso mercado lleno de ruido y seres que se parecían a los hombres. Atravesó una hermosa y grande ciudadela tejida por miles de pequeñas casas. En el centro de la ciudadela se levantaba un alucinante templo hecho de serpientes en cuyas fauces se extendían plataformas de culto y sacrificios. Todo siempre atravesado por la larga avenida en la que millares de muertos desfilaban en una colorida y ensordecedora procesión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despertó por un segundo en el que sintió todo su cuerpo envuelto por una gruesa y ceñida cuerda. Se vio conducido entre infinitos rostros de muertos que marchaban al norte, al sol, a la luna. Estaba totalmente aturdido y desorientado, no podía moverse, todo su cuerpo estaba entumecido. Pensó que aquella procesión celebraba su llegada al inframundo, que su hermano lo esperaba al final de aquella calzada, y eso era invariable. Pasó sobre un río sin que sus aguas lo alcanzaran. Las edificaciones, propias de una inteligencia divina, no dejaban de aparecer por todos lados. Al fin llegó al extremo norte de aquella metrópolis que ya parecía inagotable, donde la tierra se erizaba en dos pirámides colosales que resplandecían como el sol y la luna. Entonces comprendió con terror que aquella ciudad no podría tratarse de otra que la gran Teotihuacán, la ciudad donde los hombres se vuelven dioses. Sintió su carne vibrar en un terror que solo podía ser el de la presa de un jaguar que se revuelca herida e indefensa ante los dos ojos incendiándose en la negrura. Comprendió que sería alimento de dioses, y nada más… Y esto era, a esas alturas, un destino, una vez más, invariable, pues poco o nada podía ya hacer en tal condición (atado, a los pies de la enorme pirámide, rodeado de fuegos y ofrendas y hombres que exigían su sangre) para influir en su destino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerró los ojos con brutal tranquilidad y, una vez desatado, se postró ante la enorme pirámide, besó el suelo y empezó a recitar uno de los códices. Así, sin cesar por un instante las líneas que recitaba, fue conducido solemnemente por las largas escalinatas hasta la cima de la pirámide donde un viento seco y tranquilo arrastraba las últimas luces del ocaso. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió los ojos cuando fue puesto sobre la gran piedra de sacrificio y si sintió la superficie cubierta de sangre seca. Contempló el cielo que comprendía todo lo que sus ojos abarcaban: un cielo de un azul bestial, igual que a cualquier otro cielo, excesivamente profundo, en el que se deshacía la mirada. Percibió, sin voltear a ver, varias sombras que se movían en torno a él con oscuro ademán. De pronto, los suntuosos tocados de jade, huesos, plumas, conchas y las largas pieles inundaron su visión. La cabeza disecada de un Jaguar coronaba y cubría de sombras la cabeza viva e imponente de un sacerdote que se inclinaba sobre él. Luego, con un rápido movimiento, el sacerdote se agachó hasta tocar el piso y los colmillos del Jaguar se posaron ante los ojos de la víctima. Con idéntica rapidez, el sacerdote volvió a alzar el denso cuchillo de obsidiana al cielo crepuscular, hasta rozar la primera estrella que por ahí aparecía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue hasta entonces, y no con poco horror, cuando la mirada del menor de los dos hermanos atravesó el pecho fuerte y amplio de su victimario siguiendo el curso de una cicatriza larga, vieja y diagonal que lo atravesaba y le alcanzaba parte de la cara.&lt;br /&gt;Acostado sobre la roca, con la mirada puesta en el filo del cuchillo que pendía sobre su pecho, comprendió que su hermano había sobrevivido, que seguramente había sido llevado a aquella magnífica ciudad y que había logrado, sin duda, deslumbrar a los más sabios con su vasto conocimiento y enorme habilidad. Que había escalado por aquella ciudad en la que los hombres se hacen dioses, que había olvidado su pueblo y su pasado, y que ahora reinaba en aquel otro pueblo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un grito, uno que el menor de los hermanos enhebraba en lo hondo de su garganta, se vio desvanecido por un ruido gutural y profundo que cesó cuando el cuchillo había abierto completamente el pecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al poco tiempo el corazón fue arrojado junto a la pira, todavía palpitante. El cuerpo decapitado rodó lentamente hasta la mitad de las escalinatas. La cabeza cayó, poco después, sobre el polvo, al pie de la pirámide, con el reflejo de las siete Pléyades que se posaban en el cenit deshaciéndose sobre sus ojos bien abiertos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Notas&lt;/span&gt;:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;1  365 días, repartidos en 18 meses de 20 días, más cinco días adicionales llamados Uayeb, formaban el calendario Haab; este, combinada su marcha con el Tzolkín, formado por veinte trecenas o trece veintenas de días y que resultan en 260 días, marcan un ciclo organizado y convergente que inicia cada 52 años o Haabs.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2       Los Tzitzimimes eran demoníacas estrellas guerreras con terrible apariencia de esqueleto que a cada momento intentaban destruir el mundo y a los hombres. Durante los ocasos y los amaneceres lograban vagar inadvertidas por las tierras y caminos, y cuando había un eclipse sus alaridos cundían el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3        Nombre con el que los Mayas se referían a la constelación de las Pléyades y que significa cola de serpiente de cascabel. Era el lugar donde pensaban que se había formado el Universo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4 Palabra maya de la que, se supone, proviene el término Cenote. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-3501313965756358443?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/3501313965756358443/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/09/la-sombra-del-dios.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/3501313965756358443'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/3501313965756358443'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/09/la-sombra-del-dios.html' title='la Sombra deL dIos'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-2345547457394580623</id><published>2009-07-25T13:04:00.001-07:00</published><updated>2009-07-25T13:17:55.945-07:00</updated><title type='text'>Evocación</title><content type='html'>&lt;/title&gt;&lt;meta name="GENERATOR" content="OpenOffice.org 3.1  (Win32)"&gt;&lt;style type="text/css"&gt; 	&lt;!-- 		@page { margin: 2cm } 		P { margin-bottom: 0.21cm } 	--&gt; 	&lt;/style&gt; &lt;p  style="margin-bottom: 0cm; text-align: left;font-family:courier new;"&gt;&lt;span style="font-size:7px;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;sub&gt;&lt;span style="font-size:7px;"&gt;v&lt;/span&gt;&lt;/sub&gt;&lt;span style="font-size:7px;"&gt;o&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:7px;"&gt;c&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:7px;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:7px;"&gt;c&lt;/span&gt;&lt;sub&gt;&lt;span style="font-size:7px;"&gt;i&lt;/span&gt;&lt;/sub&gt;&lt;span style="font-size:7px;"&gt;ó&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:7px;"&gt;n&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.27cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Por aquí pasó un soldado —dijo la voz que, bordeando el denso concreto, se colaba débilmente por las infinitesimales hendiduras que tejían la gruesa puerta— todo sucio y derrotado, que no alcanzó el ocaso. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.27cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.27cm; margin-bottom: 0cm; text-decoration: none;" align="RIGHT"&gt; &lt;i&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ni dios, ni torre, ni hogar —&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;escuchó.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.27cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ni dios ni torre ni hogar —repitió casi susurrando y como si estuviese de acuerdo, y prosiguió: &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;	Cruces si llevaba,                                                                                                      	pero también llevaba huesos, 								y en su mandíbula 									la sangre que todavía eclipsa los faros 							y los rostros serenos de la meseta...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-left: 0.11cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;i&gt;			Huesos y sangre y botones... ¿Llevaba? —&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;volvió a escuchar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;	...sombríos, lejanos —concluía &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="margin-left: 2.54cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;De todas formas, en las noches de frío y luna, su crudo silencio penetra en la sala, en el ocaso de la madrugada, por sus declives, herido: remachasueños: con mazo y uñas y soplo de demiurgo se yergue en ancha: respira y remacha y labra... Y es que esta casa llena de fantasmas lo ampara. 						Pero no se atreve a hurgar más allá del espejo. Calla, y es suficiente. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.27cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Mecánica—e inútil—mente busco refugio, pero ya sus dedos, rígidos de veneno, revientan mis poros, y lamen como agudas lenguas de murciélago; y no soy más que su torpe marioneta: un eco arrastrado por hilos al centro de mi patio… &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.27cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;...y tu prenda ¿Cuál era?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.27cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Desde ahí la casa apenas se define gris y borroneada: pálida luz que se bate en las entrañas del humo denso…&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-left: 6.35cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;En la médula de la noche lo busco. Armado de bolsas y marcos, atento a cada aleteo, emprendo la persecución. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="margin-left: 6.35cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Desollado el letargo piso grama húmeda y destruyo a mordiscos el espejo con que se escudaba. Es entonces un embrollo de sangre y carne que palpita bajo mis pies, donde sea que pise, sangre y carne que se arrastra desnuda y quejumbrosa, que me acecha…&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Rompí su mito,&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;soy las ruinas&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;que edificó&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;y parece que&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;tiene miedo;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;mas no temía &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;a la pasión&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;ni al déspota,&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;y rodó río&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;abajo: cada&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;piedra que hirió&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;su frente fue &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;una muerte.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.27cm; margin-bottom: 0cm;" align="CENTER"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Él ya me esperaba al centro del frijolar, cubierto por la mortecina fosforescencia de la luna, que con su peligro transmuta sus llagas y reconstituye su piel. Yo, me apresuraba a su abrazo, a su encuentro…&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.27cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Claro, conocía el mito, pero entonces quería saber quién era.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.27cm; margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Me había jugado la cordura en mil muertes para ver sus ojos. Entonces, cuando al fin sentía su aliento y sus vapores de muerto corroer mi rostro, levanté la mirada, y justo allá —dijo, mientras un movimiento de su brazo, amplio y oscilante, señalaba una honda área de cielo, destrozada entre los cedazos—, todo se desmoronó, se precipitó contra cada palmo de este territorio, y qué se yo; es semilla y es leyenda, y es el más extinto de los fantasmas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;	La noche era diluida por una luz blanda y amarillenta que se rompía en anchos haces sobre el perfil de los cerros morados. El frío no dejaba de colarse por las ventanas y los trozos de cedazo volaban por la habitación.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;	¿Querés saber dónde te enterraron? —dijo sin levantarse del piso, pero dirigiendo su mirada a la figura que, de pie desde el umbral, lo escuchaba en grave silencio— Te sepultaron vivo y ardiente en mis sueños y en mis noches; te enterraron en el armario y en mis pupilas, en mis venas y en mi nombre, en este almacén de cadáveres que se bate en la boca del estómago, allí estás enterrado. Ahí, donde ya no quiero buscarte, donde veo tus ojos, y al fondo de sus cuencas arden trozos de vidrios y espejos, y te desmoronás en un torbellino de humo y polvo, y no sos más que eso: huesos y polvo. Una calavera con grillete que me sumerge a mi abismo, a la boca de mi estómago, donde al fin te encuentro arrodillado y cargás en tus brazos a un niño muerto...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;	Los dos ojos lo escudriñaron brutalmente. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;	y… y, tengo frío… —murmuró con una voz casi inaudible que se apagaba a la vez que la expresión de su rostro se retorcía y se hundía entre sus brazos, que temblaban débilmente sobre sus rodillas. Sus rodillas, que antes sacudían y estiraban enérgicamente. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="margin-bottom: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman,serif;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;	Se acostó sobre el piso helado, de frente a la pared. Desde el patio trasero una fugaz sombra, la de un murciélago, hirió la luz densa y uniforme que empezaba dorar las paredes grises. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-2345547457394580623?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/2345547457394580623/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/07/evocacion.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/2345547457394580623'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/2345547457394580623'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/07/evocacion.html' title='Evocación'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-3863348592262721930</id><published>2009-06-19T18:45:00.001-07:00</published><updated>2009-06-19T18:47:08.784-07:00</updated><title type='text'>La sombra del dios</title><content type='html'>&lt;!--StartFragment--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" align="right" style="text-align:right"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;“Y así, con feliz gesto asistirá su alma, &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" align="right" style="text-align:right"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;cada nueve noches, al majestuoso banquete; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" align="right" style="text-align:right"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;engullirá la pútrida efervescencia de aquella carne, &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" align="right" style="text-align:right"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;de aquél hermano, de aquella muerte…”&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" align="right" style="text-align:right"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;Germán Lorenzo Vázquez&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" align="right" style="text-align:right"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;Santos de Sevilla,&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt; &lt;i style="mso-bidi-font-style:normal"&gt;Capítulo IV&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" align="right" style="text-align:right"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 15px; font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" align="right" style="text-align: left;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 15px; font-style: italic;"&gt; &lt;!--StartFragment--&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;–Crías con sangriento apetito y llenos de mortales caprichos son los dioses, dijo gravemente el viejo ciego que se había identificado como Chilam de Kaminaljuyú, y prosiguió: Demandan sangre y entrañas y latir de hombre, nunca de dioses. Esa carne de dios en carne humana, destrozada por el jaguar noctangular; por tu vida sangre sagrada, la de un k´uh, diluida entre encías rosaeléctricas, derrumbado él por el fosforescente Chak Balam. Cosa, por lo demás, digna de meditar. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;El viejo Chilam levantó entonces un silencio tan pesado que hacía ceder la débil concavidad por la que la noche fluía. El otro, antes agresivo y decidido a dar muerte al intruso, ahora lo observaba en solemne silencio y en cuclillas, sobre una piedra del pantano. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;El viejo alzó lentamente sus ojos muertos al cielo estrellado, como devorando el pálido brillo de la noche, y era como si las cuencas profundas se revistiesen de la plata del flujo estelar, la noche ardiera en sus ojos como brasas&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;  &lt;/span&gt;ahogadas entre densas cenizas.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;–Justo ahí, dijo el viejo mientras apuntaba sietes veces con sus largas uñas retorcidas al cenit hendido donde siete estrellas alternaban sus resplandores. Justo ahí ha nacido el universo, y nace sin cesar, en infinitos espacios de tiempo, dentro de sus angostos límites. Inagotable, por tanto, nuestro universo no será, o al menos no nosotros para existir de él, la aniquilación, pues, es inminente. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;Las siete estrellas se prendían con indecisa luz y vibraban como un viejo cascabel en el cuenco del último cielo, al final de una larga y brillante serpiente de huesos que cruzaba el cosmos invernal y se retorcía, llena de curioso asombro, ante los dedos que las señalaban. &lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;–Cincuenta y dos Haabs tres veces rodaron&lt;a style="mso-footnote-id:ftn" href="#_ftn1" name="_ftnref" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="mso-special-character:footnote"&gt;[1]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; para llegar al Nahui-Atl, y bajo el entretejido ahuehuete todos los hombres fueron peces, cuando el mundo se hizo agua. Otros cincuenta y dos Haabs tres veces repetidos y fue Nahui-Ocelotl: el lomo del jaguar prendido a los hombres enormes, devorados por la máscara animal de obsidiana y fuego que oscurecía el rostro de &lt;span style="mso-bidi-font-size:13.0pt;mso-ascii-font-family:Cambria; mso-hansi-font-family:Cambria;mso-bidi-font-family:Helvetica"&gt;Tezcatlipoca&lt;/span&gt;. &lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt; &lt;/span&gt;Una vez más, el tiempo giró lento y fueron esta vez siete veces los cincuenta y dos Haabs para que Nahui-Ehécatl, el gran viento, arrasara todo y los hombres se hicieron monos y vivieron en las ramas. Seis veces cincuenta y dos Haabs más y los anchos ojos de Tláloc se rajaron sobre el mundo y Nahui-Quiahuitl lluvia de fuego fue, y con sonido de trueno sus largos dientes eléctricos se clavaban por todo la tierra madura, y los hombres-niños fueron pájaros. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;La voz del viejo, mientras narraba aquello, era como un haz de brillo lunar que revelaba a retazos la oscilante trayectoria de un ensortijado cordón de humo que ascendía desde lo remoto, era pues, esa voz, como luz&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;  &lt;/span&gt;cenicienta y pálida que hería la densa oscuridad de aquella selva. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;–Los Tzitzimimes&lt;a style="mso-footnote-id:ftn" href="#_ftn2" name="_ftnref" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="mso-special-character:footnote"&gt;[2]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;, que ahora flotan en la luz escasa y efímera, prosiguió su voz, clavados de pies y manos sobre los cruces de caminos acechan, esperan el temblor grande y profundo que los sacudirá hasta la tierra y será Nahui-Ollin, y así lo consumirá todo el terrible alarido de Itzapapálotl, comandando legiones que viven en el Oeste pero llegan por el Este. Cada cincuenta y dos Haabs es por tanto que velamos la trayectoria de los cielos, que aguardamos en silencio el momento&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;  &lt;/span&gt;en que Tzab-Ek&lt;a style="mso-footnote-id:ftn" href="#_ftn3" name="_ftnref" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="mso-special-character:footnote"&gt;[3]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;, paridora cósmica, se entronará en el centro del cielo y esa era la señal que postergaría por cincuenta y dos Haabs más la aniquilación y el Fuego Nuevo sería prendido y Yax Balam incendiará los cielos. Treinta Haabs hace que el Fuego que hoy rige se erizó sobre el templo de Huizachtecatl, durante una noche devorada por oscuridad, pues mandaba también la tradición a apagar por la tarde todos los fuegos viejos de las casas y templos, y quemar en ellos todas las armas y herramientas, para que él Fuego Nuevo fuese renovación total. Iniciaba pues la fiesta, y el hambre de los viajeros era saciada con el banquete, y la sed de los dioses con la sangre del más valiente guerrero de las tribus. Las danzas se bañaban del fuego que nacía; se prendían las plumas y las conchas, los dientes y las pieles, los huesos y los tambores bajo el Fuego Nuevo que casi devoraba la Pirámide. Las profecías eran leídas y aquél día en particular, la que bien conocida por tu memoria debería ser, fue revelada.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;El otro lo seguía escuchando con aturdido asombro. Como redescubriendo palabras familiares que se habían apagado en la oscuridad de la memoria, arrancadas por zarpazos de jaguar y devoradas por la enmarañada selva. La del último Fuego Nuevo era una historia que había corrido por la aldea desde que él era un niño; claro que la conocía. Y la conocía a la perfección, pues se refería a su hermano mayor y la profecía que lo eligió como carne en la que nacería la anticipada unión de Ek Chuah, Escorpión Negro de la Guerra, y Xaman Ek, estrella del Norte.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;–Leímos los códices sagrados y procedimos, como el rito requería, a formar un amplio círculo con las mujeres de primer embarazo que entre la multitud se encontraban. Se esparció por la tierra el cacao en ofrenda y ardieron las hierbas sobre la cabeza de la imagen de barro esencial de Wuqub` Kaqix, bajo la cual el escorpión negro y punzante rascaba infernalmente la tierra. Cuando el humo hubo cesado su danza hipnótica, se destrozó la figura del viejo dios, y de sus escombros salió como una sombra fugaz que hería la tierra el escorpión negro hasta posarse sobre el vientre hinchado de la madre de él, luego la madre tuya. Ensortijaba su caparazón sólido a medida que la cola inyectaba el veneno. Fue, pues, llevada esta mujer ante los Chilames y Sacerdotes, alimentada con caldo de viseras, hasta que nació de sus carnes aquel dios espléndido y majestuoso. Naciste cuatro años después, y creciste junto a él, fue tu privilegio ser su hermano, como su sombra ibas creciendo, o esencia sombría transpirabas entonces. Lo que de él ha quedado en el mundo nuestro confluye en tu sangre, en los ríos de tu carne, en los remolinos de tu universo interior. A pesar de que lo viste arrancado por las garras del nebuloso Jaguar, perforada por largos dardos sus carnes: el búho canta, el hombre muere. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;Ahora no solo escuchaba, si no que respondía a cada palabra con un estremecimiento o temblor que le crecía desde lo profundo. Cuanto cambiaba su destino ahora, sentado siempre junto al pantano que lo ha acogido desde el exterminio de su aldea, unos quince años antes, reviviendo aquellos miedos. Sentado junto al pantano, hacía dos cosas que desde años le eran ajenas: recordaba y revivía sus recuerdos. Bajo la ancha copa del Chilamate, entre la cual las estrellas parecían colgar como pequeños frutos luminosos, revivió aquellas pasiones que se perdían en el espacio y en el tiempo; recorrió con la mirada la entrada de la caverna, recordó su gran cúpula oscura en la que se retorcían raíces milenarias y se erizaban agudas estalactitas calizas, que flotaban o apenas acariciaban la amplia superficie de agua quieta que se extendía bajo la cúpula: el &lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;tz’ono’ot&lt;a style="mso-footnote-id:ftn" href="#_ftn4" name="_ftnref" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="mso-special-character:footnote"&gt;[4]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; sagrado, cavidad del inframundo, vientre de putridez. Pensaba en su idea reciente de, una vez que el cosmos así lo configurase, aventurarse a lo profundo, al inframundo y ahí reunirse con su hermano, quien allá se manifestaría en toda su gloria, dios inmortal liderando legiones, y conquistarían juntos &lt;i style="mso-bidi-font-style:normal"&gt;La Ciudad donde los Hombres se vuelven Dioses.&lt;/i&gt; Comandarían al temible Búho con Lanzadardos que serpenteaba su vuelo mortal por la selva. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;Sea como fuese, era su destino, y aquel Chilam, anciano y ciego, no podría ser otra cosa que un vehículo para alcanzarlo. Su hermano era un dios, y por lo tanto no había muerto, más bien brillaba en extraña oscuridad en alguno de los túneles infinitos que forman el inframundo. Su hermano mayor había alcanzado la luz y la fuerza que a cualquier otro mortal se le hubiese privado: era conocedor total de las profecías y había agotado todas las posibles lecturas de las escrituras sagradas; conocedor natural de los amplios atributos y comportamientos de las hierbas y las materias terrenas; de los movimientos de la tierra y las aguas y la conducta de los cielos; del esencial lenguaje en la piel del jaguar aprendió, como ningún hombre antes, el universo, o lo que es igual, las tres formas simples que componen el universo total. Maestro, desde muy joven,&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;  &lt;/span&gt;y señor máximo de la guerra y de la caza: él y una selva oscura valían entonces por un ejército de mil hombres. Conocedor de todas las lenguas y artillerías de guerra. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;El Chilam lo convenció, o apenas tuvo que convencerlo, para ser iniciado en las artes sagradas que una vez dominó su hermano. Él, que durante toda su vida había cazado junto a su hermano mayor en la selva oscura e igualmente se había reprochado durante toda su juventud no haber nacido cuatro años antes y ser el dios que su hermano era, no pudo hacer más que recibir las instrucciones con la mejor y más firme disposición. Pasaron los meses o acaso años, y el Chilam no se movió de donde estaba. Sentado sobre sus rodillas dictaba largas sentencias, lecciones, instrucciones, plegarias o fórmulas mágicas, o dormía, otras veces, como lo hace un muerto. El otro escuchaba y obedecía. La selva, o su exilio en la selva luego de la conquista de su aldea lo hizo un hombre duro. Se dedicó, en esos quince años de exilio, a cazar bestias y tropas teotihuacanas, a quienes capturaba de a diez, de a veinte, y cuyos corazones untaba sobre las raíces del Chilamate, o ensartaba en las ramas de los árboles. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;Pasó pues el tiempo, y una mañana llena de niebla el Chilam apareció muerto, tendido boca abajo sobre el barro del pantano. Al aprendiz, ya bien encaminado, no pareció importarle la muerte de su maestro, y continuó en los secretos en que había sido iniciado. Agotó los códices esenciales que el viejo había traído consigo. Estudiaba la arquitectura etérea del Universo, las castas y estirpes de los dioses, los secretos de las hierbas y los trances; repasaba los caminos que su hermano alguna vez abrió y era entonces una sombra que se volvía materia oscura y viscosa. Un denso espectro de vapor alzándose desde la sangre hirviente de su hermano. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;Una de esas noches, cualquier noche, mientras dormía y soñaba, el tiempo confluyó sobre su alma como un delta de oscuras y revueltas arenas. Recordó Kaminaljuyú, su aldea, en su esplendor. Las grandes placas de Obsidiana arrancadas de las tierras bajas; las inmensas moles de piedra que abrían caminos entre la selva, por donde se transportaban las artesanías de Jade y Obsidiana, caminos por los que el imperio, la oscura y esplendorosa Teotihuacán, se abastecía y liberaba su terribles tropas. Recordó a su familia, privilegiada siempre por la situación divina del hermano, a quien cada tres noches se ofrecían sacrificios y ofrendas. Ellos dos, desde niños cazando y jugando en la selva, en los arroyos y senderos, siempre a la sombra de su inmenso hermano. Recordó, también entre sueños, las fiestas que aquél presidía, el sanguinario ejército que lideraba, los corazones que arrancaba, las vidas que perdonaba. Revivía sus majestuosos tocados de pieles, conchas y obsidiana, la cabeza de un Jaguar que a la vez era Escorpión y Zopilote; los petos de Jade y colmillos y plumas. La última cacería: él casi era un hombre, su hermano un completo dios; se internaron en la selva en una madrugada sin luna, se arrastraron tras el rastro de una&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;  &lt;/span&gt;manada de venados. El hermano mayor percibió una especie de canto mortal que se estremecía desde el otro lado del río, cerca de la aldea. De a poco, la luz de varias antorchas fueron destrozando la quieta oscuridad con movimientos circulares. Se escuchó el grito de varios en la aldea, vieron los veloces dardos clavar su veneno en la carne de muchos. El famoso ejército Teotihuacano, el Búho con Lanzadardos, había llegado aquella noche para matar y capturar a hombres y mujeres y niños en sus lechos. Solo él y su hermano se encontraban, aquella noche, fuera de la aldea. Entre la selva agitada por los gritos de las aves y el rumor de las bestias alarmadas por los invasores,&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;  &lt;/span&gt;los dos hermanos presenciaban como en un abrir y cerrar de ojos los teotihuacanos devastaban Kaminaljuyú. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;El hermano mayor le ordenó que se quedara allí, diciendo, y esto lo recordaba perfectamente, que él debía salvar la aldea y que no lo obligase a salvar también a su hermano menor, y se apresuró entre la selva. Caminó menos de treinta metros hasta que una figura nebulosa, la de un jaguar, emergió de entre la selva y le cortó bruscamente el paso. No tuvo tiempo de reaccionar. En un solo movimiento densas encías, de ojos verdes, de imponente imagen, la uñas negras se clavaron en el pecho y dibujaron una profunda herida diagonal que le alcanzó la parte izquierda de la cara. El ejército, de cuyas filas parecía formar parte aquel Jaguar salvaje, rodeó al hermano mayor que forcejeaba en el suelo con el colosal felino. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;Entre sueños revivió también el menor de los dos hermanos el bochorno de su huída. Los gritos valientes de su hermano que se alzaban sobre los de el ejército enemigo. El fatal destino de su pueblo y la pesada impotencia que lo corroía. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;En mitad de su sueño lo despertó un rumor que percibió idéntico a los cantos de guerra que aquella vez arrasaron su aldea. Trató de moverse pero algo ajeno a él, algo parecido a un pinchazo, lo mantuvo en el suelo y lo mandó de regreso a sus sueños. Logró abrir los ojos una vez más, y ahora se encontró con innumerables cuerpos que lo rodeaban, sintió otros tres pinchazos tranquilizantes en su cuerpo y cerró los ojos ante los dos dardos que se acababan de clavar en su pecho y estómago. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;Entre alucinaciones divinas y escenas de su pasado un largo y denso sueño se fue tejiendo dentro de él, hasta que sintió que sobrevolaba, lejos de aquellas imágenes pasadas o poderosas, una enorme ciudad. Una ciudad divina y eterna y definitivamente vedada a todos los hombres. Dispuesta según las secretas vértebra del cosmos, atravesada de sur a norte por una larga avenida a cuyos lados se extendía un tumultuoso mercado, lleno de ruido y seres que se parecían a los hombres. Luego atravesó una hermosa y grande ciudadela, tejida por miles de viviendas y en el centro de ella un majestuoso templo hecho de infinitas serpientes que se convertían en plataformas de cultos y sacrificios. Estos edificios, pues, flanqueaban la larga calzada por la que los muertos desfilaban en colorida y ruidosa procesión, procesión en la que él sentía que estaba en el centro pero a la vez en todas partes. Recobró el conocimiento por un segundo y se sintió una gruesa cuerda que le envolvía todo el cuerpo. Se vio conducido entre infinitos rostros, entre infinitos muertos que marchaban al Norte, al Sol, a la Luna… Volvió a su sueño y comprendió, con esa extraña química de los sueños, que estaba siendo, por fin, conducido al inframundo, que aquella procesión celebraba llegada y que lo esperaba su hermano al final de aquella larga calzada, y aquello era invariable. Atravesó un río sin que sus aguas lo tocaran, los templos aparecían inagotables y únicamente pudieron ser ideados por una inteligencia cósmica. Al final del largo camino llegó al extremo Norte de aquellas magníficas construcciones de dioses, donde la ciudad se levantaba poderosamente en dos pirámides tan colosales como el Sol y la Luna, que dilataban la tierra hasta las fauces del cielo. Comprendió, entonces, que se trataba de la &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;Ciudad donde los Hombres se vuelven Dioses. &lt;/i&gt;Sintió su carne vibrar con el terror que solo la solitaria presa de un Jaguar podría sentir. Comprendió que sería alimento para los dioses, &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;y nada más… &lt;/i&gt;Era, a estas alturas, un destino, una vez más, invariable. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;Poco o nada podría hacer en su condición, atado, a los pies de la enorme pirámide, rodeado de fuegos y ofrendas y hombres que exigen su sangre, para incidir en aquél destino. Cerró los ojos con arrolladora tranquilidad y, una vez desatado, se postró ante la enorme pirámide y empezó a recitar uno de los códices. Así, sin cesar por un instante las líneas que recitaba, fue conducido solemnemente por las largas escalinatas, hasta la cima de la pirámide, donde un viento tranquilo arrastraba las últimas y débiles luces del ocaso. No abrió los ojos hasta que fue puesto sobre una amplia piedra, tibia y resbalosa. Contempló el ancho cielo púrpura, igual que cualquier otro cielo, desmesuradamente profundo, en el que se deshacía la mirada. Percibió, sin voltear a ver, varias sombras que se movían con siniestro y sagrado ademán en torno a él. Los suntuosos tocados de Jade y huesos y plumas y conchas y las largas pieles inundaron su visión. En el centro, la cabeza disecada de un Jaguar coronaba la cabeza de un sacerdote quien, con un rápido movimiento, se agachó hasta tocar el piso y posar los colmillos del Jaguar ante los ojos de la víctima, para luego, con idéntica rapidez, alzar el denso cuchillo de Obsidiana al cielo crepuscular, rozando la primera estrella que ahí aparecía. Mientras los fuertes brazos sostenían el cuchillo en lo alto fue que el condenado clavó los ojos en la imagen de su verdugo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;No con poco terror, su mirada atravesó el pecho fuerte y abierto, siguiendo el curso de la larga y vieja cicatriz diagonal que lo atravesaba y alcanzaba parte de la cara. Comprendió, con extraño sentimiento, que su hermano había sobrevivido, que seguramente fue llevado a aquella magnífica ciudad y supo, sin duda, deslumbrar a los más sabios con su vasto conocimiento y gran habilidad. Escaló por aquella &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;ciudad en la que los hombres se hacen dioses&lt;/i&gt;, olvidó su pueblo y su pasado, y ahora reinaba o dirigía en aquel otro pueblo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;Un grito, que prefiguró como una vieja adivinanza que el hermano mayor le contaba a cada momento y que se configuraba en lo hondo de su garganta, se vio desvanecido por un ruido gutural y profundo que cesó cuando el cuchillo había abierto completamente el pecho. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;El corazón fue arrojado junto a la pira, todavía palpitante. El cuerpo decapitado rodó lentamente hasta la mitad de las escalinatas. La cabeza cayó, poco después, sobre el polvo, al pie de la pirámide, con el reflejo de las siete Pléyades, posadas en el cenit, deshaciéndose acuoso sobre los ojos bien abiertos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:36.0pt"&gt;&lt;span style="mso-bidi-font-family: &amp;quot;Lucida Grande&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div style="mso-element:footnote-list"&gt;&lt;br /&gt;  &lt;hr align="left" size="1" width="33%"&gt;    &lt;div style="mso-element:footnote" id="ftn"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="mso-footnote-id:ftn" href="#_ftnref" name="_ftn1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;&lt;span style="mso-special-character:footnote"&gt;[1]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:10.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt; 365 días, repartidos en 18 meses de 20 días, más cinco días adicionales llamados Uayeb, formaban el calendario Haab; este, combinada su marcha con el Tzolkín, formado por veinte trecenas o trece veintenas de días y que resultan en 260 días, marcan un ciclo organizado y convergente que inicia cada 52 años o Haabs. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;span style="font-size:10.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="mso-element:footnote" id="ftn"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="mso-footnote-id:ftn" href="#_ftnref" name="_ftn2" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;&lt;span style="mso-special-character:footnote"&gt;[2]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:10.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt; Los Tzitzimimes eran demoníacas estrellas guerreras con terrible apariencia de esqueleto que a cada momento intentaban destruir el mundo y a los hombres. Durante los ocasos y los amaneceres lograban vagar inadvertidas por las tierras y caminos, y cuando había un eclipse sus alaridos cundían el mundo.&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;   &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;span style="font-size:10.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="mso-element:footnote" id="ftn"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="mso-footnote-id:ftn" href="#_ftnref" name="_ftn3" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size: 10.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;&lt;span style="mso-special-character:footnote"&gt;[3]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:10.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt; Nombre con el que los Mayas se referían a la Pléyades y que significa &lt;i style="mso-bidi-font-style:normal"&gt;cola de serpiente de cascabel&lt;/i&gt;. Era el lugar donde pensaban que se había formado el Universo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="mso-element:footnote" id="ftn"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="mso-footnote-id:ftn" href="#_ftnref" name="_ftn4" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="mso-special-character: footnote"&gt;[4]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; &lt;span style="font-size:10.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt"&gt;Palabra maya de la que, se supone, proviene el término Cenote.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;!--EndFragment--&gt;   &lt;p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;!--EndFragment--&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-3863348592262721930?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/3863348592262721930/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/06/la-sombra-del-dios.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/3863348592262721930'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/3863348592262721930'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/06/la-sombra-del-dios.html' title='La sombra del dios'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-3378008474948458723</id><published>2009-04-05T14:44:00.005-07:00</published><updated>2009-04-05T17:17:00.669-07:00</updated><title type='text'>Segunda Parte y Final de la Ficción "Con Sangre y Hermanos"</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;-Pulse &lt;/span&gt;&lt;a href="http://luisbaezp.blogspot.com/2009/03/trascripcion-y-notas-de-un-texto.html"&gt;**AQUÍ**&lt;/a&gt; &lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;para leer la primera parte de este relato-&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(153, 153, 153);" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Segunda entrega:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(255, 0, 0);" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(255, 0, 0);" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;“El largo camino al triunfo y los fuegos que avivan la lucha”&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;29 de septiembre de 1978&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;Mañana&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Esos compañeros que caen son llamas que se van encendiendo en lo denso del bosque negro que la dictadura cierne sobre la patria, chamuyaba Reinaldo, como queriendo ensayar una suerte de rapto místico que escuchó de algún compa. Cada muerto es un fuego que aviva la lucha.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Pero quiere huevo estar enterrando a los bróderes…, replicó otro que estaba ahí. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Pues la lucha es dura; ahora el muerto fue él, pero podrías &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;ser vos, o yo, el día de mañana; porque todos arriesgamos la sangre para regar el largo camino que nos llevará al triunfo. Mirá, no podemos ahuevarnos porque nos joden; ahorita concentrémonos en lo que estábamos, dijo Reinaldo, ya con otro tono. Además, ve…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Mientras Chema se acercaba, Reinaldo lo señalaba con un leve movimiento de cabeza.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Puta, bróder..., replicaba el otro, mientras doblaba la visera de la gorra verde olivo y negaba con la cabeza. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Bueno, ya avisaron que vienen desde anoche por vereda, no deben tardar en caer… ¡Chemita! ¿Cómo vamos, hermanito?, le decía Reinaldo, mientras le echaba un brazo al hombro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:14;"&gt;Y la sangre le hervía&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;29 de septiembre de 1978&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;Madrugada y mañana&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Anoche le cayeron por todos lados. Mientras unos se bajaban del jeep con las luces apagadas, otros se escondían bajo las gradas de una casa, y otros tres guardias subían por un poste de luz, en la esquina opuesta a la que Chentón se dirigía. Le montaron la redada y para cuando lo tenían acorralado sobre el techo de &lt;st1:personname productid="la Casa" st="on"&gt;la Casa&lt;/st1:personname&gt; del Obrero, cerca del Parque Central, a eso de las tres y media de la mañana, ya había salido mucha gente a las puertas de su casa a asomarse. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Eran como quince guardias, armados todos, rodeándolo. Ordenaban a las personas regresar a sus casas y metían a culatazos a algunos. “¡Qué barbaridad!”, gritaba una señora, “¡Lo van a matar! ¡Si es de la edad de mi hijo!”, alegaba otra. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Eso sí, era un santo el bróder aguantando el martirio; dicen que antes de matarlo le acribillaron los brazos y las piernas, de a poco, hasta que el plomo convirtió la carne en una masa viscosa y temblante. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;La mirada de Reinaldo, mientras pronunciaba esas palabras, se extraviaba; quizá porque percibía la esencia misma de su destino, o porque a todos (desde los que acompañamos a los muchachos de largo y seguimos con gran respeto y admiración su lucha, hasta los que están más inmersos en ella) nos aterra pensar que algo si nos podría pasar, y pronto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Mientras lo rodeaban, Chentón, que parecía que nunca le hubiese tenido miedo a nada, simplemente no reaccionaba. Se había, y lo habían, preparado para esto. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;En un pueblo de menos de mil quinientos** habitantes, en el que &lt;st1:personname productid="la G.N." st="on"&gt;la G.N.&lt;/st1:personname&gt; tenía sus cuarteles y comandos precisamente para prevenir levantamientos, optar por una&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;insurrección solitaria siempre era un peligro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Mientras Reinaldo relataba aquello, su tono iba bajando; era como si la sangre de su compañero, que había estado hasta entonces en la retórica revolucionara, bañando los largos caminos que conducirían al triunfo y siendo combustible para la lucha, hirviera ante él. Como si esa sangre se materializase, se volviera real o, lo más extraño, como si antes no lo hubiese sido. Retomando su rapto místico, agregó:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–No soltó un ni un grito… solamente el ¡PATRIA LIBRE!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Chentón, que era un diablo corriendo por los techos, dobló sus rodillas aquella noche sobre las tejas de &lt;st1:personname productid="la Casa" st="on"&gt;la Casa&lt;/st1:personname&gt; del Obrero. Me imagino (y pude luego confirmar a través de testigos) que se trataba de una escena impactante: toda la manzana rodeada por guardias, un comando de ocho ya andaba sobre el techo; Chentón sólo veía a tres. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Primero fue la resistencia. Le rompió la nariz de un puñetazo a uno de los milicos, e inmediatamente, medio a gatas y medio arrastrado, trató de huir. No más de cinco metros después lo cercaron. Se puso en pie y fue como si la vida, al menos por ese instante, le hubiese regresado de golpe. Fuera del trance combativo, fuera de las historias que ya empezaban correr acerca de él, en las que el protagonista bien podría ser el propio Aquiles; sin una casa de seguridad, un escondite o una quebrada a la vista; sólo quedaba el muchacho de 17 años, con el rostro imberbe y tembloroso bajo la capucha negra. Un pibe al que le gustaba jugar béisbol y perderse en su bicicleta por aquellos caminos hasta que, gracias al azar, llegaba a un cruce desconocido del río. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Chema estaba petrificado, no lo creía. La sentencia “a tu hermano lo mataron” tenía, en ese momento, el mismo peso que la de “buenos días” o “el partido quedó cuatro a tres”.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Mientras interrogaba las caras huidizas de los otros compañeros, la muerte de Chentón fue ciñéndose sobre Chema, que tenía 14 años y quería ser como su hermano.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–¿Qu… qué? ¿Co… cómo?&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;¿Dónde? –la sangre le hervía. La reacción era más un odio sin destinatario, que la desgarradora tristeza que no tardaría en inundarlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Los pensamientos pasaban o demasiado rápido o demasiado lento, no estaba seguro, pero sí&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;muy vehementes. El muchacho de 17 años estaba solo, tembloroso y de pie sobre el techo de tejas, cubierto por un manto de sudor que lo lamía y le provocaba sensaciones lejanas: la caricia de su mamá cuando caía enfermo; el mordisco que le pegaba a un marañón bien maduro, mientras sentado sobre el muro del cementerio buscaba pájaros para cazar, recuerdo que, inexplicablemente, lo acompañó hasta ese último momento. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Un chavalo de 17 años que, más allá de unas vagas nociones acerca de una libertad difusa –que, como dios, era hecha a la justa medida de cada quien&lt;/span&gt; —&lt;span class="postbody"&gt;,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;no sabía por qué, pero sí contra qué luchaba. Sí sabía que ahora, solo y rodeado por los guardias, parado sobre el techo de teja, con la luna poniente a su espalda, no podía esperar una gran variedad de destinos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Mientras Chema oía todo aquello, pensaba en su mamá, en que no iba a aguantar la noticia, en que no quería ser él quien se la diera, pero no había otro. Era eso o esperar, si es que no había pasado ya, que algún vecino, o la propia guardia, le fuese a pedir que reconociera el cuerpo. En todo caso el tacto no vale de nada a la hora de dar estas noticias. Tanto vale decir “tu hijo se murió” como “se reunió con el señor”, o “su sangre riega el camino que nos llevará al triunfo”. El hecho es que estaba muerto y el mundo, y nosotros, que ya no ocupamos un lugar en su persona, lo queríamos de regreso, y nada más. ¿Qué sería el triunfo?, se le cruzó también por la cabeza. Todos los pensamientos oscilaban y se batían a duelo, pero siempre con la imagen del hermano, de ellos cazando pájaros con la tiradora sobre el muro que ahora lo acogía bajo su sombra.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;No me fueron revelados mayores detalles sobre el momento en que los “compas”&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;llegaron a reunirse con los muchachos. Sí sé que fue en ese mismo lugar, atrás del cementerio y en las quebradas del basurero, que se pusieron de acuerdo. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;También sé que inmediatamente estallaron los primeros combates en el pueblo, y que varios de los muchachos, como Reinaldo, cayeron esa misma tarde con la pañoleta rojinegra cubriéndoles la cara. Cuando triunfe la revolución (probablemente mi ya avanzada edad no me permita ser testigo de aquello), seguramente se hablará de ellos cómo forjadores de la libertad; posiblemente sobre el campo de béisbol del barrio, que ellos mismos rozaron y rayaron con cal, se levante un estadio con sus nombres.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Supe que Chema se identificó como hermano de Chentón y se sumó (empujado por un muy sincero odio que lo cegaba y por la fijación de cobrarse esa muerte), desde ese día, a la lucha. Cuando los compas supieron de la muerte de su mejor colaborador en el pueblo, y uno de los combatientes más temidos de la zona, no pudieron rechazar la colaboración de su hermano. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Chema se entregó a la lucha. La última vez que lo vimos fue en el entierro de Chente, que se hizo unas dos semanas después,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;cuando la familia recuperó los restos; caminaba a los tumbos entre las cruces, luego como que desapareció, porque ya la guardia lo andaba buscando. Me enteré que Chema iba enrumbado hacia un operativo en los cafetales y lo alcancé mientras giraba tras un mausoleo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Chema… vení mañana que yo te banco, pibe, le dije, incapaz de disimular un quiebre en la voz.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Chema se detuvo, me miró de frente, me pegó un empujón en el pecho, para después apretarse contra mí y por un segundo ahogar un alarido que sentí vibrar en la médula del alma. Se limpió la cara (tan violentamente, que parecía querer borrarla) con la &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;parte baja de la camiseta. Su mirada era como la de alguien que ya había vivido demasiado. Llevaba dos semanas con los compas y la expresión era la de un llano trance, como de un entumecimiento del alma. Chema y Chente, de 14 y 17 años respectivamente, eran&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;personas ejemplares; hasta hace algún tiempo, los dos iban a clases por las mañanas y por las tardes inventaban cualquier cosa para llevarle plata y comida a su mamá. Cortaban las naranjas del palito que se encontraron por el cementerio y cuidaron por varios meses y, cuando había cosecha, salían en sus bicicletas con un cuchillo a venderlas, partidas por la mitad o peladas, con una tapita en el tope o en gajos. En el barrio todos los querían porque siempre ayudaban a todo mundo con sus quehaceres y mandados. Eran unos niños, a los que no me atrevo a llamar niños.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Chema lanzó una mirada repleta de odio. Le pregunté si lo podía ver para invitarlo a comer. Aceptó, con la condición de que le llevara la chaqueta que su hermano había dejado en la casa, y me prohibió terminantemente mencionar el lugar donde nos vimos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:14;"&gt;Se la habían regalado los compas&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-size:14;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;b style=""&gt;12 de octubre de 1978&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;b style=""&gt;Anochecer&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Era una chaqueta militar, de tela verde olivo; se la habían regalado los compas. La tenía metida en una bolsa negra en medio de un cerrito de abono, en una esquina del patio. La chaqueta tenía la sigla FSLN escrita con marcador sobre el bolsillo&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;derecho, y una gruesa franja de tela rojinegra, sostenida con un nudo y gasillas a la manga izquierda.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Era de buena calidad, aguantadora. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;La noche anterior, mientras mis anfitriones dormían, fui y la tomé; no pensaba que hiciera mal porque quién podría ser más merecedor de aquella reliquia que Chema. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Me dijo que no podía hablar mucho. Aquel Chema que me llevó, hace ya un par de años, a conocer la salida al mar por los caminos del río; aquel chavalo que silbaba alegre, trepando rocas y bajando quebradas, no parecía el hombre sombrío y misterioso que tenía en frente. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Me habló del triunfo, que estaba lejos, que sólo la lucha insurrecta del pueblo acercaría aquel triunfo. Estaba más flaco, abatido, como dejado ir. Mencionó cosas sobre un operativo al que se estaba sumando, que iban por cafetales y potreros, que necesitaban mover unas armas y servir de refuerzos a los compañeros que luchaban en el pueblo hacia donde se dirigía aquella columna, y que nunca se supo cuál era. Me hablaba de todo aquello, mientras los quiebres de su voz iluminaban fugaces trozos de sí mismo. No me preguntó por su mamá, no tenía el valor; notó que me disponía a hablarle de ella, me arrancó la chaqueta bruscamente y dijo algo que no pude entender. Cuando se iba a marchar lo llamé para darle alguna plata. Tras tomarla, se largó. Creo que todos estábamos conmocionados por la muerte de Chente. No niego que al verlo largarse mi angustia se duplicó de golpe; me hubiese gustado, al menos, (…)&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=3378008474948458723#_ftn1" name="_ftnref1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[1]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:16;"&gt;II&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:10;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;i style=""&gt;Madre ponme en la chaqueta las medallas&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;i style=""&gt;Los zapatos ya no me los puedo poner&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;b style=""&gt;La casa desaparecida&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;Fito Páez&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:10;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;b style=""&gt;Nota preliminar a la última hoja del relato de Ernesto Castellano&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Debo a una extraordinaria suerte de azar, y a un vendedor de libros usados, el increíble hallazgo de las últimas dos hojas del relato de, ahora sé, Ernesto Castellano Ojeda, antiguo periodista independiente de Buenos Aires y corresponsal para varias agencias en ese país, quien una vez retirado de su oficio se dedicó a escribir relatos de no ficción. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Nunca supe de dónde conseguía los libros este vendedor y lo último que le había comprado era un ejemplar&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;del Teatro Completo de Antón Chejov, en pasta de cuero, a sesenta córdobas, y los dos tomos de &lt;st1:personname productid="la Editorial Nueva" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Editorial" st="on"&gt;la Editorial&lt;/st1:personname&gt; Nueva&lt;/st1:personname&gt; Nicaragua de las obras completas de Carlos Fonseca Amador, a veinte cada uno. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Un día me lo encontré de casualidad y me dijo, muy animado, que andaba algo y me estaba buscando para enseñármelo. De su mochila sacó, envuelto en una bolsa negra, varios documentos y libretas encuadernados artesanalmente con cordones cafés de botas militares y remaches de botones. Me dijo que se trataban de anécdotas&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;e historias de los combatientes en la revolución. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Me los pasó y al agarrarlos noté cómo la cubierta se desmoronaba con el tacto. En las primeras páginas encontré una carta para una tal compañera Sara, firmada por &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;J. L. B.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;(¿Sería José Lorenzo Balladares?), el volumen “hechizo”, además, contenía páginas de diarios de combatientes, recortes de periódicos, folletos, fotos, papeles, notas, cartas, todo del tiempo de la revolución y la insurrección. Casi al final, y de casualidad, como atraída por un imán, mi mirada se fue hasta una línea en la que se leía: “…varias descargas de plomo le iban destrozando primero la pierna izquierda, luego el brazo derecho, hasta que entre lamentos y alaridos el cuerpo de Vicente “Chentón” Molina, que era un diablo corriendo por los techos, se iba convirtiendo en una masa temblorosa de sangre y carne…” &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Disimulé mi asombro. Sobre la hoja cuadriculada se leía el final del relato y al pie, la firma de Ernesto Castellano Ojeda. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Negocié con el vendedor y adquirí el libro por treinta córdobas. Me fui con una alegría que no me cabía en el pecho. Cuando llegué a mi casa y me dispuse a transcribir el final del relato, descubrí que los textos estaban agrupados en una especie de libreta, dentro del libro artesanal, y que la libreta contenía varios escritos de Ernesto Castellano Ojeda, que relataban diferentes episodios del diario vivir del pueblo de Nicaragua, en su segunda estadía, desde 1975 hasta su muerte en una trinchera del norte del país, el 20 de mayo de 1979, junto a guerrilleros sandinistas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;L.Báez/27.diciembre.10&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Última Página&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;(No niego que al verlo largarse mi angustia se duplicó de golpe; me hubiese gustado, al menos,) despedirme de él apropiadamente. &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;En esos días, todo mundo sabía lo que pasó con Chente, y la versión era cruda: después que lo rodearon, un guardia le quebró varias costillas a culatazos. En el piso le quitaron la capucha y le dieron tres culatazos más, que le destrozaron un pómulo y le arrancaron varios dientes. La gente gritaba y algunas señoras lloraban alborotadas. Fue un bullicio aquello. Lo agarraron y lo fueron a matar cerca de su casa. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Algunos de los muchachos aseguran haberse escondido entre los matorrales aquella noche, y presenciaron cómo varias descargas de plomo lo iban destrozando. Primero la pierna izquierda, luego el brazo derecho, hasta que entre lamentos y alaridos el cuerpo de Vicente “Chentón” Molina, que era un diablo corriendo por los techos, se iba reduciendo a una masa temblorosa de sangre y carne. Lo quemaron y echaron en un hoyo, todavía vivo y cubierto de llamas. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:14;"&gt;En un enjambre de cables&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; color: rgb(51, 255, 255);" align="right"&gt;&lt;b style=""&gt;Entre el 14 y el 22 de octubre de 1978&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;De Chema tuve noticias un par de meses después. Lo encontraron en un basurero, desbaratado, irreconocible, envuelto en la chaqueta de su hermano, con un dije de su mamá en el bolsillo. Yo tenía un par de días de haberme ido del pueblo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Lo que he logrado saber es que, al cuarto o sexto día de aquel operativo, hubo enfrentamiento con la guardia en los cafetales. Varios murieron en ese lugar, otros huyeron. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Logré hablar con dos de los que andaban con Chema. Lo que me contaron no dejó de estremecerme hasta el llanto. La vida es dura precisamente porque está llena de bellezas efímeras. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;El oficio me ha llevado a conocer extraordinarios ejemplos de vida; las pérdidas se acumulan y el dolor de cada una tiene su propio peso. Chema y Chente fueron para mí como hijos, como hermanos, como un negativo de mis cobardías. Fueron mis amigos.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;En mi patria decimos: “desde que se inventó el &lt;i style=""&gt;bufoso,&lt;/i&gt; se acabaron los &lt;i style=""&gt;guapos”, &lt;/i&gt;aquí todo lo contrario. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Me dijeron que Chema era bastante impulsivo, le costaba obedecer de inmediato las órdenes, por lo que no se había logrado ganar la plena confianza de la columna. En el ardor del combate decidió subir a una torre de electricidad. Con el Fal al hombro trepaba y, sobre su cabeza, el enjambre de cables de electricidad ofrecía un cielo segmentado. Ya encaramado bastante arriba en la torre, la punta del Fal se le enredó en un cable de alta tensión. Las chispas atrajeron la atención de los guardias. Chema cayó y se fracturó la columna y el hombro. Todo su costado, la cara y parte de la pierna estaban quemados, en carne viva. Respiraba aún. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;Dos compañeros lo trataron de llevar, junto a un grupo que huía, pero unos guardias los capturaron casi de inmediato. Los condujeron a una finca y los mataron. Cuando encontraron el cuerpo de Chema, envuelto en la chaqueta, se escuchó decir:&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;-¡Si es que es un diablo el Chentón hijueputa! Esos guardias lo van a tener que matar mil veces más… &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;No he podido regresar al pueblo y explicar la cuestión de la chaqueta. Quizá por temor, quizá por cierta culpa que me atormenta muy en lo hondo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:14;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:14;"&gt;Ernesto Castellano Ojeda&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;13 de mayo de 1979&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="color: rgb(51, 255, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Algún lugar de las montañas de Nicaragua&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; color: rgb(51, 255, 255);" align="center"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(51, 255, 255);" class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div style="color: rgb(255, 255, 255);"&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;br /&gt;&lt;hr align="left" size="1" width="33%"&gt;  &lt;!--[endif]--&gt;  &lt;div style="" id="ftn1"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=3378008474948458723#_ftnref1" name="_ftn1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[1]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt; Aquí termina la última de las páginas que encontré; al menos los detalles referentes a la muerte de Chentón fueron bastante esclarecidos por el autor. Sobre el destino de Chema, del que nada se sabe, sólo resta conjeturar. Nota del Transcriptor.&lt;/span&gt; &lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-3378008474948458723?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/3378008474948458723/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/04/segunda-parte-y-final-de-la-ficcion-con.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/3378008474948458723'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/3378008474948458723'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/04/segunda-parte-y-final-de-la-ficcion-con.html' title='Segunda Parte y Final de la Ficción &quot;Con Sangre y Hermanos&quot;'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-6924926350261361635</id><published>2009-03-22T18:41:00.009-07:00</published><updated>2009-04-05T17:12:49.818-07:00</updated><title type='text'>Primera Parte de la Ficción "Con Sangre y Hermanos"</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Con Sangre y Hermanos&lt;/span&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;b style=""&gt;Trascripción de un texto inédito de Ernesto Castellano Ojeda&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftn1" name="_ftnref1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[1]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;i style=""&gt;Ni se tiñe con sangre de hermanos&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;i style=""&gt;Tu glorioso pendón bicolor&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Himno Nacional&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Salomón Ibarra Mayorga&lt;/span&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;Nota Preliminar&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftn2" name="_ftnref2" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[2]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftn3" name="_ftnref3" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[3]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;No hace mucho me distrajo el hallazgo (entre papeles viejos de la familia) de varias páginas cuadriculadas, en las que se registraron –a golpe de máquina— los acontecimientos, hasta ahora oscuros, que rodean &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;la captura y asesinato del legendario combatiente popular Vicente “Chentón” Molina, la madrugada del 28 de septiembre de 1978.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Sobre el autor de la crónica (que he copiado y ahora presentaré), solo puedo conjeturar que se trata de un periodista (como varios, que cubrían la lucha del pueblo nicaragüense contra la dictadura de aquellos años), o un escritor literario (por el matiz estético y la estructura narrativa con que trata la crónica), quien cubría la lucha desde distintos poblados, comarcas y ciudades del sudoeste del país, durante la insurrección y ofensiva final del 78 y 79. Varios aspectos de la crónica podrían dar a pensar que el autor sea un extranjero, aunque por su dominio del español y familiaridad con algunos términos locales debe tratarse de un latinoamericano. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Inútilmente he interrogado a familiares, amigos que se dedican al estudio de la historia, y escritores sobre la procedencia de este legajo. De algunos conocidos, que fueron combatientes en la zona, he logrado rescatar un par de anécdotas empapadas en la mística popular revolucionaria de aquellos años y que hablaban de “Chentón”, protagonista de la crónica, de quien se decía que tenía el poder de convertirse en mil jejenes para diluirse en la noche; de estar, como muchos combatientes de la época, en más de un lugar a la vez; y de tener varias vidas que se manifestaban en numerosos cuerpos idénticos en distintos momentos, como un gato negro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;Algunos datos descritos a lo largo de la historia nos sugieren que el pueblo donde se desarrollaron los hechos&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;es la ciudad de Jinotepe, aunque bien pudo tratarse de Diriamba o de Dolores, que se comunican por caminos muy, similares a los descritos por el autor, con el cementerio y el basurero que tenían por entonces en común con Jinotepe, caminos a su vez conectados con las playas del Océano Pacífico. Por otro lado, algunos nombres propios de lugares o descripciones, como el barrio San Dulcino, la finca Santa Cecilia, las torres de electricidad en algunos puntos del recorrido, y otros detalles, hacen que el contexto no coincida con ninguno de los lugares anteriormente conjeturados, aunque no podría tratarse de otra zona que no fuese el departamento de Carazo, escenario de las fabulosas hazañas del legendario Chentón. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;L.Báez/03.abril.09&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;“Son locuras…va a ver que no dilato” &lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftn4" name="_ftnref4" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[4]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;29 de septiembre de 1978&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;Hacia el amanecer&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftn5" name="_ftnref5" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[5]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;La luz brotaba de la tierra de a poco, como todas las madrugadas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Las persianas de madera entreabiertas segmentaban los rosas y ocres del alba, las cortinas volaban dentro del cuarto, ralas, casi sangrantes. La llama del candil oscilaba y desvanecía algunos rasgos de la cara, mientras revelaba otros: los ojos entreabiertos, desorbitados. Un fluido tembleteo en el cuello y las manos. Un enjambre de muertos batiéndose bajo el catre, el plexo tensado por millares de cables como sosteniendo infinitas atmósferas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Despertó a eso de las cinco. El día apenas vertía una pálida franja rosa en el cielo y sobre los techos de tejas. Fue como si la madrugada no hubiese pasado. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;José María Molina tenía para entonces catorce años. En el barrio San Dulcino&lt;/span&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftn6" name="_ftnref6" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[6]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="postbody"&gt;, o El Cementerio, como todo mundo le decía, lo llamaban “Chema Pacuzo”. Vivía con su mamá y compartía cuarto con sus tres hermanos. Después de Chente, él era el mayor. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Esa mañana se levantó y, medio dormido, caminó entre los otros catres, apartó la cortina y salió a la sala: cuatro pollitos picaban sobre el piso de tierra compactada; los dispersó bruscamente y recogió el balde lleno de basura, lo puso junto a la puerta y se fue al traspatio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;– ¿Ya vas a ir a botar la basura?, le preguntó la mamá mientras tiraba unas cebollas y chiltomas al aceite hirviendo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Sí, contestó Chema inclinándose sobre su reflejo en la pileta del lavandero, con la cara mojada y las manos hechas un cuenco, llenas de agua. Para regresar temprano, porque tengo que ir a clases.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Bueno, pero no te vayás a quedar de vago con esos locos. Mirá que tu hermano no vino a dormir anoche, así que vos no me estés dando más preocupaciones, por favor, dijo la mamá. Ahí me vinieron a decir que andabas engavillado con los que tiran las bombas…, el tono con que hablaba era más de súplica que de reprensión.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–No, tranquila mama, son locuras… va a ver que no dilato.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Se secó la cara con la parte de abajo de la camisola, se puso las chinelas y salió con el cubo lleno de basura.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;A esas horas en el pueblo no había un alma. Pasaba el carretón de la leche como a las cuatro y media, y ya varias señoras se quedaban despiertas, otras salían al molino con las bolsas de maíz pujagüa y el cacao. Después de las cinco y media las ramas de las escobas y las panas de agua levantaban nubes de polvo desde las aceras y los patios. Digo, hay gente, pero es como si no hubiera un alma, como si a esa hora el pueblo apenas se estuviese configurando ante las personas que, distraídas por sus quehaceres, no ponen atención, al menos en este momento del día, a lo que pasa y a los que pasan a su alrededor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:14;"&gt;“Si estamos faltando tanto a clases, nos quiebran”&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;29 de septiembre de 1978&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;Mañana&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Chema salió de su casa y se detuvo en la esquina. Al otro lado de la calle, en el cuadro de béisbol, sobre la línea donde se empieza a desdibujar la grama y la tierra seca queda descubierta, ocho figuras de polvo cabriolaban desnudas bajo la luz temblorosa de la luminaria. Los gallos que las originaban eran como un génesis de plumas en llamas destrozándose contra los costados, uñas batiendo tierra y polvo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Tomó hacia el sur. Luego de dos cuadras, en la esquina del cementerio, se topó con Julio, que desde largo lo venía saludando con un movimiento de cabeza y una sonrisa, mientras separaba el cuerpo de la montura de la bicicleta y se paraba de puntillas sobre los pedales.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;-¿Fuiste a clases ayer?, preguntó Julio, mientras frenaba y una nube de polvo cubría sus rodillas &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Sí, suspiró Chema con cierta molestia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–¿Y entregaron la tarea de español?, continuó Julio, mientras agarraba la porrita de frijoles cocidos que colgaba del lado derecho del manubrio y la ponía en el izquierdo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Sí, y estaba encachimbada la vieja porque no llegaste y te tocaba el aseo… sos fresco vos, no ves que si estamos faltando tanto a clases nos quiebran, replicó Chema, con tono grave .Ya tiene colorado al barrio la guardia. Va y les dicen que son unos chavalos los que andan tirando las bombas. Qué les cuesta irse al instituto a ver quiénes fueron los que no llegaron tal día a clases… y más con&lt;span style="color:red;"&gt; &lt;/span&gt;el cachimbo de orejas que hay aquí…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Sí, hombre, son unos “riñones” esos hijueputas. Mirá, ayer andaba la guardia preguntando quiénes eran los que estaban poniendo los sacos de arena. Adiviná dónde fueron primero a averiguar… donde el viejo Tulio, &lt;/span&gt;ya sabía yo que ése era el que nos andaba “bombeando”. Ahí no más fue que se llevaron a Goyo y al Chele. Pero fijate que doña Margarita salió a hacer el alboroto, a defender a los bróderes, para que no se los llevaran&lt;span style="color:red;"&gt;…&lt;/span&gt; yo hasta creía que era somocista la vieja.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Pues quién sabe, creo que nos “chabeliaron”, dijo la voz de Chema. Yo digo que eran infiltrados esos hijueputas. Quedaron de venir anoche... y nosotros en la ponedera de sacos, tirando la bomba jodida en la esquina ésa, los botiquines hechos en las casas. Rico nos van a quebrar a todos…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–No, hombre, vas a ver que no. ¿Si no viste que eran los legítimos? Elegantes los majes con sus capuchas, de verde olivo, cada uno con su Fal encima. Clase mística, cómo te hablan… todos son compañero aquí, compañero allá, el porvenir… vas a ver a esos guardias mierdas, les va a salir la virgen. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Bueno, ojalá… ¿ahí está la gente ya?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Sí, para allá iba Reinaldo con los chavalos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Ah, bueno…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;–Ve, hice una pelota de trapo nueva, para que boliemos en la tarde… decile a los majes, gritó Julio, mientras Chema se alejaba caminando y asintiendo bajo la tenue sombra del muro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Chema conocía a la perfección esos caminos que empezaban como uno solo a la par del muro norte del cementerio y que se bifurcaba hasta lo casi laberíntico. Sabía que tomando la derecha en&lt;span style="color:red;"&gt; &lt;/span&gt;el primer cruce, como a veinte minutos en bicicleta, estaba Aragón. Que siguiendo ese camino, después de unas torres de electricidad, como a quince minutos de El Ojo de Agua, despuecito de cruzar los potreros de la finca Santa Cecilia, se llegaba al río, que por sus meandros daba la impresión de ser muchos ríos a lo largo del camino. A través de bosques, fincas, potreros y comarcas rurales, la tierra desnuda se abría paso hasta fundirse con la arena de las costas del Pacífico.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Perpendicular al inicio del camino, el muro oeste del cementerio, de casi tres metros, se empotraba sobre una especie de desfiladero que agregaba unos cinco metros a su altura.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Al pie del desfiladero y sobre una depresión plana se extendía el basurero, maculado aquí y allá por majestuosos zopilotes que sin levantar vuelo batían sus alas entre los desperdicios.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Bajo la sombra del muro, cubierto por unas ramas, estaba Reinaldo, segundo contacto, después de Chente, con los compas; lo acompañaban tres más de los muchachos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Cuando Chema llegó, Reinaldo hablaba a lo lejos con tono grave, pero frío. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style=";font-size:14;color:red;"  &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style=";font-size:14;color:red;"  &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style=";font-size:14;color:red;"  &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:14;"&gt;Anoche fue de luna llena y ley marcial&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftn7" name="_ftnref7" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[7]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;span style="font-size:11;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;28 y 29 de septiembre de 1978&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;b style=""&gt;Noche y madrugada (respectivamente)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;La noche en el pueblo era oscura, pero cuando había luna se podía andar tranquilamente hasta por el camino más recóndito. Las pocas luminarias que funcionaban iluminaban las esquinas del parque central, la alcaldía y el atrio de&lt;span style="color:red;"&gt; &lt;/span&gt;la iglesia. De las verjas del extremo norte del templo, amarrados con mecates, grandes pliegos de plástico negro se estremecían con el viento, y así el mercado municipal se extendía, con un nervioso crepitar, hasta los límites del pueblo.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Desde el inicio de la ley marcial y el toque de queda no se volvieron a ver las parejas sentadas en las bancas del parque, tampoco los señores comiendo maní en cartuchos de papel&lt;i style=""&gt; &lt;/i&gt;kraft&lt;i style=""&gt;, &lt;/i&gt;rodeados por trozos de cáscaras. Sólo pasaban, difusas a través de las persianas de las casas, las luces del jeep de la guardia y los megáfonos que anunciaban el toque de queda. &lt;span style="color:red;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;span style="color:red;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;El paso de la noche del jueves 28 de septiembre a la madrugada del viernes 29 fue de luna llena, y en ese lapso ocurrió la captura y el asesinato ( ejecutado por esbirros de la guardia nacional) del combatiente popular Vicente “Chentón” Molina, de 17 años. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;“Si ves que un trozo de noche se menea, y de ahí empieza a salir fuego, &lt;span style="color:red;"&gt;ése&lt;/span&gt; es Chentón&lt;span style="color:red;"&gt;… &lt;/span&gt;y mejor que no esté la guardia cerca, porque les llueve&lt;span style="color:red;"&gt;…”,&lt;/span&gt; &lt;span style="color:red;"&gt;decía&lt;/span&gt; la gente, no con poca admiración. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Bombas de contacto y cócteles molotov llovían sobre los jeeps y cascos de los guardias, que entre el terror y asombro salían despavoridos dejando algunas veces sus armas o quedando gravemente heridos en el lugar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Una vez tuve oportunidad de escuchar sobre los garands que iba recuperando y enviando a los compañeros que libraban la lucha en Diriamba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Seguramente anoche la luna proyectaba la sombra ancha y uniforme del muro que da al traspatio de la panadería, desde donde el bulto negro cruzaba, rápida y reiteradamente, de una esquina a la otra, tejiendo un enjambre de cables, en los que la luna diluía finos hilos de luz, que desaparecían por un lado para aparecer por el otro. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;En la cuadra siguiente, un grupo de tres muchachos con cócteles molotov y bombas artesanales de pólvora esperaba la señal. Chentón, todo de negro, trepó por el muro oscuro de la panadería y pegó el silbido&lt;span style="color:red;"&gt;;&lt;/span&gt; acto seguido, los vidrios de las botellas estallaron&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;liberando las llamas de la gasolina y el aceite sobre el asfalto en la calle siguiente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Mientras corrían, los muchachos tiraban las bombas de pólvora cerca del fuego para hacer ruido. El jeep no tardaba en subir, los milicos&lt;/span&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftn8" name="_ftnref8" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[8]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="postbody"&gt; vociferaban mientras eran atraídos hacia el fuego. En cuanto cayeron en la trampa, Chentón los destrozó con bombas de contacto, desde los tejados. &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Esa noche hubo refuerzos. En lo que Molina&lt;span style="color:red;"&gt; &lt;/span&gt;huía, otro jeep daba la vuelta, con las luces apagadas y por la esquina opuesta. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Era un diablo corriendo en los techos. Se escuchaba el alboroto de las pisadas y de repente se diluía, literalmente, entre la noche.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="postbody"&gt;Chentón conocía&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;de cabo a rabo los recovecos de la zona, sobre todo los del cementerio y sus quebradas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;br /&gt;&lt;hr align="left" size="1" width="33%"&gt;  &lt;!--[endif]--&gt;  &lt;div style="" id="ftn1"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftnref1" name="_ftn1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[1]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; El título original “Con Sangre de Hermanos/ Crónica de los últimos momentos de Chentón Molina” fue modificado por el Transcriptor, antes de publicar esta segunda edición del texto, corregida y completada, el 23 de abril de 2011. El epígrafe fue añadido luego de esta modificación.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Nota del Editor.&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="" id="ftn2"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftnref2" name="_ftn2" title=""&gt;&lt;/a&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[2]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span class="postbody"&gt;El lector puede saltar esta nota sin ningún riesgo. Nota del Transcriptor. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="" id="ftn3"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftnref3" name="_ftn3" title=""&gt;&lt;/a&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[3]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; Esta nota acompañaba la versión incompleta de la crónica (END, 20-24/11/2009), el Transcriptor optó por conservarla en esta nueva edición. Nota del Editor.&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="" id="ftn4"&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftnref4" name="_ftn4" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[4]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; &lt;span class="postbody"&gt;&lt;span style="font-size:10;"&gt;Primera parte de la crónica de E.C.O., donde se logran rescatar algunas descripciones del pueblo y se conoce un poco sobre el contexto en que vivía el legendario combatiente Vicente “Chentón” Molina durante sus años de lucha, y&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;de quien, según la reconstrucción histórica popular, se encontraron dos cadáveres: el primero a la vista de todos, en el techo de la casa del obrero de Jinotepe;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;el segundo desaparecido por &lt;st1:personname productid="la G.N." st="on"&gt;la G.N.&lt;/st1:personname&gt; en los cafetales de Jinotepe y San Marcos, y luego encontrado e identificado por su chaqueta verde olivo con la sigla FSLN escrita con marcador en el bolsillo izquierdo y por el dije con la foto de su mamá, en el basurero de Jinotepe. Esta primera parte del documento lanza acaso una pálida luz sobre los acontecimientos cercanos a sus experiencias en combates anteriores, en la ciudad de Diriamba. Nota del Transcriptor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="" id="ftn5"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftnref5" name="_ftn5" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[5]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Las fechas no indican el día en que los textos fueron redactados, sino los momentos en que sucedieron los hechos relatados. Nota del Transcriptor.&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="" id="ftn6"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftnref6" name="_ftn6" title=""&gt;&lt;/a&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[6]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;Según una conjetura que me formuló Carlos Zeledón, luego de que le mostré el texto original, bien se podría tratar del barrio San José de Jinotepe. Su nombre pudo ser cambiado por el autor, como en un juego de sutiles paralelismos históricos con los levantamientos en &lt;st1:personname productid="la Europa" st="on"&gt;la  Europa&lt;/st1:personname&gt; del S. XIII, dirigidos por fray Dulcino y los Dulcinistas. Nota del Transcriptor.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="" id="ftn7"&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftnref7" name="_ftn7" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-size:10;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[7]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; &lt;span class="postbody"&gt;&lt;span style="font-size:10;"&gt;Donde el autor, a partir de relatos de testigos de los hechos y de lo que recopiló a través de gente del pueblo, en los días posteriores al asesinato de Chentón, reconstruye los momentos previos a su captura.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size:10;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="" id="ftn8"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4417403642911418897&amp;amp;postID=6924926350261361635#_ftnref8" name="_ftn8" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;[8]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Milico: argentinismo para guardia o militar. Nota del Editor.&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-6924926350261361635?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/6924926350261361635/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/03/trascripcion-y-notas-de-un-texto.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/6924926350261361635'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/6924926350261361635'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/03/trascripcion-y-notas-de-un-texto.html' title='Primera Parte de la Ficción &quot;Con Sangre y Hermanos&quot;'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-1338856236439933355</id><published>2009-03-22T17:40:00.003-07:00</published><updated>2009-03-22T17:53:22.777-07:00</updated><title type='text'>Capricho 43</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: rgb(51, 51, 51); font-family: 'trebuchet ms'; font-size: 13px; "&gt;&lt;p style="text-align: left;color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 15.5pt; "&gt;Capricho 43&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: left;color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;em&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A Róger Pérez de la Rocha, César Delgado y Ricardo Morales&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic; "&gt;“El sueño de la razón produce monstruos”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;strong&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Francisco de Goya&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/strong&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: left;color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El cuadro ya casi estaba listo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: left;color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Un aleteo desconocido batía la espesa oscuridad. Las agitadas horas de la madrugada cernían un capullo de alquitrán a su alrededor. Fuera de la fosa de luz blanca, que estallaba desde la lámpara, el luto de la noche se evaporaba en rostros y gritos mudos, paralelos, inofensivos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;La muerte, suspirándole largas notas de violín al oído, lo asemejaba a aquel joven Böcklin autorretratado en óleo y sombras. No lograba percibir entre las tinieblas, cada vez más retorcidas, el negro aleteo que se deshojaba, de a poco, desde la médula de la noche.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Bajo la luz se agitaba un caos de pinceles, manos y colores; el seductor hedor a óleo y aguarrás lo mantenía en el trance automático de todas las madrugadas. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Predominaban los ocres y sarros sobre un lienzo cubierto por una costra de arenilla sólida.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;En primer plano, dos figuras de pie eran como un eco distante que se volcaba a través del tiempo evocando a las que, aterrorizadas, lamentaban la Apertura del Quinto Sello en algún paisaje de El Greco; el pubis de roca sólida, la sombra sin costuras delineando los cuerpos y socavando las caras; níveos de cal, refulgentes de sarro. El hombre, adormecido, de pie, sin proponer nada, más bien esperando algo, cansado y acaso conciente de su condición de sombra, de eco de la mente de su creador, era presa fácil para el naciente siglo XX; abrazaba a su esposa, como protegiéndola de la tormenta incierta que se avecinaba; al fondo, el cielo estallaba en fuegos. Los rostros eran tétricos, acaso un cadáver parasitario en cíclica lucha con la carne viva se apoderaba de ellos, un avanzar y retroceder de la tumba a la cuna y de ahí a la putridez; los rostros poblados de sombras y cuencas mas no de facciones; un expresionismo oscuro, turbulento. El cuadro en su conjunto brillaba trémulo al fondo del estudio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Estaba abatido de semejante jornada; rompió el cascarón de luz que lo cubría y se abrió paso a través de las tinieblas. Recostado al muro del patio, sacó el último cigarrillo del paquete de papel arrugado y se lo puso en la boca. El cuadro aguardaba su sentencia, embestido por la oscilante luz blanca. En ese momento todo el entorno parecía responder al sinuoso tembleteo del cigarro en la boca.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Sobre el lienzo, los definidos trazos, las complejas perspectivas, los rostros tan apocalípticos pero tan violentamente reales, dejaban sentir el paso de las manos serenas y precisas del maestro, pero que de los dedos, a fuerza de vómito y sangre, se escapaba un alma en ebullición, convulsiva hasta el vértigo; un alma de loco que con golpes de cráneo logró fugarse de esa jaula que era el cuerpo y que ahora se destrozaba contra cualquier lienzo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Regresó al estudio y se dispuso a dar las últimas pinceladas. Quería corregir algo en los rostros, algo no encajaba, algo sobraba.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Estudiaba detenidamente la composición: los ojos sombríos que lo escudriñaban fríamente a través del ala roída del sombrero, el hombro izquierdo un poco más levantado y la mano derecha como conteniendo un sombrío ímpetu de la otra; los nubarrones cada vez más cercanos, el pueblo en ruinas propiciaba un horizonte dentado, la mujer apretada contra el pecho dejaba escapar su corazón palpitante, como un pájaro que agoniza en el cuenco de las manos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Desde las tinieblas, y destrozando el balaustre de humo, que se elevaba desde el cigarrillo hasta la más desconocida sombra, surgió, como goteando noche, una pesada mariposa negra que se posó en el borde del bastidor.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;No existió más nada en el mundo. Nunca nada fue más real.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: left;color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Dejó caer los pinceles y la paleta; abstraído descubrió los grandes ojos rosáceos, las antenas rizadas, el cuerpo blando y cubierto de polvillo gris; las alas planas, llenas de ojos y escamas ofrecían una planicie, desde donde vio levantarse altos patíbulos; infinitas guillotinas hacían reverencia al público para dar inicio a un inmortal baile de cabezas y tráqueas serpenteantes. De la planicie de las alas nacieron también interminables muros, nacía Pollock, y nacían explosiones de sangre y plomo contra el concreto y el cosmos; Todo desfilaba como eco de pasado que rebotaba en una pared futura. Como si esos ecos aprovecharan las apagadas horas de la madrugada para desnudar su pálido brillo, para bañarse con los colores del iris, y evaporarse como nausea justo en el plexo. Vio levantarse a un pueblo, como los antiguos solían, y vio hambre y persecución. Al fin se levantó la cruz y vio mujeres, niños y hombres pasados por el cuchillo del Cristo muerto; vio aves de acero sobre islas que estallaban. Vio a un hombre sentado a la mesa con su padre, compañeros y enemigos, sereno, con la muerte prendida al lagrimal; botas de guardia deteniendo los faros del auto; El Campo de Marte, El Hormiguero y finalmente el cerro La Calavera. Las palabras aún no pronunciadas de don Gregorio Sandino se empezaban a configurar: “Ya los están matando. Siempre será verdad que el que se mete a redentor, muere crucificado”; el sombrero cayó al suelo cuando Sócrates caía cerca de la Iglesia El Calvario.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Todo empezó a andar otra vez. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Un alarido cavernario tajó la noche en dos. Yacía en el piso, descarnado y estremecido, aterrorizado. De los cuellos degolladas chorreaba espesa y oscura sangre y las dos cabezas, con los ojos bien abiertos, caían pesadas sobre los pies.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Vio sus manos manchadas de sangre, a la par el pincel, que chorreaba la aguada carmesí, confirmaba el crimen.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Contra el borde de la lámpara chocó una torpe mariposa negra que, como un sueño, soltó una cascada de polvillo gris que enroscaba constelaciones bajo el halo de luz blanca.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: left;color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El alba nacía gris con pesadas nubes por doquier y hubo frío.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-1338856236439933355?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/1338856236439933355/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/03/capricho-43.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/1338856236439933355'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/1338856236439933355'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2009/03/capricho-43.html' title='Capricho 43'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4417403642911418897.post-364564094210288401</id><published>2008-06-09T12:22:00.001-07:00</published><updated>2008-06-11T09:58:33.887-07:00</updated><title type='text'>Alguna Anotaciones sobre Jorge Luis Borges</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;A través de los siglos se saludan y oímos&lt;br /&gt;encenderse sus voces como gallos remotos&lt;br /&gt;que desde el fondo de la noche se llaman y responden&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Carlos Martínez Rivas&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pienso en Borges y pienso en sus infinitos espejos (llámenseles cuentos, ensayos, antologías, recopilaciones, traducciones, versos…) y en el sentido de ellos, que intuyo debe ser uno solo. Espejos que por un lado, reflejan inconcebibles y nada fútiles conjunciones que se estremecen perfecta y simétricamente entre lo dialéctico y lo artificioso, entre lo falaz y lo etéreo, entre lo cotidiano y lo metafísico y que al fin parecen conciliar un pacto intrínseco entre las complejidades de la oscuridad humana y la ininteligibilidad divina.&lt;br /&gt;Algunos de sus relatos y ensayos (ficticios en su mayoría), por ejemplo, confabulan sobre un mismo hombre en un mismo momento un único destino, que paradójicamente es trazado por el azar pero a la vez es parte de un plan exacto y premeditado hasta los más ínfimo, destino que a la vez lo habrá de condenar y redimir eternamente; la conducta de dichos escritos dejan entrever las sublimes astucias con las que un viejo ciego (que quemó su incesante noche jugando a demiurgo, no sin ser la ironía y el engaño atributos deliberados) logró entablar un cosmos impalpable y hermético hasta lo casi infinito, pero no de naturaleza imposible. Su eterno universo de galerías hexagonales con zaguanes cundidos de espejos que multiplican infinitamente a un dios cíclico e inescrutable cuyos eternos reflejos son el universo en el que sentimos habitar (y, ¿Por qué no?, somos nosotros mismos). Vasto universo que no difiere en esencia de sus sencillas ruinas circulares, donde un hombre que durante años se tomó la sobrenatural y laboriosa tarea de soñar a otro hombre con intensidad tal que el soñado fue impuesto en el mundo real por el soñador quien luego descubrió no con poco horror que el a la vez estaba siendo soñado. La contundente idea de una aterradora e impotente suerte de eternidad que no es mas que un santiamén multiplicado a lo infinito es uno de los aspectos básicos que plantea el pensamiento borgeano, registrada también y de forma admirable, en el relato El Inmortal.&lt;br /&gt;Eso por un lado (en cuanto a los espejos anteriormente señalados), por otro la idea de que el orden inferior del mundo es reflejo del orden superior y viceversa, y así ad æternum.&lt;br /&gt;Los espejos, para Borges, no solo poseen el atributo metafórico de multiplicar a los hombres y al cosmos (aludiendo a su teoría de que cada hombre es todos los hombres, pretéritos o futuros, o la otra que especula que todo conocimiento y arte es parte de una conciencia única, e incluso, que todo lo que se ha escrito, se escribe y se escribirá forma parte fragmentaria y coherente dentro de la unidad de un solo libro secreto y divino que ya ha sido escrito desde el inicio de los tiempos. De esa forma fue creando enigmas y ponderaciones sobre el tiempo y en el espacio, que en páginas o libros posteriores, o incluso anteriores, logró resolver o ya había resuelto felizmente) si no también el de invertirlo todo. No una vez ha fantaseado sobre mundos donde la muerte precede a la vejez, la vejez a la madurez, la madurez a la juventud y así hasta el nacimiento que sería una especia de muerte y/o inmortalidad.&lt;br /&gt;Dicha conjetura brindaría valía a la siguiente: La vida que, a manera individual, es un minúsculo paréntesis en la eterna muerte (la muerte tan ulterior como anterior a la vida) en el cual un individuo obrará en una realidad y en circunstancias que en gran medida serán productos inmediatos del azar y de la labor de miles de generaciones anteriores; realmente cabe pensar que hasta los acontecimientos mas triviales son causa directa de hechos antiguos, y por qué no, futuros. Cada vida, igual que una obra (literaria, científica, religiosa, matemática, en fin: de artes y artificios), nace, a priori, de un autor directo pero es el resultado del pensamiento y actuar contrario de infinitos hombres, unos, al igual que las obras, más memorables que otros.&lt;br /&gt;Si ponemos este escenario frente a un espejo, donde la vida se tornaría en lo eterno y la muerte en lo efímero obtendríamos el siguiente resultado: una especie de muerte momentánea, un parpadeo en la incesante eternidad. Este lapso de muerte (el equivalente a una vida humana, por decir algo) sería el tiempo, plagado de hitos y acaecimientos caóticos, destinado a forjar la vida que se invierte en eterna. He notado con cierto interés la forma en que muchos de los grandes hombres (si no todos) han sacrificado su vida a cambio de su obra. Se han tomado la conciente (o ignorada, en la mayoría de los casos) labor de orientar en un sentido ese caos generacional, acaso convirtiendo su vida en una momentánea muerte, que resultara en una viva y eterna obra de la cual el autor no formará parte ni verá sus verdaderos y esenciales frutos; una obra para el futuro que enigmáticamente abarca el pasado de todos los hombres y del cual es parte y consecuencia, una obra que preexiste y trasciende al autor. De alguna forma, a lo largo de su vida Borges se las ingenio para que su obra, como muy pocas en el mundo, se encuentre un perpetuo parto, como si cada vez que las palabras (juzgadas metáforas muertas) entran en contacto con el lector una obra fresca e intemporal nace como si fuera la primera vez en el mundo. Una obra que muy seriamente se atreve a interrogar las remotas y vasta arenas del tiempo y el espacio pero que además se permite omitir y tergiversar, inventar y deformar de forma totalmente honesta y transparente la verdad pero nunca saliendo de ella. Deformaciones de la verdad realmente dañinas son las que hasta ahora ninguno de sus poderosos administradores (entiéndase iglesias, imperios, democracias, gobiernos, dictaduras, revoluciones…) ha tenido la decencia de asumir y que sostienen un mundo acaso mas ficticio y artificial pero frágil y decadente en la misma medida.&lt;br /&gt;Quiero ahora referirme a un relato en particular, que se encuentra en la sección Artificios de el libro Ficciones (Buenos Aires, Sur, 1944). El relato lleva por titulo El Milagro Secreto y el argumento, que a continuación trataré de esbozar, es menos sencillo que profundo.&lt;br /&gt;El relato se desarrolla en Praga, (inicia el 14 de Marzo de 1939) cuando un escritor judío es atormentado entre sueños por la visión de una larga partida de ajedrez en la que dos familias (de una de las cuales el es el primogénito) disputan un olvidado pero enorme premio. De esta leve metáfora sobre todas las guerras, el protagonista es despertado por las vanguardias del Tercer Reich que entraban por primera vez a Praga; el 19 de Marzo es arrestado por la GESTAPO. Las pruebas que lo ligaban a su herencia judía eran su apellido materno, un estudio sobre las indirectas fuentes judías de Jakob Böhme y su protesta contra el Anschluss (la inclusión, en 1938, de Austria a la Alemania Nazi). Habia tambien traducido el Sepher Yezirah (libro que combina filosofia natural del medioevo y simbolismo místico, atribuido a Abraham o a el rabino y cabalista hebreo Ben Joseph Akiba) para una editorial cuyo catálogo llegó a manos de uno de los jefes de la GESTAPO que decidiría el destino del condenado; la suerte fue echada y la fecha de su ejecución el día 29 de Marzo a las 9 a.m.&lt;br /&gt;Lo sustancial de la historia sucede en el lapso entre la condena y la muerte, la cual acontece, a pesar del titulo del relato. Dentro de ese lapso el condenado anticipa mentalmente su muerte, sumiéndose en una especie de muerte perpetua y que se multiplica, pero llegando a la comprensión de que lo suyo era una suerte de inmortalidad que la muerte no tocaría si no hasta llegado el día predispuesto; “Antes del día prefijado por Julius Rothe, (Jaromi Hladik) murió centenares de muertes…”, vivía ahora una maldición de inagotables muertes hasta el punto de desear que el día de su ejecución llegase para liberarlo.&lt;br /&gt;Es en el la víspera del día 29 cuando su mente es invadida por la trama de su obra dramática titulada Los Enemigos, cuyo argumento, en mi opinión personal, supera el de el relato que la contiene. Ahora se vierte, a como es costumbre de Borges, un relato paralelo pero de profundo simbolismo dentro de otro. Se trata de un drama en verso.&lt;br /&gt;En el primer acto se presenta a un tal Roemerstadt, que en su biblioteca recibe numerosas visitas de desconocidos a los que tiene la impresión de haber visto antes, todos lo halagan exageradamente, pero luego se entiende o se cree que son enemigos secretos confabulando para perderlo, Roemerstadt logra burlarlos y detenerlos, se hace alusión a su novia y a Jaroslav Kubin, quien alguna vez la fastidió con sus pretensiones amorosas y que ahora había enloquecido creyéndose Roemerstadt. En el segundo acto los peligros son mayores y Roemerstadt se ve obligado a matar a uno de los conspiradores. En el tercer y último acto se entiende que nada de eso ha ocurrido y que el Roemerstadt que se ha presentado es en realidad Jaroslav Kubin viviendo en el cíclico delirio de creerse Roemerstadt. Este argumento se repite en innumerables cuentos de Borges. En Ficciones es la base para el cuento La Forma de la Espada, donde deliberadamente un héroe de la Independencia de Irlanda relata en el Brasil como fue traicionado por un joven al que una vez le salvó la vida, al final el hombre confiesa que el es el traidor que ahora huye y que ha invertido los papeles para lograr la aceptación y atención de quien lo escuchaba, da a pensar que Borges no veía diferencia entre protagonista y antagonista, los cuales son las dos caras de una misma moneda que es el hecho en sí. También en El Tema de el Traidor y el Héroe esta idea es representada en un solo hombre. De la misma forma en el libro El Aleph, una variación del mismo argumento da lugar a La Casa de Asterión, pero dicho argumento logra su cima en el mismo libro con el relato Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto. Recordemos que Judas no es Judas y Cristo no es Cristo, Judas es el Verbo hecho hombre, pero hombre hasta la infamia y que asume el mayor sacrificio, trascender en la oscuridad como un traidor, infinita humildad; equivocado o no, sea quien fuese el héroe, el hecho no cambia y el resultado es el mismo.&lt;br /&gt;En la víspera de el 29 de Marzo de 1939 el condenado se hace conciente de las deficiencias de su drama y pide a dios un año más para culminar su obra y de algún modo completar su destino, cae agotado por un sueño (sueño que recuerda un poco a La Biblioteca de Babel) en el cual dios le concede el tiempo solicitado. Cuando despertó los soldados lo condujeron hasta el traspatio. De pie, contra la pared del cuartel, el condenado fue rozado en la sien por una gota de lluvia, cuando el sargento dio la orden de fuego “El universo físico se detuvo”, literalmente, la gota quedó paralizada en su mejilla. Con todo su entorno inmóvil, el condenado durmió por tiempo indefinido, al despertar, todo seguía estático; comprendió que este era el plazo que se le había otorgado. Moriría a la hora determinada, pero en su mente pasaría un año entre la orden y la ejecución de la orden. Con el patio de escenario y los rostros inmóviles de los guardias como compañía durante un año, el condenado reviso, de memoria, toda su obra, corrigiéndola, abreviándola, amplificándola; rehaciéndola... Cuando agregó el último epíteto que le faltaba la gota de lluvia se deslizo por su mejilla; inició un grito demencial y cayó fulminado por la cuádruple descarga, el 29 de Marzo de 1939 a las 9 de la mañana, dando fin a Los enemigos, y a la vida de su autor.&lt;br /&gt;Es presente en este relato la recurrente idea de Borges que hace ver la importancia de las acciones ejecutadas por el hombre y de cómo estas son superiores y trascienden a su destino. Sin duda la trama de Los Enemigos es muy superior a la de El Milagro Secreto; se deja sentir que lo esencial es el destino de la obra y no el destino mismo del autor.&lt;br /&gt;Borges siguió un destino; su abuela inglesa, la madre de ella, su padre, sus ancestros militares, e interminables generaciones anteriores urdieron azarosamente un destino sobre el pequeño Georgie.&lt;br /&gt;Ponderar acerca de ese destino y de el si o no de su culminación es trivial; lo cierto es que Jorge Luis Borges edificó sobre lo más real una vasta fortaleza cósmica casi tangible (como un castillo de arena cayendo eternamente en el vacío) y totalmente ficticia que con una economía (del cuento, diría Poe) pulcramente administrada y enriquecida por su erudición y por su genio amurallan el espejismo de una realidad tan perfecta que a pesar de sus muchas advertencias sobre la poca veracidad de su obra parece ser inmediatamente refutada por la solidez de la misma; en pocas palabras, su obra fue y es un constante y magistral fluir, lo que llaman una obra maestra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis Báez&lt;br /&gt;Junio de 2008&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4417403642911418897-364564094210288401?l=luisbaezp.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://luisbaezp.blogspot.com/feeds/364564094210288401/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2008/06/alguna-anotaciones-sobre-jorge-luis.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/364564094210288401'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4417403642911418897/posts/default/364564094210288401'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://luisbaezp.blogspot.com/2008/06/alguna-anotaciones-sobre-jorge-luis.html' title='Alguna Anotaciones sobre Jorge Luis Borges'/><author><name>Luis Baez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04394908993734038936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry></feed>
